Bernat Hernández, profesor de la UAB: “Los confesores católicos promovieron el arrepentimiento de los conquistadores españoles en América”
Imperio hispano
No es muy conocido que hubo figuras de la conquista que lamentaron sus acciones, pidieron perdón e intentaron resarcir a los afectados
Moctezuma paga tributo a Hernán Cortés. Pintura de la serie 'Historia de la conquista de México', 1763-1800
La historia de la ocupación española de América posee matices en los que no acostumbramos a reparar. Imaginamos a conquistadores codiciosos y violentos, pero no arrepentidos de lo que hicieron. Sin embargo, los historiadores han documentado cómo determinados responsables de actos violentos acabaron experimentando un sentimiento de culpa. Bernat Hernández, en Bartolomé de las Casas (Taurus, 2015), detalla ejemplos de antiguos soldados que entraron en religión. Como Sindos de Portillo, un protagonista de la conquista de México que repartió sus riquezas entre los pobres y se hizo fraile franciscano. En 1561 se dirigió a Felipe II para solicitar una indemnización a favor de los indios por los crímenes perpetrados.
Hernández señala que este tipo de conversiones no fueron infrecuentes en la América de la conquista. A su juicio, expresan por lo general “un propósito de penitencia y expiación”. Tanto por el mal hecho en las guerras de anexión como por los malos tratos infligidos más tarde a la población autóctona. A medida que avanzó el siglo XVI, estos guerreros reconvertidos en religiosos tendieron a multiplicarse.
Por sorprendente que nos pueda parecer ahora, existen testamentos de conquistadores en los que se expresan peticiones de perdón. Sus autores intentaban descargar su conciencia con el argumento de que desconocían el auténtico carácter de sus actos. “Nadie me dijo que esta guerra era injusta”, leemos en uno de estos documentos.
Los viejos soldados, conscientes de que iban a morir, acostumbraban a tener mucho interés en demostrar que ellos habían actuado siempre de buena fe. El encomendero Lucas Martínez, al restituir propiedades a los indígenas, declaró en su testamento que había luchado con la convicción de que la guerra contra los “naturales” era justa. Así lo creía porque la encabezaba un gobernador cristiano en nombre de un monarca de la misma fe. No había diferencia, a su entender, con la lucha frente a los musulmanes.
Ilustración que representa las atrocidades cometidas en la conquista de América
Nicolás de Ribera, dueño también de una encomienda, confiesa faltas cometidas durante la conquista, como maltratar a los indios o “haberles tomado algunas cosas indebidamente”. Admite asimismo haber reclamado excesivos tributos y no haber ofrecido, a cambio, ninguna contrapartida, tal como estaba obligado.
En 1585, Mancio Serra de Leguizamón, por entonces el último conquistador español del Perú aún vivo, manifiesta su fuerte arrepentimiento al indicar sus últimas voluntades: “Suplico a mi Dios me perdone mi culpa”. Los españoles habían sometido a la servidumbre a un pueblo, el inca, donde antes “no había un ladrón, ni hombre vicioso, ni holgazán, ni había mujer adúltera ni mala”. Con su intervención, las tropas de Pizarro no habían hecho más que destruir el buen gobierno de los nativos, en el que todos tenían sus propiedades y nadie se preocupaba de apropiarse de lo ajeno.
No se trataba solo de buenas palabras. Había que hacer algo para compensar a las víctimas por el mal realizado. Francisco de la Fuente se tomó tan en serio esta misión que llegó a permitir que su familia viviera en la miseria para restituir sus bienes a los indígenas. Solo así tendría derecho a recibir, en el momento de la muerte, la absolución por sus pecados.
De la Fuente evidencia la importancia que tuvo la Iglesia a la hora de promover los arrepentimientos. Bernat Hernández nos apunta la incidencia crucial de la presión del clero sobre las conciencias: “Estos arrepentimientos de conquistadores fueron consecuencia de la campaña del confesionario iniciada por los dominicos en las Antillas”.
Retrato de Bartolomé de Las Casas
Bartolomé de las Casas, el celebérrimo defensor de los indígenas, publicó en 1552 un manual para confesores de españoles. Estos debían devolver a los nativos todo lo sustraído bajo pena de excomunión. En los Andes, los sacerdotes imitaron pronto este tipo de directrices.
¿Cómo reaccionaron los afectados? Según Aliocha Maldavsky, catedrática de la Universidad de París-Nanterre, la mayoría lo hizo de forma calculada y dejó en manos del clero la administración de los fondos. Las cláusulas testamentarias establecieron disposiciones muy diversas. Además de la devolución de fuertes sumas de dinero existían otras posibilidades, como perdonar tributos a los indios o regalarles ropa. La Iglesia, durante este proceso, ganó en poder tanto frente a los españoles como respecto a los pueblos originarios.
El paso de la espada a la cruz reflejaba la existencia de un clima social cada vez más adverso a los artífices de la “conquista”. De hecho, la Corona prohibió en 1556 el uso oficial del término, y lo mismo hizo con el de “conquistador”. La monarquía no se guiaba por principios morales, sino en función de razones políticas. Tras la sublevación de los conquistadores en Perú, que había ocasionado una cruenta guerra civil, el rey desconfiaba de unas gentes con una peligrosa tendencia a la indisciplina. América debía organizarse a partir de instituciones, no del poder de una élite militar.
Los conquistadores arrepentidos muestran una cara insólita del pasado del Nuevo Mundo. Unos fueron más sinceros que otros. Los hubo que se limitaron a cumplir con el expediente mientras otros intentaban ser fieles a sus convicciones religiosas, aunque eso implicara sacrificios. La Iglesia tuvo siempre un protagonismo especialmente relevante. Desde una óptica cristiana, se trataba de cumplir el séptimo de los mandamientos: no robarás.