Los plantígrados japoneses no son afectuosos.

Historias del Mundo

El aumento de las agresiones a individuos ha desatado el pavor en la nación.

People look at a black bear eating in an enclosure at Ueno Zoo in Tokyo on December 25, 2011. Many people visited the zoo on the last Sunday of this year. AFP PHOTO/Toru YAMANAKA (Photo by TORU YAMANAKA / AFP)

Un oso negro rodeado de niños en el zoo de Tokio 

TORU YAMANAKA / AFP

Las Claves

  • El aumento de la agresividad de los osos en Japón ha causado catorce fallecidos y doscientos lesionados desde el mes de abril.
  • La

Los menores ya no acuden a sus centros educativos sin compañía, los negocios inician su jornada más tarde y finalizan antes, los diarios han dejado de distribuirse en las casas, los técnicos de mantenimiento de antenas de comunicación demandan seguridad para ejercer sus funciones, el personal de correos evita el reparto domiciliario, las tropas militares se han activado y la policía (que suele recurrir a las armas solo en situaciones de secuestro o violencia extrema) posee permiso para disparar. La rutina se ha visto alterada en las áreas rurales y de montaña de Japón a causa del incremento en la agresividad de los osos. El pavor es absoluto.

Dentro de una nación donde la convivencia con el entorno natural y la fauna se considera sagrada (y según las tradiciones ancestrales los osos representan divinidades cuyas almas ascienden al firmamento), el aumento constante de agresiones a seres humanos (14 fallecidos y 200 lesionados a partir de abril) ha transformado la percepción sobre estos animales. Más allá de los riesgos vitales, a los productores rurales les disgusta profundamente que, al intentar hallar alimento con urgencia, devoren los viñedos, invadan los arrozales y arruinen las plantaciones.

El personal del servicio postal evita distribuir la correspondencia, los menores ya no acuden sin compañía a la escuela y los osos se acercan a las viviendas y tiendas de alimentos.

La crisis climática y el abandono rural representan los dos elementos fundamentales. Estos plantígrados ya no hallan los frutos del haya ni las bellotas que resultan vitales para su nutrición, y debido a esto se aproximan con mayor frecuencia a los núcleos urbanos, alimentándose de setas o de cualquier recurso comestible que encuentren. Existen ejemplares que incluso han dejado de hibernar. Asimismo, se ha perdido considerablemente aquello denominado en japonés como satoyama , esos terrenos, cañaverales de bambú, estanques y arroyos que antiguamente dividían las áreas de montaña de los asentamientos, sirviendo de límite natural entre el hábitat de los osos y el entorno humano.

Esto ha provocado una situación de emergencia nacional, en la cual los animales transitan como Pedro por su casa en patios, cocinas, centros de compras y tiendas, en los onsen (aguas termales) y ryokan (hoteles tradicionales), en las pistas de los aeropuertos, paradas de transporte, en las vías férreas y en los patios escolares. Uno particularmente furioso se aproximó a una patrulla de policía y reventó los neumáticos con sus garras. Hay letreros de advertencia por doquier, desde las cumbres de Hokkaido hasta poblaciones de los Alpes japoneses como Tsumago y Shirakawa-go. Los individuos más audaces han incursionado en las periferias de Tokyo y Kyoto. El flujo de turistas ha disminuido, y se recomienda a los senderistas llevar spray de defensa y campanillas para alertar de su paso a los animales, que suelen ser huraños pero que, por el hambre, han perdido su habitual cautela. El Departamento de Estado norteamericano y los ministerios de Exteriores de Canadá, el Reino Unido, China, Corea del Sur y Filipinas han avisado a sus ciudadanos para que extremen las precauciones.

La cantidad de plantígrados en Japón se ha multiplicado por cuatro desde 2012, llegando a unos 55.000 individuos, de los cuales la mayoría son osos negros asiáticos con pesos de hasta 130 kilos, además de unos 12.000 pardos de mayor envergadura (que pueden pesar 400 kilos). A este crecimiento ha ayudado la disminución de cazadores con permiso legal, a causa del envejecimiento social y la migración juvenil del entorno rural a las urbes. Conseguir la autorización requiere trámites burocráticos extensos, un test inicial y revalidaciones constantes, aparte de constatar que las escopetas cumplen las estrictas normativas de cuidado. Su cifra ha caído desde el medio millón hasta aproximadamente 200.000.

Las fuerzas militares (formalmente “Fuerzas de Defensa Nacional”) carecen de permiso para abrir fuego contra los osos, limitándose su labor a la colocación de trampas, que suelen ser jaulas de dimensiones reducidas con alimentos apetecibles en su interior. Tras ser capturados, se solicita la presencia de cazadores autorizados para que acaben con ellos, habiéndose sacrificado de este modo a diez mil ejemplares a lo largo de los últimos cinco años.

Japón lidia con dificultades como la sociedad envejecida y la falta de nacimientos, una economía paralizada, un alto nivel de deuda soberana, una animadversión al alza contra los extranjeros (como ocurre globalmente) y los complicados lazos con China. Sin embargo, la inquietud colectiva en este momento son los incidentes con osos. Por si esto fuera insuficiente, la administración de Pekín, durante un conflicto diplomático, ha recuperado a los dos únicos que resultaban inofensivos, los gemelos panda Xiao y Lei que habitaban tranquilamente en el zoo Ueno de Tokyo.

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