Comunidad Valenciana
Agnès Noguera

Agnès Noguera

Consellera Delegada de Libertas 7

Contra la coentor

Desde la calle Caballeros

Como es de sobra conocido, en tierras valencianas festejamos con la mocadorada de la jornada de Sant Dionis la fecha de los enamorados. No obstante, para quienes prefieran honrar hoy el sentimiento eterno en sus múltiples variantes, en vez de remitir por San Valentín postales melosas y globos con forma de corazón, ¿qué os parece regalar una bella obra lírica del Cancionero del Duque de Calabria, que resonaba en las residencias de la calle Caballeros hace ya quinientos años?

Esta obra se recoge en un librito casi de bolsillo: el Cancionero de Uppsala o del Duque de Calabria, impreso en Venecia en 1556 por Girolamo Scotto. Contiene 54 villancicos y 16 tonos de canto llano y de órgano, y recoge la música que sonaba en la corte valenciana de Fernando de Aragón, duque de Calabria, y de Germana de Foix (de triste recuerdo), durante su virreinato entre 1526 y 1554. A través de mil avatares —Venecia, Viena, Praga, la Guerra de los Treinta Años— un ejemplar acabó en la biblioteca de la Universidad de Uppsala, donde el diplomático y musicólogo malagueño Rafael Mitjana lo localizó hacia 1907 y publicó sus textos en 1909. Desde entonces sabemos que este cancionero es una de las grandes ventanas a la canción amorosa valenciana del Renacimiento.

La portada del disco de la Capella dels Ministrers
La portada del disco de la Capella dels MinistrersLV

En esta obra, el amor no es un anuncio de bombones, sino un asunto serio y algo incómodo. Con qué la lavaré pone voz a una mujer que no puede borrar de su rostro los estragos de una pasión que no va bien: mientras “las casadas” se lavan la cara con agua de limones, ella solo dispone de “penas y dolores”. En No me los amuestres más, el deseo se vuelve descaradamente corporal: el amante pide a la amada que no le enseñe “más” sus encantos porque “le matarán”. Lo dice suplicando, pero todos entendemos la broma: es un juego de miradas, de límites, de exhibición calculada.

El despecho aparece en Desdeñado soy de amor, donde el amante se queja de haber “servido” mucho tiempo sin recompensa. Es el viejo amor cortés en versión casi contemporánea: el que se siente con derecho al cariño por acumulación de méritos. Y en Si amores me han de matar asoma una lucidez que desarma: si el amor ha de matarlo, que sea ahora, y que sea “bien empleado”. No es tanto teatro como aceptación: amar implica exponerse, y no hay cláusula que nos libre del riesgo.

¿Qué pinta todo esto un 14 de febrero en la calle Caballeros? Mucho más de lo que parece. Primero, debió sonar en los palacios de nuestra calle y segundo, la música del Cancionero del Duque de Calabria nos recuerda que el amor siempre ha sido mezcla de deseo, cansancio, celos, humor y desengaño; que la cara se sigue lavando con penas y dolores, aunque ahora algunos añadan filtros y emoticones; que seguimos negociando qué enseñamos y qué miramos; que el despecho no lo inventaron las redes sociales. La diferencia es que aquellos villancicos no prometían felicidad garantizada ni “medias naranjas”: solo ponían palabras y música a la complejidad.

Cancionero del Duque de Calabria nos evoca que el afecto siempre ha constituido una amalgama de anhelo, agotamiento, recelo, gracia y decepción.

Para San Valentín, menos coentor y más cancionero de 1556. Escuchar, entre estas piedras, cómo cantaban al amor los cortesanos del duque de Calabria quizá nos ayudaría a mirar nuestras propias historias con menos cursilería… y un poco más de verdad.