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Ramon Aymerich Piqué

Ramon Aymerich

Redactor jefe de Internacional

Drogas, alcohol y caos: cómo caen los imperios

UNA NOCHE EN LA TIERRA

Las adicciones de masas se asocian con el declive de los imperios. Fue así con el opio en la China del siglo XIX y el elevado consumo de alcohol en la Unión Soviética de los 70. ¿Es la epidemia de opiáceos síntoma del declive terminal americano?

Donald Trump durante el Estado de la Unión, JD Vance y Mike Johnson detrás
Donald Trump durante el Estado de la Unión, JD Vance y Mike Johnson detrásKenny Holston / Reuters

Las grandes adicciones no causan la caída de los imperios. Pero son un síntoma de que el final está cerca. En 1878 el 10% de la población china fumaba opio. El opio era casi desconocido en el país a principios del siglo XIX, pero empezó a circular en grandes cantidades a través de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Cuando la dinastía Qing prohibió su venta y consumo, Gran Bretaña y Francia entraron en guerra con el emperador en nombre del libre comercio. Debilitado y desmoralizado, el imperio fue derrotado y tuvo que hacer concesiones desproporcionadas a los poderes coloniales. Desapareció en 1912.

El consumo masivo de opio reflejaba la fractura del tejido social en China, del mismo modo que el consumo masivo de vodka y alcohol puro en la Unión Soviética de los 70 y 80 era un indicio de la decadencia irreversible del sistema. En 1985, el séptimo secretario del Partido Comunista, Mijail Gorbachev, prohibió su venta y creó con ello un próspero mercado negro. La medida evidenció que los ingresos por el vodka eran básicos para la hacienda soviética (antes de ser un petroestado, el presupuesto ruso estuvo dopado por los ingresos procedentes del alcohol). La Unión Soviética se disolvió en 1991.

Entre 1999 y 2023, 800.000 personas murieron de sobredosis de opiáceos en Estados Unidos. Se calcula que el 11% de la población consume hoy algún tipo de narcótico sin prescripción médica. Como en la China del XIX, el malestar social está en la raíz de la catástrofe, pero son cómplices necesarios la codicia y la corrupción. En el caso americano fue la familia Sackler quien comercializó el OxyContin, opiáceo del que ocultó su potencial adictivo. Su empresa minó con sobornos a reguladores y médicos para que lo autorizaran y prescribieran. Oxycontin fue el talismán de una administración desbordada ante el aumento de una población aquejada de patologías médicas y sociales.

El 2020, dos economistas, Anne Case y Angus Deaton, publicaron “ Muertes por Desesperación ”, donde buscaban una explicación al elevado número de muertes prematuras por sobredosis, alcoholismo y suicidios entre la clase media blanca. Responsabilizaron del fenómeno a un capitalismo que condenaba al paro a y la precariedad a los menos formados. En el libro no se menciona a Donald Trump, pese a que fue escrito durante su primera presidencia. Fue él quien mejor entendió el descontento blanco y quien mejor supo qué hacer cuando este devino cólera.

Esta semana, el historiador Jonathan Levy, en un largo artículo publicado en Project Syndicate , relaciona el triunfo de Trump con las adicciones. El hoy presidente, que nunca imaginó (ni él ni nadie) que fuera capaz de llegar a la cima de la nación más rica del planeta, ha sido el gran beneficiado del trauma que arrastra el país desde los cambios en la economía en los años 80. Es cuando los salarios se estancan para una parte de la población, la esperanza de vida empieza a bajar, la economía solo funciona bien con deuda y el crecimiento no llega a las áreas del interior, donde más opiáceos se consumen.

Trump jamás hubiera imaginado (ni él ni nadie) que llegaría a la cima del país más rico del mundo

En China, el abrazo de la sociedad al opio coincidió con la adoración al Dios Dinero. En EE.UU., la expansión de los opiáceos se produjo en los 90, en los años del fin de la Guerra Fría, los de la euforia por la victoria final del libre mercado.

Levy recuerda que el sistema perdió su legitimidad en las guerras de Afganistán e Irak y en la Gran Recesión del 2008. Y destaca que los demócratas malgastaron la oportunidad de revertir esa dinámica. Barak Obama, por fallar como el reformador que prometía ser -y ponerse del lado de Wall Street cuando tuvo que dar una salida a la crisis financiera del 2008. Joe Biden, por no articular un movimiento social que apoyara sus reformas.

Los grandes cambios históricos pueden tardar décadas en materializarse (la descomposición del imperio Qing tardó un siglo). Estados Unidos es todavía fuerte. Tiene el dólar, el mayor ejército del mundo y las grandes tecnológicas. Pero si algo caracteriza las transiciones entre grandes poderes, eso es el caos. El caos sobre el que surfea ahora mismo Trump.

El martes, en el discurso del Estado de la Unión, el presidente americano exhibió su satisfacción por la marcha de la economía y su convicción de que encontrará la fórmula para detener a los demócratas en noviembre. Pero Trump no ha llegado hasta aquí para reformar el sistema. A él lo que le gusta es romperlo todo. Fue Trump quien vilipendió a Wall Street durante sus campañas electorales (Obama nunca se atrevió a ello). Ahora siembra el caos con la política arancelaria. Y ha convertido el orden internacional en algo impredecible.

Las adicciones son el presagio de los grandes cambios. Y en el imperio americano, su consumo ha ido asociado a las guerras que ha librado en las últimas décadas. Han sido los condados que más soldados enviaron a Irak y Afganistán los que más muertes han registrado por sobredosis. La guerra del Vietnam (marihuana para pasar el rato, heroína para los más desesperados) precedió la epidemia de crack en las comunidades negras en los años 80. El consumo de cocaína en Afganistán e Irak fue la continuidad de las anfetaminas administradas a los soldados para mantenerlos operativos durante el conflicto.


El caos en la política arancelaria y el desorden internacional singularizan hoy la política de EE.UU.

La droga, y con ella el crimen y la violencia, ha aparecido siempre asociada a los cuerpos de elite, a las operaciones encubiertas, a las guerras secretas. Desde los años 60 hasta el asalto y secuestro de Maduro en Caracas este mes de enero. El narco persigue a América.

Ramon Aymerich Piqué

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