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La guerra, de nuevo y siempre: por qué la humanidad no ha aprendido a evitarla

Investigaciones históricas

Dos nuevos ensayos profundizan sobre el fenómeno de la guerra y sobre los nuevos rostros de, como escribió Albert Einstein, “la forma más típica, más cruel y extravagante del conflicto entre hombre y hombre”

Milicianos republicanos caídos prisioneros durante la Batalla de Guadarrama en la Guerra Civil española 

Dominio público

A Einstein, que era ya mundialmente famoso y un firme militante pacifista, la Sociedad de Naciones le pidió en 1932 que eligiera un interlocutor que debía responder a la pregunta “¿Hay alguna manera de liberar a la humanidad de la amenaza de la guerra?”. Einstein eligió Sigmund Freud. Pero la respuesta del padre del psicoanálisis defraudó al físico por pesimista: la violencia era característica de los animales, incluyendo, claro, a los humanos, y no había forma de que dejáramos de matarnos los unos a los otros, ya que estábamos guiados por la pulsión de muerte. Causa escalofríos pensar que este debate se abría a un año vista de la subida al poder de Hitler y a siete del comienzo del mayor conflicto librado hasta la fecha por la humanidad.

El diálogo entre ambos sabios fue traducido y publicado en varias lenguas con el título de ¿Por qué la guerra? Y este es también el título del nuevo trabajo del historiador militar británico Richard Overy, publicado por la editorial Tusquets –que ha editado gran parte de su obra, incluyendo Por qué ganaron los Aliados (2011) o una monumental historia de la Segunda Guerra Mundial, Sangre y ruinas (2024)–. Aunque la historia explica los conflictos humanos, nos dice Overy, “los historiadores han estado ostentosamente ausentes” a la hora de responder a la gran pregunta: ¿por qué los humanos hacen la guerra?

¿Múltiples causas para un hecho universal?

La cuestión que plantea Overy no es solo un problema académico, también es ético y político: intentar saber por qué los seres humanos hacen la guerra significa preguntarse al tiempo si podrá llegar el momento en que el mundo pueda vivir sin ella.

En su influyente obra sobre el origen de la guerra, Man, the State, and War (1959), el politólogo Kenneth Waltz estructuraba los motivos en tres niveles: el individuo, el Estado y el sistema internacional. Overy despliega un análisis más multidisciplinar usando investigación histórica, estudios a partir de varias ciencias y análisis cultural, todo apoyado en numerosos ejemplos (a nuestro entender, lo mejor del libro).

¿Por qué la guerra? Se divide en dos partes: en la primera, el análisis de centra en las ciencias humanas (biología, psicología, antropología y ecología) que han intentado explicar por qué apareció la guerra en el pasado evolutivo del ser humano. En la segunda parte, el análisis se traslada a los objetivos que llevan a las sociedades a hacer la guerra: recursos, creencias, poder y seguridad. Estos factores no se excluyen entre sí. Las cruzadas, por ejemplo, fueron guerras por las creencias que también aportaron recursos a los reinos cristianos y las repúblicas comerciales italianas. El poder romano provocó la esclavización de unos cien millones de personas.

'A caída de Acre, punto clave en el final de las cruzadas

Terceros

¿Es el ser humano impelido a hacer la guerra por fuerzas ajenas a su voluntad (primera parte) o, por el contrario, son sus construcciones culturales y sociales las que han creado la guerra (segunda parte)? ¿Es la guerra un “invento” que puede ser localizado en el tiempo –por ejemplo, con el nacimiento del estado, como afirmaba la antropóloga Margaret Mead– o es consustancial a la naturaleza humana?

La respuesta que nos da Overy está a medio camino. La coevolución de biología y cultura se combinó a lo largo del pasado evolutivo de los humanos. Los primeros humanos se adaptaron biológicamente, mediante el mecanismo evolutivo, recurriendo a la violencia cuando era necesario para preservar la herencia genética de los grupos de parentesco y asegurar así el éxito reproductivo consiguiendo más hembras. La capacidad cerebral superior del Homo Sapiens le habría permitido mejorar la forma de sobrevivir seleccionando la agresión contra depredadores y competidores humanos.

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Hasta aquí el impulso irreflexivo. Pero la presión que suponía el agotamiento de los recursos naturales fomentó la competición humana y supuso un acicate para el uso de la violencia. El éxito del grupo podría, según Overy, haber establecido a nivel psicológico un mundo “ellos”/”nosotros”, que justificaría el asesinato (todavía, después de todo, lo hace) “mientras generaba una predisposición psicológica a aceptar la violencia como una responsabilidad social normativa”, especialmente para los hombres, que constituían la casta guerrera.

Con todo, Overy explica que es muy difícil extrapolar el funcionamiento psicológico del individuo a la psicología de masas. El desarrollo del lenguaje y de los símbolos dotó a la especie de capacidad para entender la guerra como una manifestación de cosmologías y de destinos, lo que la integró definitivamente en el tiempo y en los sistemas preestatales.

Cuchillos de sílex encontrados en el yacimiento neolítico de Nahal Hemar

Otras Fuentes

Dependiendo del tiempo y del lugar, los humanos han hecho la guerra por diferentes razones y en diferentes formas, desde las hachas de sílex a las cabezas termonucleares; la guerra se ha practicado en todas las regiones del mundo y bajo distintas formas de organización social. La conclusión a la que llega Overy es que no existe una causa única o directa que explique la persistencia de la guerra a lo largo de la historia (y, según algunos, también de la prehistoria) humanas.

¿Cómo serán las guerras en el futuro?

¿Desaparecerán las guerras? La actualidad desmiente esa posibilidad, por lo menos en un futuro próximo. Hay cincuenta conflictos en activo en el mundo. El gasto militar global en 2024, según estimaciones del Instituto Internacional de Estudios de la Paz de Estocolmo (SIPRI), es de 2,72 billones de dólares, el 2,5% del PIB mundial. Así pues, malas noticias: parece ser que los seres humanos seguirán matándose de forma organizada en los años venideros.

¿Cómo serán las guerras del futuro? ¿Podemos trazar un hilo conductor en los conflictos modernos? Para intentar responder estas cuestiones, un general y un historiador han escrito a cuatro manos Guerra: la evolución del conflicto militar desde 1945 a Gaza (Ático de los Libros). El resultado es un análisis de síntesis divulgativo y al mismo tiempo profundo de cómo la guerra –ese camaleón, como la definió el pensador militar alemán Carl von Clausewitz– ha mutado de diversas formas desde el final del último conflicto “total” en 1945, pero también cuáles son las constantes que permanecen. La obra se emparenta con otros títulos, sobre todo del ambiente académico-militar anglosajón, como The Future of Wa r, de Lawrence Freedman (2017), War: How Conflict Shaped Us, de Margaret MacMillan (2021), o el volumen colectivo de Hal Brands War in Ukraine (2024).

El humo se eleva sobre Khan Yunis desde Rafah, en el sur de la franja de Gaza, durante un bombardeo israelí el 26 de diciembre de 2023

AFP

David Petraeus ha sido uno de los mandos militares estadounidenses más conocidos de los últimos tiempos. Con treinta y siete años de servicio, general de cuatro estrellas y comandante de la fuerza conjunta internacional en Afganistán e Irak, director de la CIA durante un breve periodo hasta su retiro en 2011, Petraeus es un pedazo de la historia militar y política reciente de su país (y de sus éxitos y sus fracasos). Fue autor de la doctrina operacional estadounidense para la lucha contra la insurgencia (el FM 3-24) que se aplicó en Irak con mayor o menor fortuna. Se opuso a la retirada de los aliados de Afganistán en 2021, que comparó con Dunkerque o la caída de Saigón, cosa que no hizo ninguna gracia en Washington.

Por su parte, Andrew Roberts es un historiador conocido por su trabajo en la historia militar y sus biografías de Napoleón y de Churchill se convirtieron en verdaderos best sellers. El conocimiento del liderazgo en conflictos por parte de Roberts y su estilo erudito complementan muy bien la experiencia en primera persona de Petraeus, a veces no exenta de autocomplacencia y crítica hacia los hombres de Estado con los que le ha tocado lidiar en sus periodos de mando.

El libro examina aquellos conflictos posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial que han supuesto una evolución de la guerra, tanto en sus aspectos tácticos, la aplicación de un nuevo tipo de arma o los preceptos operacionales innovadores. Los ocho primeros capítulos se ocupan de las guerras de descolonización, Vietnam, las guerras árabe-israelíes, las Malvinas, la Guerra Fría y el espacio postsoviético. Petraeus pasa también revista a Afganistán e Irak. Finalmente, los últimos tres capítulos tratan de la guerra de Rusia contra Ucrania, la guerra de Gaza y un capítulo final sobre las guerras del futuro.

La guerra moderna tiene, según el volumen, una naturaleza dual. Por una parte, los ejércitos dependen cada vez más de la última tecnología para combatir, a menudo desarrollada antes en el campo de la innovación civil (inteligencia artificial, drones, robótica, reconocimiento mediante aplicaciones); por otra, muchas guerras presentan formas de combate asimétricas, en las que fuerzas regulares se enfrentan a milicias, grupos terroristas o células difusas, y en las que la línea que separa a los combatientes de los civiles se difumina.

Un combatiente ucraniano cargando un dron en Zaporiyia en febrero de 2024

Ukrinform/NurPhoto vía Getty Images

Valiéndose de la experiencia estadounidense en Vietnam. Irak o Afganistán, Petraeus concluye que la tecnología estadounidense no bastó para vencer a la insurgencia, mucho peor equipada, pero más motivada y consciente de las coordenadas reales del enfrentamiento. Washington no pudo articular un liderazgo estratégico capaz de comunicar objetivos políticos a los que debían implementarlos sobre el terreno. En pocas palabras, los soldados estadounidenses no sabían por qué luchaban.

Esta visión es también el prisma desde el que se analizan la guerra de Ucrania, cuya resistencia se explica por el liderazgo “churchilliano” de Zelenski y una adaptación rápida ante la invasión rusa, llevada a cabo con una lentitud y una torpeza que son, realmente, la principal sorpresa de la guerra. El conflicto de Gaza es otra muestra de que la tecnología de vigilancia más avanzada, como la de Israel, sigue siendo vulnerable ante un ataque por sorpresa como el de Hamas el 7 de octubre de 2023.

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Quizá por influencia de Roberts y su interés por el papel del liderazgo en la victoria, Guerra ofrece más reflexiones sobre el mando que sobre la naturaleza mutante del combate. El libro no trata en profundidad ninguno de los conflictos que presenta; tampoco se ocupa de las víctimas o de la sociedad civil, y su enfoque rehúye cualquier marco crítico no occidental.

La obra presenta dos lecciones básicas: el papel clave de la moral, el entrenamiento y el liderazgo (es decir, el factor humano) y la necesidad de adaptarse rápidamente y aprender continuamente para intentar cerrar las brechas de vulnerabilidad que el adversario pueda aprovechar. Estas brechas están en todas partes, y las sociedades occidentales, hiperconectadas y dependientes de las fuentes de energía para todas sus actividades, son especialmente frágiles. Como los mismos autores indican, citando a Mark Galeotti (Todo es un arma, Desperta Ferro, 2023), “las líneas divisorias entre la guerra y la paz pueden desdibujarse hasta la práctica irrelevancia, y la ‘victoria’ ya no pasa de señalar que la jornada de hoy ha sido buena, sin garantías de ninguna clase sobre lo que el mañana deparará”.