Internacional

Luto, soledad y shock en Teherán

Asedio frente al régimen de los ayatolás

La ilusión de la primavera, eclipsada por el temor a los bombardeos aéreos y la represión de las fuerzas de seguridad

Edificio de la policía destruido el centro de Teherán en una de las oleadas de ataques de Israel y Estados Unidos 

Edificio de la policía destruido el centro de Teherán en una de las oleadas de ataques de Israel y Estados Unidos 

Kaveh Kazemi

Es como si las vacaciones de Now Ruz – el Nuevo Año persa que se celebra el 21 de marzo– se haya adelantado tres semanas: las calles están vacías, no hay tráfico, la mayoría de los comercios permanecen cerrados y el cielo luce tan despejado que, por la noche, se distinguen las estrellas, como suele ocurrir en esta época del año en Teherán, cuando la contaminación desaparece. Incluso algunos brotes verdes empiezan a asomar en los árboles.

Pero, a diferencia de esos días festivos, cuando las flores decoran cada rincón y los carteles anuncian deseos para el año que empieza, ahora el negro domina las banderas y la figura del ayatolá Jamenei ocupa los paneles publicitarios.

La celebración de la vida ha sido reemplazada por la conmemoración de la muerte, y la ilusión de la primavera ha quedado eclipsada por el temor a los ataques aéreos y a la represión de las fuerzas de seguridad, que han llenado las calles con retenes. “Están ahí para infundir miedo y evitar que la gente salga a celebrar la muerte de Jamenei o a pedir el fin del sistema”, explica Amir Hussein, historiador y librero, mientras caminaba ayer por los alrededores de la plazoleta Enqelab.

Como tantos otros, había salido para ver con sus propios ojos las secuelas del ataque del martes a las cinco de la tarde, cuyas imágenes había visto en uno de los canales en persa que emiten desde el extranjero. Con internet desconectado y la televisión estatal limitando la información de los bombardeos únicamente a ciertos edificios civiles, a muchos iraníes solo les queda recurrir a las cadenas internacionales, muchas de ellas con intereses políticos propios.

“Por eso vine, quiero comprobarlo por mí mismo”, insiste aún impresionado por las escenas de pánico captadas por algunos transeúntes: personas tendidas en el suelo y las calles cubiertas de escombros. Pero lo que contaban los testigos era todavía más estremecedor. Como Hassan, que trabaja en una tienda cercana, vio cuerpos salir despedidos por los aires. “Todo ocurrió de repente”, recuerda descansando en una tienda de víveres que, pese al Ramadán y a haber quedado semidestruida, abrió ayer sus puertas.

Mohammad, que había ido esa tarde a organizar mercancía en su tienda de café, sintió una explosión tan fuerte que creyó que los oídos le iban a estallar. Era un misil que impactaba en la sede de la policía, justo delante de su negocio. Se lanzó al suelo y, cuando pensó que todo había terminado, salió a ver los daños. “Pero un segundo y un tercer misil cayeron en segundos”, relata aún cubierto de polvo mientras intentaba poner algo de orden entre los destrozos.

“Cuando salí vi a personas tiradas en el suelo; eran peatones, gente que simplemente pasaba por allí”. Agradece, dentro de todo, que hubiera poca afluencia respecto a un día normal, cuando cientos transitan por esa zona de la capital iraní.

Ali, estudiante, creía que el bombardeo era necesario para derrocar al sistema; ahora ya no está seguro

El complejo policial quedó prácticamente destruido, y los edificios aledaños sufrieron daños en muchos casos irreparables. Esta escena se repite en distintos puntos de Teherán, donde los misiles no solo alcanzan su objetivo –suelen ser estaciones de policía, oficinas del poder judicial o del gobierno, bases de milicianos y de la Guardia Revolucionaria–, sino que arrasan también con las construcciones civiles que los rodean.

Por esta razón, los colegios –cerrados desde el primer día, cuando un ataque a una escuela del sur del país dejó más de 160 muertos, la mayoría niñas—, supermercados y viviendas han resultado gravemente afectados. Decenas de edificaciones han quedado inhabitables.

Las autoridades aseguran que más de mil civiles han muerto desde el inicio de los ataques.

En Teherán, como en el resto del país, nadie sabe si llegará a final del día, pues no hay alarmas ni refugios oficiales. Cada cual adopta sus propias medidas: no salir de casa, buscar refugio en otras localidades, evitar zonas con objetivos potenciales o dormir en habitaciones interiores. Aunque no todos lo hacen, y muchos confiesan que siguen durmiendo junto a ventanas protegidas apenas con cinta adhesiva.

“Yo he decidido dejar mi suerte en manos del destino”, afirma Ali, estudiante de ingeniería. Pero admite que cada noche se acuesta con miedo. “Hay días en los que no duermo por las explosiones; solo espero a que vuelva a amanecer”, dice Ali, que al principio pensaba que el ataque era necesario para derrocar la República Islámica. Ahora ya no está tan seguro y teme todo lo que pueda venir.

De vuelta en la plazoleta Enqelab, bajo un enorme cartel del líder Jamenei, una veintena de personas agitan banderas iraníes y corean eslóganes de apoyo al régimen y de rechazo a Estados Unidos e Israel.

“Ni reconciliación ni rendición, combatiremos contra América”, repetían. Y otro grito constante: “¡Venganza!”.

“Están ahí para dar miedo y evitar que la gente salga a celebrar la muerte de Jamenei”, afirma un librero

“Han matado a nuestro líder y lo pagarán. Irán nunca se rendirá”, dice Mariam, de 32 años, parte del grupo protegido por miembros de la Guardia Revolucionaria, muchos llegados de otras ciudades. A su lado, jeeps color arena exhibían ametralladoras apuntando al cielo, dispuestas a derribar los misiles que ayer volvieron a caer sobre distintos puntos de la capital.

Desde la misma plazoleta, por momentos, se ven columnas de humo elevarse a lo lejos.