
Las Fallas que todos deseamos
Diario de València
Cada mes de marzo, las Fallas de València convierten la ciudad en un escenario desbordante de pólvora, música y color. Son, sin discusión, un éxito colectivo: un motor económico, un reclamo turístico de primer orden y una expresión cultural profundamente arraigada. Pero precisamente porque funcionan, porque atraen cada vez a más visitantes y porque movilizan a miles de falleros y falleras, conviene detenerse en las sombras que, año tras año, siguen sin resolverse.

El equilibrio entre fiesta y convivencia nunca ha sido sencillo en un evento de esta magnitud. Las comisiones levantan monumentos, instalan carpas, organizan verbenas; la ciudad se transforma durante días —mucho antes de la semana grande— hasta el punto de quedar, literalmente, paralizada en muchos barrios. Quienes vivimos y trabajamos en València asumimos esa transformación como parte del calendario emocional y social. Sabemos que las Fallas son así. Lo que no deberíamos asumir como inevitable es el incivismo.
Cada año se repiten las mismas escenas: aglomeraciones arriesgadas en determinados puntos, botellones improvisados, suciedad acumulada, ruido fuera de horario y un uso temerario de la pirotecnia. A la masificación creciente se suma un fenómeno que agrava el problema: quienes llegan a la ciudad con la única vocación de desbordar las normas, utilizar el espacio público como territorio sin reglas, agitar excesos —también fisiológicos— o directamente montar bronca. No son la mayoría, pero su impacto es evidente.
Que las Fallas estén cada vez más masificadas es un dato. Y esa masificación conlleva riesgos inevitables si no se gestionan con previsión y contundencia. No sería sensato esperar a que “pase algo” para asumir que la prevención, la vigilancia y el control de aforos deben reforzarse. La fiesta puede y debe ser compatible con la seguridad. La tradición no está reñida con el orden. Quienes residimos en la ciudad, quienes trabajamos mientras la fiesta discurre a nuestro alrededor —y somos muchos— necesitamos que el derecho a celebrar no eclipse el derecho a convivir. No se trata de aguar la fiesta ni de cuestionar su esencia. Se trata de exigir que se respeten las normas que la hacen sostenible en el tiempo.
El triunfo auténtico de una celebración no se evalúa únicamente por la cantidad de asistentes, sino por su facultad para incluir, valorar y proteger a aquellos que permiten su realización: la urbe y sus habitantes.
Y en lo pequeño también se juega esa convivencia. Los horarios para el uso de petardos existen por algo. No solo para proteger el descanso vecinal, sino también para evitar daños innecesarios a personas vulnerables y a mascotas. Sin embargo, al menos en mi barrio, esos límites se incumplen con demasiada frecuencia. No es una anécdota: es una señal de que la autorregulación no basta. Las Fallas que queremos no son menos intensas ni menos alegres. Son, simplemente, más responsables. Porque el verdadero éxito de una fiesta no se mide solo en cifras de visitantes, sino en su capacidad de integrar, respetar y cuidar a quienes la hacen posible: la ciudad y su gente.
