
Israel tiene un plan para Irán, Trump no
Israel tiene un plan. Donald Trump, no. En los tres últimos días han circulado diferentes hipótesis que intentan explicar por qué el presidente decidió entrar en guerra con Irán. Ninguna es tan convincente como la confesión de Marco Rubio, secretario de Estado, en el Congreso. “Estaba clarísimo que si Irán era atacado por cualquiera –Estados Unidos, Israel, cualquiera– iban a responder, y responderían contra Estados Unidos”, dijo el secretario de Estado.

Fue una explicación tramposa, la primera que encontró Rubio para esconder cuánto depende Donald Trump de Beniamin Netanyahu. El primer ministro de Israel ha empleado meses en convencer a Trump del ataque. Los presidentes autoritarios son propensos a los cambios de humor. Hay que estar siempre a su lado para que no se olviden y cambien de opinión.
Y Netanyahu es un tipo indestructible. Ha viajado a Washington, a Mar-a-Lago, se ha encerrado horas y horas con él. Ha activado la fibra personal (Trump habría sido objeto de intento de atentado de Irán dos veces). No se ha dejado desmoralizar cuando Steve Witkoff, el negociador de confianza del presidente, sugería que era posible alcanzar un pacto con ellos.
Trump no sabe bien por qué ha entrado en guerra, cuáles son sus objetivos ni cuánto durará. Estaba en medio de una negociación en la que no creía, pero en la que había arrancado cierto compromiso de Teherán. Ahora no descarta incluso invadir por tierra. Aunque no sabe muy bien para qué (si para cambiar el régimen o solo destruir su infraestructura militar). No tiene plan.
Netanyahu, en cambio, sí tiene plan. La destrucción del régimen de los ayatolás culmina su larga carrera política, cuarenta años de fijación. Termina con su peor enemigo en la región. Ocupa el sur del Líbano (quien sabe por cuánto tiempo) y acelera la anexión de Cisjordania. Inutiliza la idea de los dos estados y ha convencido de todo ello a la opinión pública israelí, que le dará una mayoría en las elecciones de octubre.
Israel ha tenido siempre gran influencia en la política estadounidense. Pero es probable que nunca como hoy decisiones que adopta Washington se cocinen a tantos kilómetros de distancia.
Se han dado muchas explicaciones para explicar la decisión. Algunas tan sugerentes como que Trump lo ha hecho para que se deje de hablar de Jeffrey Epstein (tomó la decisión al día siguiente de que Bill Clinton declarara ante el Congreso y afirmara que ya es hora de también lo haga Trump). Pero ni eso puede competir con la idea de la desmedida y robusta influencia de la derecha israelí en la tierra de los Padres Fundadores.
