Gente

El futuro de Mette-Marit

Los noruegos siempre han sido unos modernos. Lo demostraron en 1968 cuando el entonces príncipe heredero, Harald, amagó con renunciar a sus derechos al trono si no le dejaban casarse con Sonia Haraldsen, la primera burguesa que entró en una familia real. Años más tarde, en el 2001, de nuevo dieron muestra de su tolerancia al aceptar como esposa del ya príncipe heredero, Haakon Magnus, a una madre soltera de pasado “salvaje”, como ella misma admitió ante la prensa internacional dos días antes de su boda.

A punto de cumplir sus bodas de plata, el matrimonio de Haakon y Mette-Marit se ha convertido en una pesadilla para los pacientes noruegos. Su relación con el pedófilo Jeffrey Epstein, acreditada por miles de referencias en los documentos recién aparecidos, colocan a la princesa en una situación límite, ya tocada por los delitos cometidos por Marius Borg, el hijo que aportó al matrimonio, que solo puede acabar en divorcio u ostracismo o, lo que es peor, condena a los infiernos.

A pesar de sus ataques de ira en público, siempre justificados por el paciente Haakon, Mette-Marit fue adaptándose a la vida real, aunque siempre ha mantenido una baja visibilidad. En los últimos años, frente a las locuras de la princesa Marta Luisa, la última casarse con el chamán Durek Verrett, parecía que la pareja heredera mantenía cierta estabilidad institucional. La oportuna enfermedad de Mette-Marit, una fibrosis severa que apuntaba incluso a la necesidad de un trasplante pulmonar, le había otorgado cierta compasión y la excusa perfecta para salir de escena.

A pesar de la buena imagen de la princesa Ingrid Alejandra y de su padre Haakon, el rey Harald, con casi 89 años y mil achaques, no encuentra el momento para abdicar, sabedor, sin duda, de que la bomba Mette-Marit estaba a punto de estallar. El primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre, ya ha advertido de la “falta de criterio” de quien estaba llamada a ser reina consorte. No parece que ese sea su destino; a los noruegos ya se les ha acabado la paciencia y a Mette-Marit no le queda otra que irse antes de que la echen. Con ella dentro, la corona noruega está en peligro de extinción.

Etiquetas