Los Niños de Rusia: huir de la Guerra Civil para terminar inmersos en la Segunda Guerra Mundial.
Guerra Civil
Gran cantidad de menores españoles se enviaron a la Unión Soviética en el transcurso de la Guerra Civil bajo el compromiso de un asilo protegido. Hallaron un porvenir dudoso, un nuevo conflicto armado y una existencia definida por la falta de raíces.

Niños españoles reubicados durante el desarrollo de la Guerra Civil tras su llegada a la Unión Soviética.
Durante el periodo de 1937 a 1939, por encima de 30.000 menores salieron de España rumbo a diversas naciones. Cerca de tres mil de ellos terminaron en la Unión Soviética. Alejados de sus parientes, iniciaron una travesía dudosa hacia un entorno ignorado. El conflicto de la Guerra Civil convirtió a España en un lugar donde la seguridad era inexistente. Debido a los ataques aéreos contra la población, la carestía y la devastación, muchos progenitores angustiados optaron por una medida drástica: permitir la partida de sus descendientes para evitar su fallecimiento. El compromiso de hallar un asilo protegido se enfrentó a la crudeza de una existencia definida por el destierro, un nuevo conflicto bélico (en esta ocasión mundial) y el extravío de sus raíces.
Las ofensivas desde el aire, tales como las padecidas en Madrid, Guernica o Alicante, provocaron un miedo profundo en las familias. Ante tal desorden, la administración de la República, mientras combatía a las tropas rebeldes del general Franco, planteó una medida extrema: trasladar a los menores fuera de las regiones más golpeadas por la guerra. El objetivo consistía en alejarlos de la hambruna y las explosiones, además de asegurar su formación académica en un entorno tranquilo. De este modo se inició un despliegue que desplazó a cerca de 37.500 menores españoles hacia diversas naciones: Francia, México, Bélgica, Inglaterra y, con una relevancia particular, la Unión Soviética.
La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas constituía el asilo más remoto y con mayores diferencias culturales para el traslado de los menores de España; lógicamente, dicha preferencia se vio condicionada por las conexiones entre la administración republicana y el sistema soviético de Iósif Stalin.
Aquellos progenitores que sentían admiración por la URSS se aferraron a este alivio: de alguna manera, el miedo al distanciamiento se reducía ante la ilusión de un porvenir superior para su descendencia, ya que, bajo su perspectiva, los trasladaban a un edén en la tierra. Además, tenían la certeza de que el alejamiento resultaría pasajero; tan pronto como la República recuperase el mando, los pequeños regresarían al hogar sin daño alguno.

Aquellos jóvenes desterrados zarparon de los muelles de Santurce (Bilbao), El Musel (Gijón) y, con menos frecuencia, desde Barcelona y Valencia. Conforme al pacto con la URSS, los infantes tenían que contar con una edad de entre cinco y doce años, no obstante, numerosos documentos se alteraron con la intención de introducir al pequeño en la embarcación y alejarlo del calvario español.
Ya en la embarcación, los supervisores y guías mayores buscaban conservar la tranquilidad, practicando melodías y coordinando entretenimientos. Al momento en que la línea del mar ocultó el litoral de España, esos pequeños abandonaron algo superior a una vista: decían adiós a su vivienda, a su idioma y, frecuentemente, a su niñez. Durante la travesía existieron momentos para forjar lazos, para las carcajadas y los lamentos, de modo que varios de ellos canjearon la identificación que colgaba de su garganta o, simplemente, la arrojaron al agua para elegir su futuro personal.
Quienes portaban la identificación de la Unión Soviética realizaron una travesía de doce a catorce días efectuando diversas escalas en muelles de Europa. Se les alejó de la luminosa España para conducirlos hacia un ambiente helado, bajo una lengua extraña y un pensamiento político particular. La URSS garantizaba protección, aunque representó el inicio de un periplo que se extendió por décadas para gran parte del grupo. De este modo, a bordo de una embarcación sorteando explosivos marinos y cercos de la armada, el sector más vulnerable de la Guerra Civil emprendió el camino del exilio.
Vivir en la Unión Soviética
En el instante en que los buques amarraron en los muelles de Leningrado y diversas urbes soviéticas, los jóvenes exiliados descubrieron una nación que se antojaba extraída de una realidad distinta. Por doquier ondeaban estandartes carmesíes, y en cualquier dirección que miraran hallaban la efigie de un varón con bigote. A gran parte de ellos les resultó inevitable sonreír ante la bienvenida que les otorgaron: melodías, ramos y muestras de afecto del pueblo soviético.
Se les condujo a las Casas de Niños: instalaciones diseñadas exclusivamente para su recepción. En ciertas ocasiones, habitaron antiguos palacios de los zares, acondicionados como amplios comedores, dormitorios y salones de clase. Dichas colonias para menores, estructuradas por edades y requerimientos, pasaron a ser sus nuevas residencias. Se les facilitó vestimenta, sustento y asistencia sanitaria, beneficios extraordinarios frente a la situación de la España asolada por el conflicto bélico. Gran parte arribó con el cabello cortado al ras, puesto que durante el trayecto marítimo se intentó atajar el problema de la pediculosis. Docentes españoles y soviéticos colaboraron para preservar su idioma y tradiciones, al tiempo que los pequeños se iniciaban en el ruso.

No obstante tales intentos, la integración resultó complicada para varios. Surgieron notorios roces de índole cultural. Los principios soviéticos, fundamentados en el colectivismo y la dedicación al bien general, contrastaban con los hábitos personales de numerosos niños españoles. La enseñanza carecía de religión, por lo cual diversas niñas, sobre todo, buscaban sitios apartados para orar, siguiendo las lecciones recibidas en sus hogares.
Las clases, dictadas tanto en ruso como en español, estaban orientadas a transformarlos en la próxima vanguardia socialista de una supuesta España comunista. Bajo esta premisa, se les instruía para admirar a Stalin, a rechazar el fascismo y a apreciar la entrega personal por el bienestar colectivo.
A pesar de todo, buena parte de aquel grupo rememoraría con gratitud la enseñanza y el cuidado que hallaron en la Unión Soviética. Se formaron en profesiones, artes y materias científicas bajo un régimen que, aun siendo estricto, les proporcionaba alternativas que en España habrían resultado inalcanzables durante la dictadura franquista. No obstante, no lograban identificarse totalmente con lugar alguno, y muchos sospecharon que sus familias se habían desprendido de ellos. Por lo menos, contaban con una vida protegida y alimento asegurado en su mesa cada jornada. Durante un breve periodo.
Y llegó otra guerra
El inicio de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, y, sobre todo, la incursión germana en la Unión Soviética, en 1941, denominada como la Operación Barbarroja, transformaron a los infantes en re-refugiados. Aquello que comenzó siendo un destierro transitorio con el fin de huir de la Guerra Civil pasó a ser un desafío de subsistencia todavía más riguroso.

La incursión nazi generó la urgencia de desalojar los hogares de acogida donde habitaban los niños españoles. Territorios completos se vieron en riesgo ante el progreso de las tropas alemanas. Los infantes fueron movilizados hacia sitios protegidos en los Urales, Asia central y distintas regiones apartadas de la URSS. Nuevamente en tránsito, esta vez utilizando camiones o ferrocarriles, atravesaron lagos helados y estepas solitarias. La carencia de alimento, los bombardeos y los fallecidos se integraron otra vez en su día a día, con el añadido de las temperaturas extremas.
Los avatares de la evacuación.
Durante las movilizaciones causadas por la contienda en territorio soviético, los infantes debieron buscar modos de subsistir. Comenzaron a sustraer víveres de los depósitos. Consumieron todos los felinos que conseguían atrapar. Refinaron un procedimiento que se basaba en colocar al gato dentro de un costal para esquivar los rasguños. Supieron cómo licuar hielo para hidratarse. Por supuesto, la nieve que obtenían en sus traslados estaba manchada por el residuo de los trenes y los camiones, de modo que las patologías se extendieron sin control en sus vientres sin alimento. Los niños de corta edad fallecían por las gélidas temperaturas, la falta de comida o dolencias estomacales. El pasatiempo en medio de los viajes era concursar para descubrir quién cargaba con el parásito más voluminoso.
Al arribar a sus recientes ubicaciones, los de mayor edad tuvieron que laborar para apoyar las labores de guerra. Se les asignó a plantas de municiones, bastantes sin calzado, en tanto que el resto realizó labores de campo en los koljoses, las explotaciones agrarias soviéticas. En situaciones particulares, los menores con mayores destrezas en idiomas ejercieron de mediadores lingüísticos para el Ejército Rojo. Eran pequeños agentes soviéticos que, mediante su dominio del francés, el italiano y, primordialmente, el español, actuaron como traductores de comunicaciones capturadas o durante cuestionamientos, tales como los realizados a capturados de la División Azul.
Afecciones como la tuberculosis y el tifus provocaron desastres, y la falta de comida era incesante. Algunos colectivos se estructuraron para repartir los limitados medios que tenían y auxiliarse ante los contratiempos. Al igual que en todo combate, el destino tuvo una importancia fundamental. Los nazis lograron apresar a varios de estos infantes desterrados. Unos cuantos fueron liberados, mientras que de otros jamás se obtuvo información nueva.
El sueño del regreso
La muerte de Stalin en 1953 y la consolidación de Jruschov en el mando propiciaron una etapa de distensión política que posibilitó reanudar las conversaciones para el retorno. De 1956 a 1959, seis traslados permitieron que aproximadamente dos mil españoles volvieran desde la URSS, contando a numerosos Niños de Rusia que ya habían alcanzado la madurez. Pese a todo, el retorno no constituyó el desenlace ideal que bastantes personas habían previsto.
Tras su arribo a España, el régimen franquista los acogió con recelo, sospechando que se trataba de espías soviéticos o difusores del comunismo. Pasaron por diversos interrogatorios, quedaron registrados en los archivos policiales y permanecieron bajo vigilancia por mucho tiempo. Algunas personas terminaron en prisión simplemente por expresar opiniones favorables sobre la URSS. En el apogeo de la Guerra Fría, la CIA aprovechó a quienes laboraron en plantas industriales soviéticas para obtener datos confidenciales. Se les obligaba a trazar esquemas y se les instaba a rememorar pormenores variados acerca del equipo bélico que ayudaron a producir para la URSS.
Asimismo, el impacto cultural resultó sobrecogedor. La España de los años cincuenta constituía una nación precaria y sumamente tradicionalista, en la cual las mujeres carecían de libertades básicas y la religión católica dominaba el día a día. Para aquellos que habían residido en la URSS, donde se habían formado académicamente y gozado de una relativa paridad entre sexos, la integración se tornó prácticamente inalcanzable.
No obstante, existió un matiz todavía más cruel que los precedentes, uno que quienes lo sufrieron mantuvieron hasta el fin de sus vidas sin conseguir superarlo. Gran parte de los infantes que regresaron ya maduros a su patria hallaron que la contienda los había dejado sin padres. Otros, a pesar de reunirse con sus progenitores, nunca percibieron el apego que se espera de los descendientes hacia sus parientes, ya que se habían desarrollado distantes de ese afecto. La previsión de este escenario fue lo que impulsó a numerosos Niños de Rusia a no volver a su nación de origen. Su esencia personal acabó dividida.

Legado y memoria
La crónica de los Niños de Rusia se ha mantenido por mucho tiempo en la periferia del recuerdo común de España. Para el régimen franquista, aquellos menores constituían un estigma político; se consideraban “hijos de rojos”, señalados por su estancia en la Unión Soviética, y sus vivencias resultaron ocultadas o alteradas. Aun después de la Transición, su trayectoria no halló el reconocimiento adecuado, permaneciendo limitada a las memorias personales de quienes sobrevivieron y sus parientes.
La recuperación de estos relatos se ha logrado mediante la labor constante de entidades tales como la Asociación de los Niños de Rusia, fundada en 2020, y a investigadores como Rafael Moreno Izquierdo. Al mismo tiempo, piezas documentales, diálogos y programas de difusión han colaborado recientemente para restituir su posición histórica.
Hacia 1990, se les autorizó a recobrar la ciudadanía que el franquismo les quitó a los desterrados republicanos; para 1994 consiguieron el acceso a subsidios de retiro, incapacidad y supervivencia; y en 2005, momento en que gran parte ya había muerto, se otorgó una ayuda financiera tanto a quienes permanecieron en Rusia como a quienes volvieron a España.
En un entorno donde las movilizaciones obligatorias y las situaciones críticas de asilados permanecen vigentes, este capítulo cobra una importancia renovada. Su relato nos advierte que los conflictos bélicos no únicamente devastan regiones, sino asimismo existencias y personalidades. Mantener su herencia no representa únicamente un asunto de reparación histórica, sino un instrumento para fomentar la compasión y meditar acerca de nuestro trato actual hacia las personas que solicitan protección.
Este fragmento integra un reportaje divulgado en la edición 691 de la revista Historia y Vida. ¿Deseas sumar alguna observación? Envíanos un mensaje a [email protected].



