Internacional
Jordi Torrent

Jordi Torrent

Especialista en geopolítica

Ayatolás, caída o pacto

Empecemos por recordar algunos datos importantes. Irán rebasa los noventa millones de habitantes. Es un país con de más de un millón y medio de km2 (tres veces España o Irak), heredero del imperio persa, una de las naciones más antiguas del planeta. El régimen de los ayatolás actúa como líder político de la comunidad chií global, unos 250 millones de personas, a menudo masacrada por la mayoría suní y que sólo es mayoritaria en Irán, Irak, Líbano, Azerbaiyán y Bahréin. Son una minoría importante en otros países como Yemen, Pakistán e India. A pesar del historial sangriento del régimen de los ayatolás y de milicias como Hezbollah, el fundamentalismo chiita ha sido tradicionalmente más tolerante con otras confesiones religiosas que su equivalente sunita.

Soldados del ejército iraní
Soldados del ejército iraníEFE/EPA/IRANIAN ARMY

Pese a la implacable represión ejercida contra su población, especialmente mujeres, el régimen de los ayatolás se ha mostrado razonablemente respetuosa con el ejercicio de otras confesiones religiosas y con las minorías nacionales azeríes y kurdas. No existe, en este sentido, un caldo de cultivo importante de resentimiento por motivos religiosos o étnicos. La oposición es básicamente política, ideológica y cultural.

El régimen hará lo que sea para sobrevivir y sembrará el caos en toda la región

Un país de estas características es casi imposible de conquistar por tierra por una fuerza extranjera. El cambio de régimen sólo puede venir de la mano de los propios iranís, con o sin ayuda externa, cómo ya ocurrió con la caída de Mohammad Mossadegh a manos de Reza Pahlavi con apoyo americano y el derrocamiento de este último por una coalición liderada por el ayatolá Jomeini.

Prácticamente todo Oriente Medio, excepto buena parte del mundo chiita, está interesado en la caída del régimen de los ayatolás, no sólo Israel y los Estados Unidos. Turquía, con quién ha competido por dominar la región, por ejemplo, en Siria. Este, para acabar con la influencia iraní sobre su minoría alauita. Las monarquías del Golfo con quienes lleva décadas enfrentado en una lucha sin cuartel. Líbano, para acabar, de una vez por todas, con la inestabilidad crónica que genera la incontrolable milicia de Hezbollah.

Ahora bien, la agresión externa puede provocar, en un país orgulloso y milenario como el persa, lo contrario de lo deseado, mayor cohesión interna. Más si cabe, cuando los objetivos son indiscriminados, como ha ocurrido con el ataque a una escuela del sur del país que ha provocado la muerte de decenas de niñas.

Tras casi medio siglo de un gobierno autoritario y cohesionado en torno a sólidas estructuras de poder, económicas y represivas, es difícil que la reforma venga desde dentro. Tampoco es probable una transición democrática pilotada por el propio régimen. Por lo tanto, o el régimen resiste y llega a algún tipo de acuerdo con EE. UU. (Por ejemplo, alto el fuego a cambio de la suspensión del programa nuclear) o cae por una combinación de levantamiento popular, división interna y presión externa.

Sea lo que sea lo que nos depare el terrible futuro, lo que es seguro es que el régimen hará lo que sea para sobrevivir. Buscará que el caos en la región sea insoportable, antes que caer, ya que evidentemente, teme más esto que una larga guerra defensiva contra una agresión occidental.