Volver a tierra tras 5 años viviendo en un velero y dando la vuelta al mundo: “Hemos puesto a la venta el barco, porque necesitamos continuar desde otro punto de vista”
UNA VIDA EN EL MAR
Uri, Carmen y Leo estuvieron desde abril de 2024 dando la vuelta al mundo a bordo del Forquilla, ahora la llegada de Bruno y motivos de salud familiares les lleva a cambiar de estilo de vida

Uri, Carmen y Leo a bordo del Forquilla (cedida)

Vivir en un velero no es solo una forma de viajar, sino también una manera de entender la vida. Carmen, Uri y su pequeño hijo Leo han sido durante 5 años el alma del Forquilla, desde que decidieron dar un giro a su vida y dejar atrás la rutina y la ciudad para empezar una aventura con el mar como único destino. 1 año y medio después de haber empezado su travesía para recorrer una parte del mundo, esta familia, que ahora ha incorporado a un nuevo miembro, Bruno, ha decidido abandonar este plan y volver a tierra firme por cuestiones familiares.
Oriol Busquets y Carmen Dopico, ambos profesionales del sector del cine, se conocieron en el rodaje de una película y entre ellos se produjo “un flechazo” y decidieron convertir su velero en su vivienda habitual. En una conversación con Guyana Guardian, Uri explica que la idea de dar la vuelta al mundo hacía años que estaba en su cabeza y al conocer a Carmen le planteó su idea, y ella, la apoyó sin dudarlo. Fue durante la pandemia cuando encontraron un barco en Sicilia y cuando pudieron fueron a buscarlo y lo trajeron a Barcelona. “Dejamos la casa donde vivíamos y nos trasladamos al barco. A partir de ahí empezamos a desmontarlo, aprenderlo, conocerlo y sobre todo a navegar”, cuenta.

Al poco de establecerse en el barco llego el pequeño Leo “esto nos hizo pensar con más razón que teníamos que emprender la aventura. Que era la mejor manera de enseñarle el mundo desde otro punto de vista y así fue. A los 9 días de nacer, Leo ya estaba en el barco”. Ahora, con casi 4 años, este pequeño lleva más de 10.000 millas navegadas “ha aprendido a gatear y a caminar en el barco”.
Desde el principio, esta familia ha contado su experiencia a través de las redes sociales (@velero_forquilla) donde acumulan casi 500.000 seguidores. Hace tan solo unos días, comunicaban que su decisión de cambiar de rumbo y establecerse en tierra firme.
¿Cómo os preparasteis para la aventura de dar la vuelta al mundo?
Tuvimos claro que nos teníamos que preparar tanto nosotros como el barco. Cuando nació Leo, Carmen comenzó a publicar contenido en redes y explotó de repente y diversas marcas del sector náutico se interesaron por nosotros. Como nos dedicamos al cine, mostrábamos nuestra vida y nuestro proyecto, especialmente orientado a personas que no saben navegar ni se dedican a este mundo.
Antes del Forquilla, ¿cuál fue vuestro primer contacto con el mundo de la navegación?
Siempre he sido de montaña, pero me aburro y necesito retos nuevos. Soy del Masnou, pero siempre me ha dado mucho respeto el mar y nunca había tenido acceso al mundo de la náutica. De más mayor, conocí a un chico que tenía barco, empecé a navegar con él y me enganché. Comencé a sacarme títulos y en las temporadas bajas liaba a mis amigos para alquilar barcos y llevarlo. Tampoco sabia mucho cuando decidimos comprar el barco, pero hemos ido aprendiendo, sobre todo navegando y siendo muy prudentes controlando muy bien la meteorología.

¿Y por qué Forquilla?
Carmen es gallega, pero estuvo aquí en el confinamiento y vio que todo el mundo habla catalán, y decidió estudiarlo y una de las palabras que le hizo mucha gracia fue ‘forquilla’, y dijo que si conseguíamos el barco le gustaría que se llamara ‘Forquilla’.
¿Qué recorrido habéis hecho durante esta travesía?
Hemos hecho un tercio del mundo. Salimos en abril del Port Balís, en Sant Andreu de Llavaneres (Maresme, Barcelona). Seguimos por Baleares, después toda la costa española. Portugal, Maderia y Puerto Santo, seguimos hacia Canarias, donde estuvimos 3 meses. De allí, fuimos a Cabo Verde, cruzamos el atlántico hasta la isla de Granada, que es la que está más al sur del Caribe, y fuimos remontando por todos los países del Caribe. También hicimos República Dominicana, Bahamas, México, Belice y paramos en la época de huracanes en Guatemala. Estábamos embarazados de Bruno y era el límite de poder volar porque Carmen ya estaba de 6 meses y así podíamos volver a España porque queríamos que naciera aquí.

¿Cómo era un día a día en el barco?
Cambiaba mucho, porque no nos dedicábamos a navegar cada día. Nos interesaba mucho que Leo conociera la tierra, que bajara a la playa, que se relacionase con más niños, que fuéramos de excursión, que viera cosas. O sea, que era enseñarle al mundo y que entendiese también que hay muchas realidades y diferencias, tanto sociales, como de color, como de lengua. Cogíamos autobuses locales, alquilábamos algún coche y conocíamos gente local. Generalmente, por un tema económico, cocinábamos en casa y llevábamos el táper. Nos íbamos a la plaza o conocíamos una familia que tenía a peques e íbamos a su barco o a casa de gente local. Básicamente, era muy importante no aislarnos.
Nos interesaba que Leo se relacionase con otros niños, era muy importante no aislarse
¿Y por la noche, cómo os organizabais?
Uno siempre estaba de guardia y el otro se encargaba de Leo. Pero con el embarazo, a Carmen se le complicó porque se mareaba muchísimo y entonces, por la noche, me encargaba yo de llevar el barco y ella iba con el niño a descansar.
¿Cómo ha sido la experiencia de viajar con un niño tan pequeño?
Nos lo curramos mucho, especialmente en las travesías largas. Teníamos cosas nuevas, escondidas para que no fuera perdiendo el interés e incluso nos sobraron cosas. Cada día se levantaba, y si el tiempo lo permitía, salía y me decía, me voy a proa y se sentaba allí. Y mágicamente, cada vez que se sentaba allí salía una familia de delfines a saludarle. Y siempre decía que iba a ver a sus amigos. También entendía que el pescado que pescábamos era para comer y que si teníamos para comer, no hacía falta pescar más porque ya teníamos comida. También nos disfrazábamos, tenía una cocinita que le fabricaron sus abuelos y leíamos muchos cuentos.

Y el seguimiento del embarazo tan lejos de casa, ¿cómo ha sido?
Fue complicado. En diciembre decidimos que queríamos tener un segundo hijo, y nos quedamos muy rápido. Primero tuvimos que hacer un análisis de sangre que hicimos en las Islas Británicas. Después, había que hacer una ecografía, y la programamos en la República Dominicana. Fuimos haciendo hasta que llegamos cuando Carmen estaba de 6 meses y ya nos pusimos en manos de un ginecólogo aquí y nos acabó acompañando el último tramo del embarazo.
Vivir en el Forquilla nos ha dado tiempo de calidad con nuestro hijo y poder educar y darle mucho amor
Después de todo este tiempo, ¿qué diríais que es lo mejor de vivir en un barco?
Nos ha dado tiempo de calidad con nuestro hijo y poder enseñar, educar y darle mucho amor. Y también la libertad que nos ha dado a la hora de movernos. Ha sido un medio de transporte que nos ha llevado a muchos sitios a los que no hubiéramos ido por tierra y hemos conocido a mucha gente. Pero es un mundo muy intenso, no es estar todo el día en la playa, sino que hay días muy complicados. En general no íbamos a puerto, es decir, que estábamos fondeados, y había que estar alerta por si venía un temporal y tenías que ir al lado contrario del lugar donde estabas. Siempre había un mantenimiento, y estar pendiente de que todo funcione y anticiparte a los problemas. Es un trabajo bonito, una vida bonita, pero muy intensa, que requiere una atención especial.
Esta aventura nos ha aportado una conexión estratosférica
¿Por qué habéis decidido abandonar esta aventura y volver a la ciudad?
La idea era volver, pero ha sido una decisión muy complicada. Por un tema médico, familiar, nos ha tocado tomar la decisión de que no podríamos seguir al menos los tres próximos años en barco porque tenemos que estar más cerca de la tierra. Hemos puesto a la venta el barco, porque necesitamos continuar desde otro punto de vista. Queremos seguir viajando educando a nuestros hijos desde otro punto de vista.

¿Os ha costado adaptaros a volver a la vida en tierra firme?
Ahora vivimos en un piso de Barcelona y la vuelta está siendo más complicada para nosotros que para Leo, que se ha adaptado muy bien. A nivel de cabeza nos ha costado más porque veníamos de un concepto muy diferente. Con la llegada de Bruno estábamos muy mentalizados, que teníamos que parar hasta que no tuviera una independencia de vacunas y defensas para poderse mover.
Y el futuro, ¿estará ligado al mar?
Nuestra idea fue siempre hacer la vuelta al mundo por tramos. En la época de huracanes, de junio a noviembre, teníamos pensado volver, trabajar y recopilar dinero. Se planteaba un parón más largo por la llegada de Bruno, pero el siguiente paso era el Pacífico. Si nos vuelve a llamar el mar, que no lo descartemos, de aquí unos años no descartamos volver y continuar la vuelta al mundo por mar. Pero el planeta es tan grande y hay tantas cosas por ver y descubrir, que esto no es un impedimento, sino un replanteamiento.

Y por último, a nivel personal y familiar, ¿qué creéis que os ha aportado esta aventura o el hecho de vivir en un barco?
Nos ha aportado una conexión estratosférica. Como pareja, a nivel de complicidad, de sentimientos, de entenderlo todo, de cohesión, ha ayudado a crear una piña familiar. Ha sido increíble porque todos los retos han sido medidos, cumplidos y sufridos por todos. Enfrentarte a un reto así, o te sale bien, o te sale mal. Y se ha demostrado que la pareja es muy fuerte y que Leo lo único que hace es enriquecer eso, y estamos muy orgullosos del trabajo que estamos haciendo a nivel educativo.

