Internacional
Sergio Molina García

Sergio Molina García

Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Castilla-La Mancha

Pulso de poder entre Trump y Bruselas

La Unión Europea (UE) se encuentra en un proceso de aprendizaje sobre cómo navegar en el peligro. En este nuevo contexto, que recuerda al imperialismo del siglo XIX y al ambiente belicista de los años treinta del siglo XX, gran parte del derecho internacional y del multilateralismo organizados tras la Segunda Guerra Mundial han quedado erosionados. Con el final del orden liberal de posguerra y los cambios en el sistema global, la UE ha visto alteradas muchas de las bases y principios que la habían sostenido desde los años cincuenta del pasado siglo.

Los numerosos y excelentes diagnósticos actuales sobre el estado de la Unión (tanto académicos como técnicos) han subrayado la importancia de reforzar los valores democráticos sobre los que se edificó el proyecto común. Al mismo tiempo, han destacado la necesidad de potenciar su autonomía estratégica, su seguridad y su política de defensa, así como sus políticas comerciales, como muestra el reciente acuerdo con Mercosur. Sin embargo, hay otra cuestión que ha definido a la UE en las últimas décadas y que ha recibido menos atención: el poder normativo que ha desplegado a escala global.

En 2020, Ana Bradford publicó The Brussels Effect, un libro en el que argumentaba cómo la UE había logrado influir en las reglas comerciales, económicas y tecnológicas a nivel mundial. Este fenómeno le permitió, de manera directa e indirecta, exportar sus normas regulatorias gracias, fundamentalmente, a la potencia de su aparato administrativo y burocrático, a la fortaleza de su mercado interior y a las propias dinámicas de la globalización. La regulación de las grandes tecnológicas (Big Tech), el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) o las normativas sobre emisiones y seguridad alimentaria son solo algunos ejemplos. A través de todas ellas, la UE no solo fue pionera en legislar de acuerdo con las necesidades ciudadanas, sino que también sirvió de modelo para las legislaciones de terceros Estados.

Con ello, la UE logró un notable poder global basado en la regulación y no en la coacción. No obstante, este poder normativo también generó recelos que deben tenerse en cuenta. Este soft power fue percibido en ocasiones como una forma de imperialismo regulatorio, capaz de influir en normas en todo el mundo, pero insuficiente para articular un consenso legislativo internacional amplio. Esto contribuyó, como argumentaron Iván Krastev y Stephen Holmes, a que Occidente ganara la guerra fría pero perdiera la paz y, en cierta medida, a que fueran emergiendo resistencias hacia las instituciones europeas que favorecieron lo que Andrea Rizzi ha denominado la era de la revancha.

En el nuevo contexto internacional, ese efecto Bruselas parece haber sido desplazado por un efecto Trump. Tal y como han señalado diversos análisis europeos, el presidente estadounidense se ha convertido en la figura política más influyente para la UE, incluso por encima de cualquier líder comunitario u otros actores políticos como Vladimir Putin. La revista POLITICO, en su tradicional ranking sobre la persona más influyente del año, ha señalado a Donald Trump como el líder más importante para la UE en 2025. En Francia, un barómetro de Ouest-France ha mostrado que el dirigente republicano fue el responsable político más citado en los medios de comunicación franceses, por encima incluso del presidente Emmanuel Macron.

La UE recuperará su influencia mundial si logra 

En este escenario, el retorno de la UE a las esferas de poder global no depende únicamente de su capacidad militar y de defensa, de una reforma de sus procesos internos de toma de decisiones (como el abandono del voto por unanimidad) o de sus programas de reindustrialización. Depende también de su capacidad para defender y reivindicar la regulación normativa como base de un sistema internacional sustentado en el multilateralismo. Esto no implica ignorar el realismo del desorden mundial en el que vivimos. Legislar, por ejemplo, en materia de inteligencia artificial o sobre las grandes plataformas tecnológicas permite frenar el efecto Trump basado en la desregulación y en la ley del más fuerte, al tiempo que demuestra a la ciudadanía europea que las instituciones protegen sus derechos frente a políticas impulsadas desde la Casa Blanca y otros centros de poder (como la propuesta de ley  para prohibir a Huawei y ZTE su participación en proyectos de infraestructuras estratégicas). En relación con esto último y en un momento de incremento de la extrema derecha, se trata de mostrar (como sostiene Timothy Snyder) que la libertad individual se construye sobre la protección de los intereses colectivos y sobre reglas objetivas, no arbitrarias. El efecto Trump que domina el escenario actual exige, precisamente, el fortalecimiento de un renovado (y mejorado) efecto Bruselas.

Contar con medios de seguridad y defensa, fomentar una estrategia industrial autónoma o abandonar la postura de presa en un entorno de depredadores resulta totalmente coherente con la protección de un orden multilateral donde el diálogo y el soft power continúen funcionando como instrumentos fundamentales. Recuperar la iniciativa regulatoria, en un escenario donde la OTAN enfrenta complicaciones por causa de la parálisis política en Estados Unidos, podría representar el camino más corto para neutralizar el efecto Trump y, simultáneamente, para alejarse de la Administración norteamericana y evidenciar que la UE posee un plan particular y una visión política distinta.

Sergio Molina García

Sergio Molina García

Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Castilla-La Mancha

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Docente de Historia Contemporánea en la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) y experto en la trayectoria de la integración europea, los vínculos francoespañoles y los flujos migratorios de España hacia Europa durante la segunda mitad del siglo XX.

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