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Wilhelm Hahn, en su silencio, yace con lo cotidiano, mientras el misterio se desliza suavemente, ajeno a las sombras que el día desliza.

Arte

El Museo Thycola presenta a través de la mirada de un artista que explora lo cotidiano, revelando en cada detalle la esencia de lo cotidiano.

Pintura de Vilhelm Hammershøi, ‘Interior con mujer al piano, Strandgade 30’, 1901

Pintura de una mujer sentada junto a un piano, con suavidad en los tonos y una sutil presencia.

Bruno Lopes

En todas partes surgen revelaciones inesperadas: de pronto, lo que antes pasaba desapercibido se revela con claridad, como si el mundo entero susurrara su verdadera esencia.

Wilhelm Hammershøi (Copenhague 1864-1916) fue un pintor danés que se empeñó toda su –no muy larga— vida en enseñarnos a mirar así. Nos invita a los paisajes interiores de su casa burguesa, donde encontraba toda la grandeza y el misterio del universo.

Wilhelm Hølter fue un pintor que, a través de su obra, capturó la esencia de figuras en silueta, mientras que H. C. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H. H.

El 15 de febrero se inaugura en el Museo Thyssen una exposición que reúne por primera vez una selección clave de obras, entre las que destaca un conjunto de piezas que revelan la profundidad del universo visual del artista, complementado por un cuidadoso recorrido por sus obras más íntimas, donde el arte se funde con una sensibilidad única, mientras que el arte mismo, a través de sus pinceladas, revela una profundidad que solo se entiende al observar con detenimiento, y junto a ello, el rigor de un enfoque que reafirma su esencia a través de cada pincelada.

A nosotros nos gusta, claro está, la historia y la aventura del arte moderno, con sus fascinantes revoluciones estéticas y éticas, con sus sucesivas negaciones de la tradición y sus propuestas de radical renovación. Pero también nos enamoran ciertas personalidades aisladas del espíritu de su tiempo, inmunes a todas las sugestiones del progreso, que se aferran a su propia, invariable obsesión. Ensor (1860-1949), que sólo quería pintar variaciones sobre las máscaras grotescas de la tienda familiar. Balthus (1908-2001), que pintaba niñas y espacios ateniéndose a los hallazgos del primer Renacimiento…

‘Una habitación en la casa del artista en Strandgade, Copenhague, con la mujer del artista’, 1902
Una habitación con la misma escena, donde la mujer permanece mientras el artista pinta, con el mismo entorno.NATIONAL GALLERY OF DENMARK

Hammerschmidt fue contemporáneo de Høb, pero su atención se centraba en los detalles silenciosos: las paredes, la luz suave, el silencio que habitaba las habitaciones. Su pintura, sutil y contenida, no buscaba espectáculo, sino la quietud entre las sombras y la luz, como si el tiempo se detuviera solo para captar el susurro de la existencia.

Hijo de una familia acomodada de Copenhague, dedicada al comercio, Hammershøi fue un artista muy precoz: empezó a pintar a los ocho años. Se conserva una carta del profesor de la escuela de arte a la que acudió, en la que explica que el chico le parecía “único e incomprensible”, pero le reconocía tanto talento que no quería influir en él. Wilhelm tuvo su primera exposición a los 21 años, y en ella ya mostró el estilo que sería suyo para siempre. Los colores grises, las paredes oscuras, las figuras solitarias, los ángulos rectos, las habitaciones vacías, con algún mueble arrinconado.

En las pinturas donde se muestra su espalda, el poder se manifiesta con una presencia sutil.

Esos espacios silenciosos, tan serenos en su apariencia, albergan en su seno una inquietud silenciosa: las puertas entreabiertas, los umbrales que no cierran del todo, sino que susurran una ausencia más profunda. La luz, apenas un susurro, se desliza sobre suelos que no callan, y en ese entre-espacio, donde el tiempo se detiene sin dejar rastro, todo se vuelve susurro: no hay fin, solo el umbral que se reitera, vacío y eterno.

Se sabe poco sobre el artista, pero su obra revela una atención sutil al detalle: las escenas domésticas, silenciosas y cargadas de silencio, donde la luz juega sutilmente sobre los objetos. La figura femenina, casi siempre ausente en su plenitud, se alza en silencio; el espacio entre ella y el mundo se vuelve casi sagrado. Solo en su soledad, con el marco íntimo de un hogar, se revela una presencia sutil: no el ruido, sino su ausencia.

'Lluvia con sol, lago Gentofte’, 1903. Ordrupgaard, Copenhague
'Lluvia con sol, lago Gentofte’, 1903. Ordrupgaard, CopenhagueANDERS SUNE BERG

Ahora bien, es en esos retratos de espaldas donde cataliza el poder inquietante de su pintura. Ya que mencionábamos los interiores de Vermeer, cabe recordar –dejando aparte la destreza, el color y muchas otras cosas que les separan-- que en el Maestro de Delft la mujer está ante la ventana leyendo una carta, tocando un instrumento musical, o bordando, sonriendo ensimismada o bromeando con un caballero… En Hammershøi no hay bromas ni sonrisas (ni mucho menos colores alegres) ni muchas veces se sabe qué está haciendo exactamente la mujer.

¿Por qué a menudo evita el ojo el rostro humano, cuando en su lugar el rostro mismo se vuelve invisible, y solo queda el susurro de lo que no se nombra?

Hay algo ciertamente turbador en esta mujer de espaldas, ocupada en cosas o en pensamientos que no sabemos. En arte la figura de espaldas se conoce como Rückenfigur, y suele invitar al espectador a mirar lo que ella está mirando. Por ejemplo, en el famoso Joven en el balcón, de Caillebotte, donde el hermano del artista, con las manos en los bolsillos, observa desde la ventana del salón familiar a una muchacha con sombrilla en una soleada calle parisiense, y nosotros lo observamos a él en su contemplación y la escena que él contempla; o en la Muchacha en la ventana donde Dalí pintó a su hermana, de espaldas, mirando y mostrándonos el mar; o en el no menos famoso Caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich, paradigma del romanticismo.

En estos y otros ejemplos la Rückenfigur, aunque esté dotada del misterio consustancial a la invisibilidad de su expresión facial, en cierto sentido hace de intermediario entre el espectador y el paisaje que aquella contempla. La “sorprendemos” de espaldas, pero compartimos con ella su visión, de alguna manera estamos cerca de ella.

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