Los césares en la antigua Roma tuvieron sus propios “Epsteins”
Abuso de poder
Los recientes escándalos sobre islas del placer, explotación sexual de jóvenes y abusos pedófilos evocan sucesos ocurridos hace dos mil años

Augusto fue el primer emperador romano
En su propaganda oficial, Augusto se presentaba a sí mismo como un pater familias ejemplar, defensor de los valores tradicionales. Sin embargo, Suetonio le acusa de “haber buscado mujeres sirviéndose de sus amigos, que desnudaban y examinaban a madres de familia y doncellas de edad adulta como si las pusiera a la venta el mercader de esclavos”. ¿Quiénes eran esos amigos?
Las fuentes clásicas no señalan a nadie en particular, pero sí nos dicen quién era, probablemente, el amigo más íntimo del césar: Cayo Mecenas.
Suetonio vincula estrechamente a Augusto con “su querido Mecenas”. Un hombre a quien el césar pasó por alto las costumbres amaneradas, sus rizos perfumados que, a pesar de todo, “no cesó de atacar”, y el hecho de que estuviera “prendado por Batilo”, un histrión, un afamado actor de comedias. La relación de amistad era tan estrecha que Augusto, “cuando se encontraba enfermo, dormía en casa de Mecenas”, en su deliciosa residencia dotada de apacibles jardines.
Pese a sus aparentes diferencias, los dos amigos tenían mucho en común. Cayo Cilnio Mecenas era un caballero, formaba parte de la élite económica de Roma, del llamado orden ecuestre, formado por plebeyos muy ricos. Se convirtió en el hombre de confianza de Octaviano Augusto, el primer emperador, que también era caballero por nacimiento, aunque fue adoptado por Cayo Julio César, un patricio miembro de la nobilitas, la clase política de Roma que anidaba en el senado. Durante la República, la política la había gestionado el orden senatorial, pero, en el nuevo régimen, el Senado ya había quedado relegado tras la autoridad del emperador. Tradicionalmente, los caballeros no se dedicaban a la política, sino a los negocios; sin embargo, los intereses unían al poder con la riqueza.
Las mujeres para Augusto
De Augusto se decía que condujo a la mujer de un ex cónsul en presencia de su marido, del comedor donde estaban cenando al dormitorio. A su regreso, los convidados pudieron apreciar “las orejas encendidas y el cabello en desorden” de la dama. Ultrajó así a una matrona de la mayor dignidad. Entre sus escarceos se daba por supuesto que se contaba la esposa del propio Mecenas.

En la mentalidad romana, lo abusivo de esta conducta estribaría, precisamente, en haber transgredido la frontera social, en pretender que le fueran entregadas ciudadanas romanas.
Se trataba de una sociedad esclavista donde toda apetencia sexual era lícita para los varones, siempre y cuando se ejerciera sobre las clases sometidas. Esclavas, esclavos, y también personas libres sin ciudadanía romana, eran aceptados como partenaire sexual de un romano, con tal de que este no prefiriera asumir un rol pasivo en una relación homoerótica o proporcionara placer oralmente a una mujer. En una sociedad de erotismo sin apenas líneas rojas, se nos transmite que Augusto las cruzaba.
¿Buscó Mecenas mujeres para Augusto? La imagen de un magnate asociado a un hombre poderoso, que complace los instintos de este y cultiva sus debilidades, no deja de resultarnos familiar.
Desprestigio político o lujuria veraz
Lo cierto es que la cita de Suetonio no implica explícitamente a Mecenas en la captación de mujeres romanas para Augusto, sino a los “amigos” de Augusto, como hemos visto. Entre ellos, Mecenas gozaba de una posición de confianza privilegiada. Llegó a merecer responsabilidades de gobierno.
¿Participó Mecenas entonces, en esas prácticas censurables? De momento, y en honor al rigor, puesto que no ha sido imputado por los biógrafos de Augusto directamente, será preferible recordar a Mecenas como el ilustre protector de las artes, el mecenas honorable que protegió a Horacio y a Virgilio y posibilitó una época dorada de la poesía romana. Otros caballeros lo hicieron, tal vez, en su lugar.

Puestos a dudar, podríamos dudar incluso de las anteriores afirmaciones sobre los desvíos sexuales del primer emperador, el princeps. La memoria histórica le ha rehabilitado de estas presuntas prácticas y hasta de acabar con la República, que, antes de él, llevaba algunas décadas sumida en la inestabilidad, con guerras civiles y con gobernantes que se aferraban al poder tras agotar sus mandatos.
Lo cierto es que estas imputaciones sobre la sexualidad de Augusto las difundió Marco Antonio, un aliado transitorio convertido en enemigo, con el que Octavio llegó a la guerra civil. Como rivales políticos que fueron, hay que cuestionar la veracidad de las acusaciones.
Sin embargo, Suetonio no deja de registrar otra afirmación que ratifica, en cierto modo, lo anterior. Lo acusa de que “de los placeres, en cambio, nunca supo desprenderse, e incluso más tarde, según dicen, le cogió una gran afición a desflorar doncellas, que hasta su mujer le buscaba por todas partes”. La propia Livia habría contribuido a saciar la voracidad sexual del emperador.

Este tipo de afirmaciones, precedidas de un “según dicen”, tienen un escaso valor para el historiador, por lo común. Se puede tener la intención de ignorarlas. Sin embargo, los escándalos de la actualidad les atribuyen renovado vigor: no se trata de presentismo, de volver al pasado desde el presente, sino de rememorar unos precedentes que cobran mayor verosimilitud, salvada la presunción de inocencia y la duda razonable acerca de su veracidad.
Con Augusto, el hombre que, pese a su presunta inmoralidad, recuperó legislativamente los valores de la institución matrimonial para fomentar la natalidad legítima y persiguió por ley el adulterio, la historia ha sido indulgente a la hora de valorar su acción de gobierno. Con sus sucesores, quizá no tanto.
La isla de los placeres… o de las vejaciones
Para mayor paralelismo con el presente, también hubo en el Imperio una isla de los placeres. A la muerte de Augusto le sucedió el hijo de Livia, Tiberio. Sus primeros años de gobierno, entre el 14 d.C. Y el 26, han merecido la aprobación de sus biógrafos, pero después, hasta su fallecimiento en el año 37, se retiró de Roma y acabó refugiado en su majestuosa villa en lo más alto de la isla de Capri.

Dión Casio, que escribe casi dos siglos después, le atribuye actos sexuales con hombres y mujeres de rango noble, rompiendo convenciones. Tácito reconoce que estupró a jóvenes de condición libre. Para su recreo le servían tanto los más niños, en prácticas pedófilas que mancillaban la inocencia infantil, como adultos que le recreaban la vista con sus actos sexuales. Pero, además, registra que se hizo con jóvenes seleccionados por todo el imperio por algunos de sus esclavos. Los compraban o los captaban por la fuerza o bajo amenaza “y ejercía sobre ellos sus caprichos como si fueran cautivos de guerra”.
Se cuenta que Tiberio confiaba en la discreción de su retiro remoto para dar rienda suelta a las apetencias de su lujuria. En su villa de Capri, habría habilitado aposentos especiales para los encuentros de tríos eróticos entre muchachas y jóvenes de ambos sexos, bajo la dirección coreográfica de unos guionistas que ideaban aquellos “ayuntamientos monstruosos”. Se trataba, según Suetonio, de que “unidos de tres en tres fornicaran sucesivamente para excitar de ese modo sus apagados deseos”. Las alcobas donde transcurrían las escenas compuestas para avivar la impotencia del emperador estaban decoradas con murales de tema pornográfico. Los jardines que rodeaban la villa poseían parajes dedicados a Venus, ambientados en cuevas y grutas, donde “jóvenes de uno y otro sexo se ofrecían al placer vestidos de faunos y ninfas”.

Pero, además, Suetonio confirma sus aficiones pedófilas: “Se decía, en efecto, que enseñaba a niños de la más tierna edad, a los que llamaba sus pececitos, a revolverse y jugar entre sus muslos mientras nadaba, dándole tiernas lengüetadas y mordiscos; e incluso que acercaba a su sexo, como si del pecho se tratara, a niños más robustos, pero todavía sin destetar, pues su naturaleza y su edad le hacían sin duda muy propenso a este tipo de placer”.
Ese “se decía”, vuelve a introducir el matiz de las habladurías y la duda acerca de su veracidad. Hoy, las ruinas de Villa Iovis, en Capri, con su imponente presencia y su capacidad evocadora, han quedado para siempre contagiadas del recuerdo de las tropelías lujuriosas del emperador.

Y aún se podría continuar la enumeración de los desmanes sexuales asociados a los emperadores: Calígula, según los clásicos, creó un prostíbulo en la residencia imperial, abastecido de “matronas y muchachos libres de nacimiento, y envió a sus nomencladores por todos los foros y basílicas para invitar al desenfreno a jóvenes y viejos; se prestaba dinero a los visitantes a un interés usurario y unos servidores anotaban públicamente sus nombres, para que constara su contribución a las rentas del césar”.
Estaban por llegar aún los excesos de Nerón, los de Cómodo y los de Heliogábalo. Para todos ellos, gobernantes indeseables, sus sucesores y el senado idearon una condena ejemplar, aunque fuera después de muertos: la damnatio memoriae, la pena de borrar su nombre de todas las inscripciones, de eliminar sus estatuas y proscribir su recuerdo. Los autócratas de moral más desordenada –aunque no todos– fueron represaliados tras desaparecer. Sus desmanes de lujuria constituyeron un indicador más de su mal gobierno. Privar de la inmortalidad a su memoria fue la condena póstuma que merecieron ante la historia.


