Historia contemporánea

El Día de la Marmota, en realidad, nació en Europa

Folclore y curiosidades

La costumbre de usar animales como improvisados meteorólogos llegó a los Estados Unidos procedente de Alemania y Hungría

El cuidador del Club de la Marmota, A.J. Dereume, sostiene a Phil de Punxsutawney, la marmota que pronostica el tiempo 

El cuidador del Club de la Marmota, A.J. Dereume, sostiene a Phil de Punxsutawney, la marmota que pronostica el tiempo 

Barry Reeger / Ap-LaPresse

Aún nos quedan por delante seis semanas de invierno, si hacemos caso de la última predicción de la celebérrima marmota Phil. El pasado lunes, día de la Candelaria, todo el estado de Pensilvania contuvo la respiración al unísono, a la espera de saber si la mascota del pequeño pueblo de Punxsutawney vería o no su propia sombra al salir de la madriguera, como así fue, al parecer. Su colega de Nueva York, Chuck, le dio la razón: hay frío para rato.

Las marmotas canadienses, en cambio, vaticinaron un invierno corto, no se sabe si por diferencias de latitud o por añadir un escollo diplomático más a las ya tensas relaciones entre Washington y Ottawa.

Poner la llegada de la primavera en manos de un roedor puede parecernos una mera excentricidad norteamericana, pero lo cierto es que Europa no está exenta de responsabilidad. Como sucede con Halloween, también esta tradición cuenta con antecedentes directos en el viejo continente.

El Día del Tejón

En la Centroeuropa medieval, entre los pueblos de habla germánica, era común pronosticar la duración de los rigores invernales a partir de la conducta de un tejón. Si el dos de febrero, coincidiendo con la festividad cristiana de la Candelaria, el tejón veía su propia sombra, regresaba de inmediato a su madriguera para hibernar cuatro semanas más. Así se recoge en el Handwörterbuch des deutschen Aberglaubens (Breve diccionario de la superstición alemana), un clásico del folclorismo publicado en diez volúmenes entre 1927 y 1942.

Los tejones no son roedores, sino mustélidos, pero estos pequeños carnívoros peludos tienen en común con las marmotas el hábito de hibernar, que es el principal requisito en este caso. Además, se les atribuían propiedades medicinales. Su grasa, aplicada en cataplasmas, servía prácticamente para todo: lo mismo cicatrizaba heridas, enderezaba hernias y aliviaba los síntomas de la gota, que calmaba los ánimos cuando había mala sangre entre vecinos. Sus garras y dentaduras se lucían como amuletos.

Sin embargo, el tejón germánico tampoco fue, seguramente, el heraldo original de la primavera en occidente. Pudo haber sido, a su vez, sustituto de otro animal. Así lo creía Rhys Carpenter. En su libro Folk Tale, Fiction and Saga in the Homeric Epics (Cuento popular, ficción y saga en las epopeyas homéricas) el historiador del arte estadounidense proponía, en 1946, que el Día de la Marmota americano no solo procedía del tejón empleado en las celebraciones alemanas de la Candelaria, sino que podría remontarse a ritos paneuropeos vinculados con los osos, “en los que el oso actuaba como un profeta climático”.

El miembro del Club de la Marmota Dan McGinley (izq) revisa el estado de la marmota Phil, durante la celebración del Día de la Marmota en 2017
El miembro del Club de la Marmota Dan McGinley (izq) revisa el estado de la marmota Phil, durante la celebración del Día de la Marmota en 2017EFE

En efecto, la versión húngara reproduce la tradición al pie de la letra, con fecha, sombra y madriguera incluidas, pero con un oso como protagonista. En su novela El nuevo propietario (1863), Mór Jókai describió, con más ironía que fe, el proceso adivinatorio que se ponía en marcha en su país el día de la Candelaria: “Cómo sabe el oso cuándo llega ese día es uno de esos misterios de la historia natural que los científicos aún no han aclarado”.

La tradición cruza el charco

Guerras, hambrunas y persecuciones religiosas asolaron a los campesinos centroeuropeos en los siglos XVII y XVIII. América, con su promesa de tierras vírgenes y fértiles, se convirtió, pese a los riesgos, en una opción atractiva para quienes no tenían nada que perder.

Muchos granjeros alemanes, especialmente protestantes anabaptistas (entre ellos, los mnemonitas o Amish) fueron a parar a Pensilvania, un estado fundado por otro paria religioso, el cuáquero William Penn. Una vez allí, siguieron hablando un alemán cada vez más hibridado con el inglés y trasplantaron al nuevo continente muchas de sus antiguas tradiciones. Entre ellas, las de la Candelaria. A falta de tejones en la región, adoptaron la marmota como nuevo animal profético. Las cuatro semanas extra de invierno que auguraban los tejones en Europa se convirtieron en seis al otro lado del Atlántico, pero, en esencia, el rito se mantuvo.

The Spirit, el periódico local de Punxsutawney, recogía la primera referencia a las predicciones marmotiles en 1886. Tres años más tarde, su editor, Clymer Freas, fundaba el Club de la Marmota. La fiesta se fue completando con chisteras, discursos y fuegos artificiales, hasta cristalizar en el evento que atrapó a medio mundo en la película de 1993, convertido en la peor pesadilla de Bill Murray.

¿A qué viene lo de la sombra?

En el fondo, de lo que se trata es de controlar lo incontrolable. En el mundo rural de hace doscientos años, una primavera temprana o tardía, seca o lluviosa podía trazar la línea entre la prosperidad y el hambre, entre la supervivencia y la muerte. Antes de la invención de la meteorología científica, no quedaba otra que observar la naturaleza en busca de pistas sobre el futuro inminente de cada cosecha.

Si a principios del mes de febrero, coincidiendo con el punto medio entre el solsticio de invierno y el equinoccio primaveral, hace sol, los animales despiertan momentáneamente y ven su propia sombra. Si está nublado o llueve, apenas hay sombra que puedan proyectar.

Bill Murray en una escena de 'Atrapado en el Tiempo', el filme sobre el conocido Día de la Marmota
Bill Murray en una escena de 'Atrapado en el Tiempo', el filme sobre el conocido Día de la MarmotaPropias

Cuesta discernir hasta qué punto el aturdido Phil ve o no espontáneamente su sombra en medio del sarao en que se ha convertido el Día de la Marmota. En cualquier caso, la costumbre no deja de ser la traslación de una creencia popular muy extendida en Europa: la de que el breve veranillo que, en ocasiones, ofrece la Candelaria es, en realidad, una trampa cruel de la naturaleza. Como escribe Jokái en su novela, el oso “sabe que todo ese buen tiempo es mera coquetería del invierno, igual que el programa liberal de un ministro absolutista”.

Una creencia que también está muy arraigada en la cultura mediterránea, por más que no usemos a las marmotas como pitonisas. “Cuando la Candelaria luce el sol, se puede temer que el invierno aumente su rigor”, reza un refrán recogido por Jesús Cantera y Julia y Manuel Sevilla. O, como se dice en Catalunya: “Si la Candelera plora, l'hivern és fora; si la Candelera riu, l'hivern és viu”.