Así es el ISIS en Nigeria, el país del Sahel que sufre el terrorismo integrista desde 2009
Intervención estadounidense en África
La violencia afecta a cristianos pero también a musulmanes y a menudo esconde un conflicto por la tenencia de tierras en el motor económico de África, que ya ha vivido el asesinato de más de 30.000 personas

En la cuenca del lago Chad —o en lo que queda de él— el terror ha tomado el control.
Este accidente geográfico marca el corazón del Sahel, la región donde, durante el último año, se produjeron la mitad de las muertes causadas por grupos islamistas en África. En Nigeria, el país más poblado del continente, la situación ha escalado hasta convertirse en una cuestión de alcance internacional, especialmente desde que Donald Trump incluyó a finales de octubre al país en la lista de estados de especial preocupación.

En este contexto, la parte noreste del país se ha establecido como el bastión del yihadismo en Nigeria. Cuando hablamos del ISIS en este país africano, hablamos de Boko Haram, un grupo terrorista de carácter salafista, que defiende el islam suní más conservador, la interpretación literal del Corán y el retorno radical a las tradiciones islámicas. El grupo, que comenzó a operar en forma de ataques violentos en el 2009, tuvo su pico de actividad entre el 2014 y el 2016, años en los que la milicia juró lealtad al Estado Islámico y se acabó dividiendo en dos facciones enfrentadas entre sí por el control del estado nigeriano de Borno.
Trump ha atacado a las facciones de Boko Haram por su persecución de cristianos
La violencia entre ambos grupos —el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP, por sus siglas en inglés) y Jamā'at Ahl as-Sunnah lid-Da'wah wa'l-Jihād (JAS)-, ha resultado este último año en 3.982 muertes, un 74% de estas en Nigeria, país que se lleva la peor parte. Según la administración Trump —y la justificación utilizada para intervenir militarmente en la región— la gran mayoría de estas muertes son cristianos, argumentando que existe una cacería religiosa en el país.
Pese a las cifras en ocasiones infladas que presentan algunos círculos de la derecha norteamericana —más de 100.000 cristianos muertos a manos de yihadistas— diversos analistas apuntan a que se trata de una inseguridad generalizada, al reportar múltiples ataques contra mezquitas y comunidades musulmanas en la misma región.
En este sentido, en un país donde la cifra de personas musulmanas y cristianas es prácticamente idéntica, el terrorismo está asesinando a occidentales y cristianos, pero también a musulmanes considerados “infieles” por tener una interpretación más contemporánea de la religión.
Cabe destacar que en los últimos años el conflicto ha emigrado también a la parte sur del país, por diversas razones, entre las que se encuentran la voluntad de seguir directrices del núcleo del Estado Islámico atacando objetivos cristianos y considerados infieles, pero también ganar visibilidad internacional, dispersar la presión del Ejército nigeriano y tomar el control de una de las zonas más ricas del país, donde se concentran la mayor parte de la producción petrolera y de los ingresos estatales.
El conflicto ha emigrado también a la parte sur del país, donde se encuentra el núcleo económico de Nigeria
Más allá de la violencia terrorista, Nigeria arrastra tensiones que trascienden el factor religioso y tienen un marcado origen étnico. Es el caso de los pastores fulani, un grupo étnico mayoritariamente musulmán asentado a lo largo de África Occidental, al que algunas fuentes vinculan con episodios de violencia yihadista. Sin embargo, los fulani han protagonizado conflictos tanto con comunidades musulmanas como cristianas en distintas regiones del país y, según expertos citados por la BBC, estos enfrentamientos responden principalmente a la competencia por el acceso a la tierra y a los recursos naturales. La naturaleza de los ataques contra comunidades cristianas y lugares de culto ha contribuido, no obstante, a que estos episodios se interpreten a menudo en clave religiosa, asociándolos erróneamente con la yihad.
Dentro de Boko Haram existen, además, diferencias claras entre sus distintas facciones en cuanto a objetivos y métodos: desde el recurso a una violencia más o menos indiscriminada hasta la ejecución de asesinatos selectivos. En términos generales, cualquier persona que no respalde al grupo —percibida como colaboradora del Estado— puede convertirse en objetivo de ataques por parte de estas milicias.
La expansión de estos grupos supone una amenaza de primer orden, no solo para Nigeria, sino para el conjunto del continente africano, que podría ver comprometida su estabilidad si el yihadismo logra afianzar su control sobre territorios estratégicos. En los últimos años, este fenómeno ha puesto en jaque a países como Somalia, ha debilitado a Estados ya frágiles como Mali y amenaza con extenderse por África Occidental, con consecuencias directas sobre los mercados energéticos globales y los intereses de Estados Unidos, que ha optado por intervenir de forma unilateral para contenerlo. En juego está la estabilidad de Nigeria —el “gigante de África”— y, con ella, la de todo un continente.

