Comunidad Valenciana

El libro blanco. Alfabeto de silencios

Damas y tramas

El silentés es un idioma que no conozco, al menos no demasiado. Pero sí conozco a personas cercanas que lo han tomado como segunda lengua desde pequeños, que de hecho, lo hablan perfectamente. Conozco a un alemán muy alto que dice más por lo que calla, de Düsseldorf que debió de estar en contacto también con aquellos monjes que Vicente Luis Mora se encontró en una aldea alicantina en una escapada que hacia con Virginia. Aparentemente, estos monjes le cedieron a Mora, autor de El libro blanco una especie de códex que La Caja Books ha logrado editar con suma delicadeza este último año. Entiendo que no fue fácil, se trata de una lengua más antigua que el sumerio, que ocupa cada rincón como el oxígeno, que no-habla mi gata Wittig, que sabe colarse en cada conversación, y que exige de una fórmula sumamente compleja para poder ser expresado en, irónicamente, una hoja en blanco. Este hombre germano, un gran maestre de la construcción del cual aprendí un poco de silentés cada vez que yo debía quedarme en silencio esperando a escuchar -en alemán- el verbo al final de la frase debido al uso de un verbo modal en segunda posición, también se sirve de él en su oficio. Me relató que matemáticos y estudiosos de la pura ciencia han buscado incluirlo algorítmicamente en el Archicad para construir bellos edificios, pero no migra, no hay traducción posible ni filólogo que pueda con él, ni siquiera a través de valores negativos, o los no-sitios. A veces podemos situarlo desde la crisálida de enunciación atrás y horizontalmente, y en ocasiones se manifiesta sensiblemente en el espacio entre dos paredes. Vectorialmente se dirige más bien hacia el infinito, y para verlo uno tendría que irse al monte, a la hora de los gamusinos.

Portada El libro blanco
Portada El libro blancoLVE

No muchos han sido conscientes del uso del silentés y de la maleabilidad de su magnífica presencia. Pero luego, los hay quienes han hecho de él un pilar en su obra. Por ejemplo, el poeta y humorista neerlandés Jacob Cats encontró trazas del silentés en la emblemática del siglo XVII, recordaba que que en los libros de emblemas uno “siempre lee más de lo que pone y piensa aún más de lo que ve”; Dani Karavan aprendió su estructura semántica en Pasajes: en Portbou, tomó prestado los silencios de los Higos Frescos de las imágenes de pensamiento Walter Benjamin, aparentemente, se habían escondido antes de la imaginación de la palabra, no llegando a la intención de hablar, junto al perro de Clarice Lispector. También está aquel profesor de la Universidad de Wisconsin que pilló copiando por primera vez a su alumno, y descubrió que callaban inmediatamente cuando habían sido descubiertos in fraganti; también, Abramóvic en The artist is present, con Jemima Jo Kirke delante en el momento que se limpia una lágrima y esta gotea silenciosamente; o en el proyecto multiconfesional House of One del estudio de arquitectura Kuehn Malvezzi. Pensé en todos ellos, pero únicamente tras la lectura del alfabeto de silencios de Vicente Luis Mora, que siendo de autoría compartida consigue extenderse como una telaraña en la cabeza hueca, con eco, y silenciosa del lector. 

Aparentemente, estos monjes le cedieron a Mora, autor de El libro blanco una especie de códex que La Caja Books ha logrado editar con suma delicadeza este último año”

Ficha del libro

El libro blanco. Alfabeto de silencios de Vicente Luis Mora. La caja books. 2025

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