Barcelona

Vivir y morir sin un techo, un repunte global

Un vistazo al mundo

El sinhogarismo también se dispara en las principales grandes ciudades occidentales

París está batiendo todos sus registros. Nunca se contaron en la capital francesa tantas personas sin techo como hoy día. El sinhogarismo es también uno de los grandes retos del nuevo alcalde de Nueva York. Zohran Mamdani está tratando de reformar la respuesta de la ciudad de ciudades ante este problema. Y en Roma siquiera tienen claro cuántas personas viven en sus calles, plazas, estaciones, bosques, playas... Hace pocos días orquestaron un gran recuento destinado a conocer la magnitud del problema.

Un vistazo por unas cuantas ciudades de este planeta muestra cómo Barcelona no es una excepción, que las crecientes dificultades para acceder a una vivienda o al menos a una habitación y también la precariedad laboral que padecen muchos inmigrantes con o sin papeles y no pocos autóctonos están desatando un problema social que nunca había generado tanta inquietud ciudadana y que está obligando a las administraciones públicas a replantearse muchas de las medidas que vinieron desarrollando durante muchas décadas.

Sí, Barcelona está batiendo sus propios registros. Ya son alrededor de 2.000 las personas que pasan las noches en su espacio público. La ciudadanía exige medidas drásticas. A la gente le preocupan tanto el devenir de las personas del sin hogar y como también la degradación del espacio público. Y el Ayuntamiento dice que no dispone de recursos suficientes para afrontar el problema, que necesita la ayuda de la Generalitat, el Estado y el resto de municipios del área metropolitana. Los corresponsales de Guyana Guardian muestran en estas páginas cómo este escenario no es exclusivo de estas latitudes. Estos párrafos revelan otra de las caras más oscuras de la globalización.

París también bate todos sus récords y supera a Barcelona
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1,82 personas sin hogar por cada mil habitantes

París también bate todos sus récords y supera a Barcelona

Cerca del metro de Stalingrad, en el norte de París, a las siete y media de la mañana, el jubilado franco colombiano Alberto Torres prepara el desayuno para unas 50 personas sin hogar. Mientras, la ciudad anuncia un nuevo récord. Según datos de la Mairie, al menos 3.857 personas durmieron en estas calles el 22 de enero, cuando el dispositivo Noche de la Solidaridad recorrió la urbe para contarlas. Barcelona suma 1,16 personas sin hogar por cada mil habitantes, y París 1,82. En ambos casos el recuento de este invierno es el más alto desde que se tienen registros.
Los datos de París también muestran un crecimiento vertiginoso de los campamentos —de 214 a 721 personas viviendo en grupos en un año—, algo visible debajo de las vías del metro en el bulevar La Villette. Muchos de los que duermen aquí, en tiendas de campaña, se dirigen al desayuno de la asociación P’tits Dej’s Solidaires, donde Torres también se ofrece a curarles los pies. “Si estás en la calle y no caminas, estás muerto socialmente —dice. A veces llegan a cuatro patas y salen a dos”. Las patologías son diversas y a veces muy graves. La falta de higiene o la humedad son algunas de las causas principales de la difícil salud de los sin techo, aunque el barrio también tiene un conocido problema de adicción al crack.
A menudo, las dificultades operan cíclicamente, con una crisis múltiple de “falta de vivienda social y de alojamiento de urgencia, empleo precario y migración indocumentada sin acceso posible a un alojamiento”, cuenta Éric Signarbieux, director de la Unión Nacional de Centros Municipales de Acción Social (UNCCAS). A las cerca de 4.000 personas identificadas en calles, estaciones de metro, el talud del bulevar périphérique, hospitales y parques públicos, hay que añadir 44.000 en alojamientos gestionados por la SIAO —un organismo estatal diseñado para proveer soluciones de urgencia— y otras 1.800 en plazas municipales, principalmente para familias. De estas plazas, el 22 de enero, 700 estaban ocupadas por menores. Pero los voluntarios de Noche de la Solidaridad identificaron otros 78 niños o adolescentes durmiendo en la calle.
No solo en París capital, sino en toda la región metropolitana, existe una fuerte tensión en el alojamiento de urgencia, según cuenta Emilie Moreau, directora de estudios en el taller parisino de urbanismo APUR. “En el Gran París, la oferta creció hasta 2022, pero desde entonces se ha estancado. Los esfuerzos se centran ahora en los más vulnerables, lo que explica la disminución de mujeres en la calle en el registro de este año”, añade Moreau.
En este contexto, los campamentos intramuros como el que atiende Torres son, cada vez más, una agregación de hombres aislados, mayoritariamente de origen migrante con distintas situaciones administrativas y problemas para conseguir una vivienda.
Tras el desayuno servido en un parque cercano, Torres vuelve al campamento con la comida sobrante. Un hombre se acerca y le anuncia la muerte de una mujer esta noche. Torres cuenta que era consumidora de crack y la conocía desde hace décadas, cuando empezó a vivir en la calle tras trabajar en la prostitución.
También se acerca un joven que le escucha hablar español. Le muestra un pasaporte colombiano y, con parsimonia, explica que llegó a París irregularmente hace quince meses. Dice que ha trabajado en el sector de la construcción hasta que su patrón, de nacionalidad extranjera, le dejó de pagar y se quedó en la calle hace cuatro días. Torres le muestra el parque del desayuno, a cinco minutos a pie, y cómo llegar a la iglesia de La Trinité, donde se sirve comida al mediodía.
Torres se despide y nos emplaza a seguirlo un día en que monte el dispositivo de cuidados de los pies. “Cuando termino de hacerle los pies a alguien, los zapatos le quedan grandes y me dicen que ahora tienen alas”. / Nil Codina Martínez | París

Roma monta un gran recuento para conocer la magnitud del problema
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No está claro cuántos sintecho viven en la urbe

Roma monta un gran recuento para conocer la magnitud del problema

Cuando se habla de personas sin hogar hay un problema preliminar: cuantificar. En Roma hasta el censo es un desafío. A finales de enero, durante tres noches, el Istat —el instituto nacional de estadística italiano— organizó un recuento por las calles con 2.000 voluntarios, incluidos algunos rostros conocidos (Richard Gere y el papa León XIV mandaron mensajes de apoyo), para identificar a quienes viven al aire libre o acceden a los albergues públicos.
La iniciativa Todos cuentan, en la que colaboró la Federazione Italiana Organismi per le Persone Senza Dimora (PSD) y que se replicó en otras grandes ciudades, no tiene solo un objetivo estadístico: busca movilizar a la ciudadanía. El Ayuntamiento de Roma, que ya había impulsado recuentos en el pasado, quiso implicar al Istat para tener datos actualizados y corregir cifras que considera infladas. Las estimaciones que hablaban de entre 12.000 y 20.000 personas sin techo en la capital se consideran exageradas.
Habrá que esperar unas semanas para conocer los datos del recuento. La Comunidad de Sant’Egidio, que trabaja desde hace años sobre el terreno, calcula que unas 3.000 personas viven actualmente en la calle en Roma y que unas 8.000 están acogidas en distintas estructuras de la ciudad. Roma tiene otra dificultad: su término municipal es gigantesco —1.285 km², casi el doble que el área metropolitana de Barcelona— y el fenómeno no se da solo en el centro, sino también en bosques, playas y zonas agrícolas. En Roma, quien vive en la calle y necesita documentación puede empadronarse en una dirección simbólica: la Via Modesta Valenti, en recuerdo de una mujer sin hogar fallecida en 1983 después de que varios hospitales se negaran a atenderla. Con el Jubileo, el año santo de la Iglesia católica, el Ayuntamiento abrió nuevos centros de acogida, lo que ha contribuido a aliviar la situación, aunque en la zona del Vaticano el problema sigue siendo muy visible.
A la espera de los datos oficiales, el observatorio de la PSD ha publicado el informe La matanza invisible: en el 2025 murieron 414 personas sin hogar en Italia, “un fenómeno constante todo el año y no ligado solo al frío”. La provincia más afectada fue Roma, con 48 víctimas. “Lo que impresiona es que las muertes se registran en más de 230 municipios”, dice Michele Ferraris, responsable de comunicación del observatorio. “Las grandes ciudades atraen, pero no siempre están preparadas. Hay personas que nos llaman diciendo ‘queremos ir a Roma’; nosotros intentamos disuadirlas, la provincia puede ser mejor”. Según Ferraris, el turismo también ha influido: “Los alquileres se han vuelto imposibles”.
El PSD y Sant’Egidio también impulsan proyectos como Housing First, un modelo nacido en Nueva York en los 90 con el psicólogo Sam Tsemberis: en lugar de obligar a las personas sin hogar a pasar por un recorrido escalonado de albergues, se les asigna una vivienda autónoma con acompañamiento social personalizado para favorecer su inserción. “Hay mucha gente que ha logrado rehacer su vida así”, explica Massimiliano Signifredi, coordinador del servicio para personas sin hogar de Sant’Egidio. “A todos nos conviene que vuelvan a formar parte de la sociedad”.
Otra idea que está dando resultados en Roma es el Proyecto San Bartolomé, desarrollado por Sant’Egidio y el hospital Gemelli en la isla Tiberina, que facilita el acceso a la atención sanitaria a personas vulnerables que normalmente llegan a urgencias en estado muy grave. “Las personas que viven en la calle tienden a pensar que necesitan menos cuidados; su prioridad es sobrevivir. Quien no tiene techo no se hace análisis de sangre. Cuando encuentran estabilidad, afloran todos los problemas de salud”. El beneficio es también colectivo: menos ingresos prolongados y menos saturación hospitalaria.
Los proyectos existen. Las personas en la calle, también. / Francesco Olivo | Roma

La ola de frío de Nueva York se lleva la vida de al menos 20 personas
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La nieve desata una crisis política

La ola de frío de Nueva York se lleva la vida de al menos 20 personas

Por mucho que se les quiera criminalizar, los sintecho son en Estados Unidos las verdaderas victimas del sistema económico (escasez de vivienda asequible), social (falta de atención desde los gobiernos) y sanitario (los que sufren problemas mentales tienen todos los números de acabar viviendo en las calles).
Los sinhogar describen el paisaje de cualquier ciudad del país. Forman parte del hilo conductor de lo que algunos llaman la decadencia de Estados Unidos.Nueva York está a la cabeza, por delante de Los Angeles. En la Gran Manzana hay unas 140.000 personas que pasan la noche en la red de albergues a diario, mientras que unas 4.500 lo hacen al raso o en vagones del metro.
A menudo, incluso en esta Gran Manzana tan diversa y progresista, se confunde el decoro (cuando duermes en un albergue o en una acera, la higiene no es fácil) con la delincuencia. Ir sucio u oler mal no computa como antecedente penal.
Durante al menos doce años, uno de los homeless del barrio, en el Upper West Side, vio pasar el tiempo en la esquina de la avenida Broadway con la calle 85, resistiendo el frío, la nieve, la lluvia, el calor o la pandemia. Incluso salió airoso de una campaña del The New York Post, tabloide de la ultraderecha propiedad de los Murdoch, que se dedicó a sacar fotos en portada por la imagen que daba de suciedad. Jamás publicaron nada de los violentos que más de una vez le dieron palizas. Desapareció sin dejar rastro hace un par de primaveras.
Si algo queda en Nueva York que conecta realmente con la nostalgia de la época de los bohemios eso es la población de los sintecho. Y ha ido a más con el encarecimiento de los pisos. Es uno de los efectos aún visibles de la grave crisis de la gran recesión de la primera década de este siglo. La situación se complicó con la pandemia, así como con la codicia inmobiliaria a la caza de multimillonarios de todo el mundo en busca de paraísos para sus inversiones. Esta es la gran paradoja del capitalismo en estado puro. Unos pagan decenas de millones por apartamentos con vistas y otros habitan en la miseria de no tener ni un techo.
La cuestión de los sinhogar vuelve a estar en auge en Nueva York por la combinación de un invierno durísimo, como aquellos que ya parecían olvidados, y la irrupción de un nuevo alcalde, Zohran Mamdani, joven, musulmán y socialista. Su estilo diferente enerva a la minoría republicana de la ciudad y a no pocos demócratas moderados.
La nevada de hace un mes y el frío polar que la acompañó tres semanas llevaron a la muerte al menos a 20 personas. Además, el número de campamentos de sintecho ha aumentado desde que Mamdani asumió el cargo el 1 de enero. El nuevo alcalde anunció que no iba a continuar con la política de su predecesor, Eric Adams, en cuanto al desmontaje de esos campamentos. Sin embargo, hace pocos días reconoció que daba marcha atrás, a pesar de expresar el convencimiento de que ninguna de esas personas fallecidas por la meteorología se produjo en esos lugares.
En este sentido, aceptó su cambio de postura, pero matizó que habría diferencia respecto a lo que hizo Adams, quien encargaba a la policía esas operaciones de limpieza. Mamdani recalcó que los uniformados ya no participaran en estas acciones. El protagonismo lo tendrá el Departamento de Servicios para Personas Sinhogar. Parte de la idea de que estos funcionarios desempeñarán una labor mejor al intentar persuadir a estos sintecho de dejar las calles y buscar refugio o servicios de atención.
En la esquina de Broadway con la calle 75 hay otro sintecho singular. Escribe en la acera. Es un literato. Con la nevada dio un consejo: “Si la vida te da nieve, construye un iglú”, que es lo que hizo él. Los bloques de hielo que hizo se han derretido. En su particular campamento, que comparte con un gato, hay otro texto. “La vivienda más asequible, una tienda de campaña”. / Francesc Peirón | Nueva York

Francesc Peiron Arques

Francesc Peirón

Corresponsal de 'Guyana Guardian' en Nueva York

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