La guerra de Irán pone a Putin en una situación delicada
Asalto al régimen de los ayatolás
Los altos precios del petróleo son una pobre compensación para una Rusia que evidencia su debilidad

El presidente iraní, Masud Pezeshkian (izquierda), junto a su homólogo ruso, Vladímir Putin, en enero del 2025 en el Kremlin

“No empezamos esta guerra, pero bajo el mando de Trump, la estamos terminando, aseguró Pete Hegseth, secretario de Guerra de Estados Unidos, el pasado 2 de marzo. Para los observadores de Rusia, la frase resultaba familiar. No hemos empezado esta llamada guerra. Al contrario, estamos intentando terminarla, dijo Putin a los rusos unos años antes, tras la invasión de Ucrania. El reconocimiento de sus propias palabras en inglés tal vez explique la respuesta contenida de Rusia al ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. De hecho, Rusia puede hacer poco para ayudar a Irán, un país con el que lleva años manteniendo una alianza precaria. Pero, incluso si pudiera, tampoco está claro cuánto querría hacerlo: para Putin, mantener relaciones cordiales con Trump podría tener prioridad.
A pesar de haber perdido a dos aliados en dos meses debido a intervenciones militares estadounidenses—primero Maduro, el presidente de Venezuela, en enero, y ahora el ayatolá Jamenei, de Irán—el líder ruso ha actuado con cautela. La primera reacción de Putin ante el asesinato de Jamenei se limitó a un telegrama de condolencia publicado en la página web del Kremlin, en el que calificaba el hecho como “una violación cínica de todas las normas de la moral humana y del derecho internacional”. No se mencionaba en ningún momento a los responsables. El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso emitió un comunicado beligerante, como era previsible, pero el Kremlin se desmarcó públicamente. “Esta no es nuestra guerra”, declaró Dimitri Péskov, portavoz de Putin. “Debemos hacer lo que convenga a nuestros intereses... Por cínico que eso pueda parecer”.
La relación militar de Irán con Rusia le ha sido de ayuda limitada desde que comenzó la guerra. Hasta ahora, el aspecto más relevante parece ser el de la inteligencia: han aparecido informaciones que apuntan a que Rusia proporcionó datos de localización para los ataques iraníes con drones y misiles. Responsables estadounidenses han sugerido que Rusia facilitó a sus homólogos iraníes la ubicación de algunos buques de guerra y aviones estadounidenses, entre otros recursos militares. Al ser preguntado por el alcance del apoyo continuo de Rusia a Irán, incluidas las comunicaciones entre ambos gobiernos, Hegseth aseguró no estar preocupado.
Gran parte de las defensas antiaéreas de Irán, incluidas las de fabricación rusa, han sido destruidas por EE.UU. E Israel
El material militar que Rusia suministró en el pasado parece haber sido de poca utilidad. A mediados de la década de 2010 envió a Irán sistemas de misiles antiaéreos S-300. Más tarde vendió al país aviones de entrenamiento, helicópteros de ataque, vehículos blindados y armas ligeras. Más recientemente, acordó vender a Irán misiles Verba portátiles, capaces de derribar misiles, drones o aeronaves a baja altura. Al parecer, en diciembre se cerró un acuerdo por el cual Irán pagaría 500 millones de euros (580 millones de dólares) por 500 unidades del Verba y 2.500 misiles, que se entregarían a lo largo de tres años. No está claro si alguno de estos equipos ha llegado a destino. Por su parte, Irán apoyó a Rusia en la guerra de Ucrania y le suministró drones, proyectiles de artillería y munición. Según el acuerdo de asociación estratégica firmado en enero de 2025, ambos países se comprometieron a compartir información de inteligencia, pero no a defenderse mutuamente. También intercambiaron tecnología y experiencia en vigilancia y represión de protestas.
Gran parte de las defensas antiaéreas de Irán, incluidas las de fabricación rusa, han sido destruidas: primero por los ataques israelíes y estadounidenses durante la guerra de 12 días en junio, y después por los ataques de este mes. Lo poco que queda no ha servido para impedir que los cazas americanos e israelíes dominen el cielo. Irán no ha logrado derribar ni una sola aeronave enemiga. El 4 de marzo, un Yak-130 de fabricación rusa, diseñado originalmente como avión de entrenamiento pero utilizado como caza, se convirtió en un objetivo fácil para un F-35 israelí. Rusia no tiene intención de provocar a Estados Unidos intentando reabastecer a Irán con misiles o munición. Y, aunque quisiera, tiene poco margen de maniobra debido a sus propias necesidades en Ucrania.
Para Rusia, los efectos de la guerra son dispares. Puede salir beneficiada económicamente debido al aumento de los precios de la energía. El precio de un barril de petróleo ruso, que normalmente se vende con descuento respecto al referente mundial a causa de las sanciones occidentales, ha pasado de menos de 50 dólares en diciembre a 72 dólares esta semana. Esto refleja tanto el cese del tráfico de petroleros por el Estrecho de Ormuz como las expectativas del mercado de que la guerra se prolongue. Es una cifra muy superior a los 59 dólares previstos en el presupuesto del gobierno ruso para 2026. Como medida para tranquilizar a los mercados globales, el 5 de marzo Estados Unidos concedió a la India una exención de 30 días para comprar crudo ruso.

El repunte proporcionará un alivio temporal ante la fuerte caída de los ingresos rusos por petróleo y gas, que en enero fueron un 50% inferiores a los del año anterior, y aliviará la presión sobre el presupuesto ruso, que presenta déficit. Además, Putin también se beneficia del ataque de Irán a la infraestructura de gas natural licuado de Qatar, que suministra aproximadamente una décima parte del GNL que consume Europa. Sin embargo, esto no resolverá los problemas estructurales de la economía rusa.
En términos militares, la guerra en Irán beneficia a Rusia al agotar las reservas estadounidenses de misiles antiaéreos y de defensa antimisiles, lo que deja menos disponibles para suministrar a Ucrania. Sin embargo, en conjunto supone una derrota estratégica: es otra muestra de que Rusia no quiere o no puede proteger a sus aliados. De hecho, todo apunta a que Rusia está conteniendo a Irán en lugar de animarle. El 6 de marzo, Putin habló con Masud Pezeshkian, el presidente iraní y pidió que cesaran las hostilidades. Unas horas después, Pezeshkian pidió disculpas a los vecinos de Irán y se comprometió a dejar de lanzarles misiles y drones, aunque aseguró que Irán nunca accedería a la exigencia de Trump de “rendirse”.
Esto no significa que Putin quiera que la guerra termine. Saldría beneficiado si Estados Unidos quedara atascado en el conflicto. Pero para Rusia, Irán no es un aliado fuerte—los dos países tienen una larga historia de relaciones conflictivas—sino un socio de conveniencia, una moneda de cambio en su pulso estratégico con Occidente. Es probable que Putin trate de moverse entre mantener a Irán de su lado y utilizar la relación para obtener mayores ventajas en Ucrania y en el enfrentamiento más amplio con Occidente.
Las políticas recientes de Rusia hacia Irán se entienden mejor como parte de su relación con Estados Unidos y de su guerra en Ucrania, tal y como explica un reciente informe de Re:Russia, un centro de estudios con sede en Viena. Cuando Putin firmó la asociación estratégica con Pezeshkian en enero de 2025, rechazó vender a Irán el avanzado sistema de defensa antiaérea S-400, que Rusia sí había vendido a Turquía y se había ofrecido a Arabia Saudí. Ese gesto parece haber estado dirigido a Trump: tanto Estados Unidos como Israel temían que estos sistemas pudieran dificultar un posible ataque futuro contra las instalaciones nucleares iraníes.
Tras la guerra de 12 días, cuando volvió a aumentar la tensión entre Rusia y Estados Unidos, Rusia anunció que ayudaría a Irán a construir una central nuclear y dejó caer la posibilidad de venderle cazas Su-35. Una semana después, Trump amenazó con suministrar misiles Tomahawk a Ucrania. Tras una conversación entre Trump y Putin el 16 de octubre, ambas amenazas se desvanecieron. Rusia espera que, al mantenerse contenida ahora también, consiga ganarse la buena voluntad estadounidense en Ucrania. El 5 de marzo, Trump vinculó ambos conflictos al decirle a Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania, que después del ataque estadounidense en Irán, tenía “aún menos cartas” y que debía “llegar a un acuerdo” con Rusia.
Sin embargo, para que Rusia conserve su poder de negociación con Irán, debe esperar a que el régimen de Teherán no se derrumbe. Esto le da motivos de preocupación a Putin. Durante años, las autoridades rusas han elogiado a Irán como un modelo a seguir de “soberanía”: una nación asediada, aislada por sanciones y dependiente de la venta de petróleo, que ha sobrevivido reprimiendo la disidencia. El control cada vez más estricto de Rusia sobre internet y su desconexión con Occidente siguieron el modelo iraní. La ideología del Kremlin y el creciente militarismo de la Iglesia Ortodoxa Rusa han gravitado hacia el fundamentalismo teocrático iraní.
Ahora, los canales de propaganda estatales del Kremlin han comenzado a proyectar la experiencia de Irán en Rusia. En un programa de televisión reciente, un miembro de la Duma, el parlamento títere de Rusia, argumentó que el presidente ya no debería viajar al extranjero por temor a sufrir el destino de Jamenei: “Necesitamos establecer un liderazgo colectivo”. Esa no es una idea que a Putin le guste considerar.
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