Protagonistas

Los Rothschild, los reyes de Burdeos y sus Grand Crus Classés

La saga

Es en esta tierra privilegiada donde la familia produce sus míticos caldos, convertidos en piezas de coleccionistas

Los barones Philippe y Pauline de Rothschild retratados por el fotógrafo Horst en el salón del mítico 'château' de Mouton, en Burdeos, en 1963

Los barones Philippe y Pauline de Rothschild retratados por el fotógrafo Horst en el salón del mítico 'château' de Mouton, en Burdeos, en 1963

Horst P. Horst / Condé Nast / Getty Images

Burdeos, una de las regiones vinícolas más importantes del mundo, es un microcosmos dividido en 36 distritos divididos, a su vez, en comunas. En estas se ubican ciertos viñedos particulares —llamados châteaux— donde se producen algunos de los mejores caldos del mundo. Como los legendarios Château Mouton y Château Lafite, elaborados por dos ramas de la familia Rothschild.

Los Rothschild eran una dinastía de banqueros que, como especifica la Enciclopedia Britannica, “ejerció una importantísima influencia económica en Europa durante dos siglos”. La saga la inicia Mayer Amschel Rothschild, nacido en Frankfurt en 1744 y quien, presionado por sus padres, abandonó su vocación de rabino para dedicarse a la banca.

El  barón Philippe fue el primero en embotellar el vino directamente en la bodega, mencionándolo en la etiqueta

Con el tiempo, expandió su negocio través de sus cinco hijos, enviándoles a diferentes capitales europeas. Así, a principios del siglo XIX los Rothschild tenían sucursales en Londres, París, Viena y Nápoles y gozaban de un reconocimiento social que hizo que los cinco fueran nombrados barones del imperio austríaco.

En paralelo, empezaron a buscar otras oportunidades de negocio. A destacar, la minería, la inmobiliaria y la viticultura. En 1853, el barón Nathaniel de Rothschild, nieto de Mayer, adquirió el Château Brane-Mouton en la comuna de Pauillac, en el distrito de Médoc. Nathaniel —que representaba la rama inglesa de la familia—, deseaba agasajar a sus invitados con un Burdeos, producido por él. Desde ese momento, la propiedad llevaría su nombre: Châteaux Mouton Rothschild (en francés antiguo, un montículo de tierra se llamaba mothon).

Imagen de la bodega, en Paulliac, Burdeos, que destaca por sus líneas minimalistas
Imagen de la bodega, en Paulliac, Burdeos, que destaca por sus líneas minimalistasBertrand Rindoff Petroff / Getty Images

En 1922 su nieto, el barón Philippe de Rothschild, tomó las riendas de la bodega. Tenía 20 años y ya era un hombre polifacético, que amaba la cultura y la acción: fue propietario de un teatro, productor, traductor y poeta. Pilotó Bugatti y ganó regatas. Al barón le gustaba recordar que cuando se hizo cargo de la propiedad familiar: “No había electricidad ni agua corriente ni teléfono”; todo necesitaba modernizarse.

Pero había otro inconveniente, algo más difícil de resolver: según la Clasificación Oficial de los vinos de Burdeos (sistema establecido en 1855 por Napoleón III), su vino no ostentaba el nivel de Premier Grand Cru Classé. Sí gozaba de este prestigio otro vino de los Rothschild: el Châteaux Lafite, elaborado por su primo y vecino en Burdeos, el también barón, Elie de Rothschild, descendiente de la rama francesa de la familia.

El barón en su domicilio parisino en 1985, tres años antes de fallecer
El barón en su domicilio parisino en 1985, tres años antes de fallecerMichel Baret / Gamma-Rapho vía Getty Images

Sin embargo, el barón Philippe era un hombre que no se dejaba amilanar. Pronto tomaría una serie de decisiones innovadoras que lanzarían su vino al estrellato. Además de adquirir nuevos viñedos en la zona, la suya fue la primera propiedad en Burdeos que realizó la puesta en botella del vino directamente en la bodega, mencionándolo en la etiqueta. Hasta entonces, los vinos se embotellaban fuera de la región. 

La revolución de Philippe

El barón fue también el artífice de ampliar la capacidad de almacenamiento del Château. En 1926 encargó la construcción del Grand Chai: una impresionante bodega de 100 metros de largo por 25 de ancho, donde aún se alinean los barriles de roble que atesoran el preciado caldo. Al final de la Segunda Guerra Mundial, para celebrar la victoria de los aliados, tuvo otra novedosa idea: personalizar las etiquetas de su vino, encargando una obra de arte original. Desde entonces, cada añada ha sido ilustrada por un artista diferente, de la talla de Dalí, Picasso, Braque y Balthus. En 2023, la encargada fue Joana Vasconcelos.

Una botella vacía de Mouton Rothschild de 1959, por la que los comensales de un restaurante en California pagaron 5.000$ en 2011
Una botella vacía de Mouton Rothschild de 1959, por la que los comensales de un restaurante en California pagaron 5.000$ en 2011Paul Chinn/The San Francisco Chronicle via Getty Images

Entre las décadas de los cincuenta a los setenta, Philippe y su segunda esposa, la estadounidense Pauline Fairfaix-Potter, lideraron la vida social y cultural de la región de Burdeos. En 1962 inauguraron, junto a Andre Malraux, el Museo del Arte en el Vino y sus soirées en el château congregaban a políticos e intelectuales. La baronesa preparaba unas fabulosas mesas, combinando elementos vegetales, como musgos y orquídeas, con manteles de algodón persa y cuberterías vermeil.

Tras el Premier Grand Cru

“Durante muchos años, los Rothschild del châteaux Mouton lucharon para que su vino consiguiera la categoría de Premier Grand Cru Classé ya que, a diferencia de los Lafite, Latour, Margaux y Haut-Brion, ellos no estaban dentro de los cuatro primeros”, explica al Magazine Quim Vila, copropietario del establecimiento Vila Viniteca, de Barcelona. Considerado una de las personas que más sabe de enología en España, Vila no esconde su pasión por los vinos de estas dos ramas de los Rothschild que, explica, se han unido para elaborar champán bajo una única marca: Barons de Rothschild.

La baronesa Philippine en una gala en París, en honor a los reyes de Suecia, junto a Elisabeth y Robert Maxwell
La baronesa Philippine en una gala en París, en honor a los reyes de Suecia, junto a Elisabeth y Robert MaxwellAntoine Gyori/ Sygma vía Getty Images

Sin embargo, la armonía no siempre reinó entre las dos familias. Cuando los barones Philippe y Elie regentaban sus respectivas bodegas: “Las relaciones entre ambos no eran para nada cordiales”, asegura, diplomáticamente, una crónica del diario The Times. El propósito de Philippe de elevar el Mouton a la primera categoría no agradaba al orgulloso propietario del Châteaux Lafite, “primero entre los primeros” en la historia de los crus classés.

Pero los esfuerzos de décadas del barón Philippe fueron recompensados. “En 1973 se hace una excepción y Mouton pasa de segundo a primero. Esto es algo único en la historia de la clasificaciones de los vinos de Burdeos”, explica Quim Vila, quien achaca este cambio: “Al gran trabajo que hicieron tanto el barón como su hija, Philippine”, heredera de la bodega.

Cuando uno se apellida Rothschild todo el mundo cree que has tenido una infancia fácil”

Philippine de Rothschild

Nacida en 1933, la baronesa Philippine de Rothschild fue la única hija de Philippe y su primera esposa, Elisabeth Pelletier de Chambure, que murió cuando ella tenía 9 años en el campo de concentración de Ravensbrück.

Pese a que Elisabeth era católica, fue deportada en 1944, cuando la Gestapo fue a buscarla a su domicilio en París. Su esposo estaba en Londres, con el general De Gaulle. Como se explica en el diario Libération, la suerte de Philippine se decidió ese día, ya que uno de los soldados rechazó llevársela también a ella: tenía una hija de esa misma edad.

Philippe Sereys de Rothschild, la sexta generación a cargo de la bodega, y su pareja, la actriz Carole Bouquet, en el festival de Cannes
Philippe Sereys de Rothschild, la sexta generación a cargo de la bodega, y su pareja, la actriz Carole Bouquet, en el festival de CannesStephane Cardinale/Corbis vía Getty Images

“Cuando uno se apellida Rothschild todo el mundo cree que has tenido una infancia fácil”, declaró Philippine. No fue su caso, aunque el suyo es también un ejemplo de resiliencia: vital, creativa y muy trabajadora, tras la muerte de su padre, en 1988, se hizo cargo de la bodega familiar, llevándola a un éxito económico sin precedentes en Burdeos. Bajo su dirección se creó un vino blanco (Aile d’Argent) y en 1993 se lanzó Le Petit Mouton de Mouton Rothschild; a base de uvas más jóvenes.

“La conocí, sí, era una mujer muy especial, magnética y valiente. Fue la gran divulgadora del trabajo del padre y de la promoción de Burdeos desde los años ochenta a los 2000”, explica Quim Vila. Philippine también continuó la iniciativa de las etiquetas que, para Vila: “Han sido uno de los factores determinantes del éxito de Mouton, porque han hecho que gente de todo el mundo lo coleccione, incluso si la añada no es tan buena”.

Philippine de Rothschild fue actriz antes que bodeguera. Aquí posa con 30 años, en las carreras de caballos de Ascot
Philippine de Rothschild fue actriz antes que bodeguera. Aquí posa con 30 años, en las carreras de caballos de AscotEvening Standard/Hulton Archive/Getty Images

Antes de ponerse al frente de la bodega, Philippine trabajó con éxito como actriz, actuando en La Comédie Française. “Vengo de una rama de la familia que prácticamente no tiene conexión con las finanzas. Pero soy la quinta generación de propietarios del château y la primera mujer: ¡y eso me complace bastante!”, declaró en Liberàtion.

La baronesa tuvo tres hijos: Camille y Philippe —con su primer marido, el actor Jacques Sereys— y Julien, de su segundo matrimonio con el bibliógrafo Jean-Pierre de Beaumarchais. “En treinta años con ella, nunca me he aburrido”, aseguró este al citado diario francés. Tras la muerte de Philippine, en 2014, Camille Sereys de Rothschild, Philippe Sereys de Rothschild y Julien de Beaumarchais de Rothschild son los copropietarios y responsables del château. Su madre les legó un vino ya legendario que surge de un terruño excepcional y que, en 2006, se convirtió en el más caro del mundo: Christie’s subastó seis botellas magnum de Châteaux Mouton 1945 por 345.000$.

La botella mágnum de Château Mouton Rothschild de la cosecha de 1990, con etiqueta firmada por Francis Bacon
La botella mágnum de Château Mouton Rothschild de la cosecha de 1990, con etiqueta firmada por Francis BaconJose R. Aguirre / Cover

“El mito de los grandes vinos de Burdeos tiene mucho que ver con su legendaria capacidad de guarda, solo equiparable a la de los de Rioja”, explica Quim Vila, que recuerda haber probado un Burdeos de 1865: “¡Y estaba increíble!”. Pero, añade: “No hay que olvidar que la gran calidad de vinos como el Mouton (o el Lafite o el Latour…), se explica porque viene de unas viñas míticas. Este nivel de calidad, unido a casi doscientos años de historia, son la clave”. De surgir la oportunidad, recomienda dos Mouton que no pueden perderse: “Los de 1982 y de 1986. ¡Son dos para la gloria!”.