Tras tomar nota de los errores del pasado, Jaume Collboni ha optado en esta ocasión por no seguir mareando la perdiz y no perder más tiempo esperando un acuerdo con los Comuns que en ningún caso iba a producirse. El alcalde de Barcelona transita sin excesivos sobresaltos por una senda muy bien señalizada que ha de conducirle a las elecciones del 2027. A derecha e izquierda, unos grupos de la oposición sin la más mínima intención de concederle un solo triunfo. Y en la hoja de ruta del alcalde, la convicción muy asentada de que a estas alturas del mandato ya es preferible tirar millas, que gobernar la ciudad con menos de un cuarto del pleno municipal de tu lado (algo más de un tercio si sumamos los cinco concejales de ERC) no solo es posible sino que, según cómo, hasta puede resultar placentero.
Collboni dispondrá en el 2026 de unos presupuestos de récord, que le permitirán gastar e invertir como nunca a partir del 1 de enero, después de recurrir por segunda vez al comodín de la cuestión de confianza. Así las cosas el mandato que expirará en las elecciones de mayo del 2027 enfila su penúltima curva con casi todo el pescado vendido. En la pantalla del Ayuntamiento de Barcelona está a punto de aparecer el “Game over”.
El mandato que expirará en las elecciones del 2027 enfila su penúltima curva con casi todo el pescado vendido
Pocos giros de guión cabe esperar en el año y medio que resta para las elecciones. El gobierno municipal, a culminar proyectos en marcha, llenar las calles de policías y brigadas de limpieza, seguir volcando dinero en obras como la de la Rambla para cumplir los plazos previstos y pelota adelante para aplazar las cuestiones más delicadas y explicar las maravillas que esperan a la ciudad si los barceloneses le otorgan la confianza al alcalde socialista en un segundo mandato. Junts y PP, cada uno a su modo y manera, a hurgar barrio a barrio en el malestar vecinal para señalar de lo malo lo peor en cuestión de inseguridad, incivismo y, a pesar del plan Endreça, en el abandono del espacio público. ERC, a continuar aplicando la fórmula de dudosa rentabilidad de la oposición con vocación de gobierno, si es que en los próximos meses logra evitar una más de esas detonaciones internas sin las que los republicanos no serían lo que son. Y los Comuns, a reivindicar un legado que solo ellos consideran brillante e injustamente vilipendiado y a preparar la gran conjura para convencer a Ada Colau de que, sin ella, a lo máximo que pueden aspirar es a parecerse a la Iniciativa per Catalunya de hace veinte años.
Jaume Collboni, en uno de los últimos plenos municipales
En un contexto tan previsible poco más que un par de incógnitas por resolver en los próximos meses: ver si se materializa la posibilidad real de modificar la ordenanza del civismo, siempre y cuando PSC y Junts entierren por una vez el hacha de guerra, y comprobar si todavía hay opciones y voluntad de encontrar una salida al inexplicable bloqueo mutuo que impide a estas dos formaciones reformar la paralizante norma del 30% de vivienda protegida.
