Lo que queda por contar de Isabel Pantoja: del mito que pudo no ser junto a Paquirri al férreo silencio sobre su tiempo en la cárcel
Perfiles
El periodista Álex Ander publica ‘Isabel Pantoja. Carne y mito’, una biografía no autorizada que disecciona las contradicciones de una artista que, mientras se blinda más que nunca, sigue vigente

Isabel Pantoja, en una imagen de archivo.

Isabel Pantoja no es solo una cantante; es un ecosistema, un género periodístico y, para muchos, el último gran espejo donde se refleja la historia sentimental de España. A punto de cumplir medio siglo sobre los escenarios, la artista se encuentra en una paradoja vital: mientras sigue llenando teatros con una presencia escénica que el periodista Álex Ander define como “muy potente”, su figura personal languidece en un aislamiento voluntario. Sea tras los muros de su adorada Cantora o en cualquier otro enclave. La acuñan algunos la última gran estrella de una estirpe en extinción, una mujer que, según el autor de Isabel Pantoja. Carne y mito (La Esfera de los Libros), ha construido una “coraza emocional frente a todos los ataques”. Tan gruesa que, en ocasiones, ha terminado por fagocitar a la persona. “Su hijo Kiko decía, cuando hizo aquello de La herencia envenenada, que la Isabel personaje o artista se había comido a la persona”, recupera Ander en esta charla con Guyana Guardian, dibujando a una diva que, en la intimidad, lidia con sus propios fantasmas.
En esta última biografía no autorizada, Ander huye del linchamiento y del panegírico para tratar de entender por qué la tonadillera sigue dividiendo al país con tal intensidad. No es tarea fácil con alguien que ha hecho del control narrativo su principal arma de defensa. “Isabel lleva muy mal no ser ella quien controla el relato de su vida”, explica. Sin embargo, ese búnker de silencio es, en parte, un espejismo. A pesar de su aparente desconexión del mundo, el propio escritor trae de vuelta aquella idea que la Pantoja está al cabo de la calle. Según testimonios de su propio entorno, la artista y su hermano Agustín habrían incluso utilizado perfiles falsos en redes sociales para monitorizar lo que se dice de ellos. La vigilancia desde la sombra de quien se sabe observada pero se niega a participar del juego público si no es bajo sus propias condiciones económicas y emocionales. Es la eterna encrucijada de una seductora nata: “Pepi Valladares, que fue más su asistente que su empleada de hogar, decía que Isabel solía comentarle que hay que hacerse amiga de los enemigos para tenerlos controlados”.
“Isabel lleva muy mal no ser ella quien controla el relato de su vida”

El mito que pudo no ser (y el fantasma de la separación)
La historia oficial nos dice que Isabel fue la viuda de España, la mujer que quedó truncada por la tragedia de Pozoblanco. Ander se atreve a cuestionar la solidez de aquel pedestal recuperando voces que sugieren que el matrimonio con Paquirri no era el cuento de hadas que la revista ¡Hola! Vendió durante décadas. “Ella se casa con la idea de retirarse, de formar una familia y dedicarse a ser ama de casa”, sentencia el autor. De hecho, si el torero no hubiera muerto aquel fatídico septiembre de 1984, el destino de Isabel podría haber sido el olvido voluntario o, peor aún, el divorcio. “Hemos visto a varias personas decir que Paquirri estaba pensando en separarse, quemado con ciertas actitudes de su mujer y de su familia”, apunta Ander. La muerte la obligó a volver a los escenarios, transformando su dolor en el activo más rentable de la historia de la copla: “Nadie como ella supo rentabilizar su tragedia a nivel artístico; Marinero de luces es el disco más redondo de su carrera porque hablaba expresamente de lo que sentía”.
La coraza del silencio: la cárcel como tabú
“Ese amor por el dinero que le atribuyen en su entorno también ha hecho que cometa errores que al final ha acabado pagando”. Si hay un episodio que Isabel Pantoja ha decidido extirpar de su memoria pública es su paso por la prisión de Alcalá de Guadaíra entre noviembre de 2014 y marzo de 2016. Para ella, el Caso Malaya no fue un proceso judicial por blanqueo de capitales, sino que también pudo tener algo de conspiración. “Ella piensa que ha sido una víctima del sistema y una cabeza de turco política”, explica Ander. Este victimismo crónico le impide, incluso en la intimidad, verbalizar lo ocurrido. Su entorno asegura que es un tema tan traumático que ni siquiera se menciona en las cenas familiares. La incapacidad para pedir perdón o reconocer el error fue, según el autor, lo que jugó en su contra ante los jueces: “En el ánimo de los jueces jugó que nunca pidió perdón; ella consideraba que no había hecho nada mal”. Mientras, España asistía en directo a sus permisos carcelarios y ella construía un muro de silencio que sigue siendo infranqueable.
“Ese amor por el dinero también ha hecho que cometa errores que al final ha acabado pagando”

El clan roto y el peso de la “sangre”
El libro también pone el foco en la asfixiante estructura del clan Pantoja, donde la lealtad se confunde con la sumisión. Ander describe un entorno de “amigos palmeros”, así como una relación ciertamente incomprensible con los medios, especialmente con Telecinco, basada en el amor-odio y la necesidad mutua de facturar. Sea como fuere, el punto más doloroso es la ruptura con sus hijos. El autor se muestra tajante: la situación se presagia irreconciliable. “Ella antepuso a su familia de sangre –su hermano, su madre– por encima de sus hijos”, afirma. En este escenario, destaca la figura de Isa Pantoja como la más sensata del clan pese a ser la única que no comparte ADN: “Es la que ha puesto distancia emocional para buscar su propia felicidad y dejar de recrearse en la miseria”. Para Isabel, cualquier crítica es una traición, y en su mundo, las traiciones se pueden pagar con la expulsión definitiva del sofá de Cantora.
¿La última folclórica o un mito anclado?
A menudo se etiqueta a la Pantoja como la última de su especie, una afirmación que Ander matiza con rigor periodístico. “Hay artistas jóvenes como Laura Gallego o Diana Navarro que siguen cantando copla y lo hacen muy bien”, puntualiza, señalando que Isabel –quien, matiza, sí puede presumir de tener “la biografía más redonda”– puede parecer “anclada en el pasado”, cerrándose a colaborar con nuevos autores. Aun así, su capacidad para llenar teatros sin necesidad de promoción es indiscutible. La Pantoja no necesita a la prensa porque tiene a su “ejército” de fans incondicionales, algunos de los cuales llegan a extremos casi religiosos, como limpiar los enseres de Cantora o cocinar para ella. Es una relación de vasallaje que alimenta el mito y permite a la artista seguir sintiéndose la reina de un reino cada vez más pequeño y cerrado.

Hay unas cuantas artistas más jóvenes que ella que siguen cantando copla, pero ella tiene la biografía más redonda
Entre la superviviente y la estratega
En el global, lo que emerge de Isabel Pantoja. Carne y mito es el retrato de una superviviente nata que ha sabido navegar entre escándalos que habrían hundido a cualquier otro artista. “Su popularidad ha sobrevivido a todos los desastres”, reflexiona Ander. La pregunta que queda en el aire es si Isabel llegará a leer este libro. El autor lo duda, aunque sabe que le llegará la noticia. “Hablar con la gente del entorno de Isabel, que es muy reducido, es complicado”, dice sobre su realidad actual. Lo cierto es que, mientras ella intenta borrar la hemeroteca, el libro de Álex Ander la recupera para recordarnos que, tras la bata de cola y el chándal de Cantora, habita una mujer compleja, contradictoria y profundamente humana que, quizá, solo será plenamente reivindicada como patrimonio cultural el día que el mito deje paso a la leyenda eterna.


