Nei Fuentes, educadora canina: “Socializar no es llevar a tu perro cada tarde al pipicán, un espacio saturado de olores, hormonas y estrés”
Comportamiento
La educadora explica por qué muchos comportamientos “difíciles” no son desobediencia, sino parte del desarrollo emocional del perro

Nei Fuentes, una educadora y divulgadora canina de 34 años nacida en Badalona.
“Hay mucho en común en educar niños y perros. En ambos casos, se trata de acompañar el desarrollo, entender la emoción y construir una relación basada en confianza y coherencia”. Este es el objetivo de Nei Fuentes, una educadora y divulgadora canina de 34 años nacida en Badalona (Barcelona), que trabaja acompañando a familias con perros con miedos o dificultades de conducta. La catalana también forma a profesionales del sector y colabora en un programa de televisión de Badalona, “donde divulgamos sobre comportamiento y bienestar animal”. Lo hace con gran profesionalidad y pasión y con el convencimiento de que tenemos que cambiar la versión antigua (y todavía instaurada) de que tenemos que controlar y dominar a los perros, cuando lo esencial es entenderlos para acompañarlos.
“Cuando dejamos de querer controlar al perro y empezamos a comprender lo que siente, todo cambia”, explica Fuentes, quien tuvo un perro llamado Leash y ahora convive con su perrita Enya, rescatada tras sufrir malos tratos. Sus dos perros tenían miedo de las personas, llegaron a morderle y, en ese intento de entenderlos, encontró su vocación. “Empecé a formarme por necesidad, y acabé quedándome por convicción”, confiesa la divulgadora canina, con quien profundizo sobre la adolescencia canina.
No es casualidad que la franja de edad en la que hay más abandonos, entre
los seis y los 18 meses, coincida con la adolescencia canina
¿Cuándo empieza la adolescencia de un perro y cuánto dura?
Suele empezar entre los 8 y 12 meses, y puede alargarse hasta los dos años, dependiendo del tamaño y del individuo, ya que cada etapa de desarrollo tiene una duración diferente. En ese tiempo, el cachorro cambia tanto por dentro como por fuera: el cuerpo crece, el cerebro se reorganiza, y las emociones se disparan. A nivel interno, los perros adolescentes viven un auténtico terremoto biológico, ya que su sistema emocional madura antes que el racional. Esto significa que tienen emociones intensas con muy poco control sobre ellas. Su cerebro se está reconfigurando, eliminando conexiones antiguas y reforzando las que más usa, y sus hormonas amplifican esa montaña rusa: más energía, más impulsos, más deseo de explorar y menos tolerancia a la frustración.

Y esto explica ciertos comportamientos.
¡Exacto! Por eso, a veces, los perros parecen olvidar lo que ya sabían o cambian de humor en cuestión de segundos. No es desobediencia ni terquedad, sino desarrollo. La corteza prefrontal, es decir, la que se encarga del autocontrol, está aún en construcción, lo que provoca que todavía no tengan la capacidad física de autorregularse eficazmente y se produzca lo que llamamos rebeldía. Justo ahí es cuando más necesitan que la persona que los acompaña comprenda lo que está pasando y no interprete su conducta como un desafío, sino como lo que es: una etapa de crecimiento.
En líneas generales, ¿cómo se comportan los perros durante la adolescencia?
Ellos viven una etapa de inestabilidad emocional y conductual muy marcada. No es que se vuelvan locos o desobedientes, sino que su cerebro está en pleno proceso de reorganización, y eso se traduce en comportamientos más cambiantes y, a veces, contradictorios. Podemos decir que el adolescente canino se mueve entre la exploración y la inseguridad. Un día parece independiente, valiente y confiado y, al siguiente, muestra miedos que ya habíamos dejado atrás. Reaccionan antes de pensar. Es como en la adolescencia humana. Si alguien dice: “¡A ver quién sube más alto a ese árbol!”, se lanzan todos al reto, sin pensar.
Este comportamiento también puede traer conductas impulsivas. ¿Hemos de preocuparnos?
No. Tirones de correa, ladridos ante estímulos, dificultad para concentrarse o tolerar la espera son habituales en esta etapa. Y no se trata de desobediencia, sino que los perros están experimentando cómo funciona el mundo y probando hasta dónde llegan los límites. Otro rasgo muy característico es la fluctuación en el vínculo con la persona de referencia. Algunos adolescentes buscan más independencia y muestran menos interés por lo que antes les motivaba, aunque siguen necesitando nuestra presencia estable como punto seguro al que volver.
Como conductas propias de la edad, ¿hemos de ignorarlas, creyendo que es algo pasajero?
No. Si no se acompañan correctamente, la conducta y el problema emocional que hay detrás suelen escalar, porque el perro no recibe ayuda real para comprender lo que le ocurre ni para regularse. Cuando el humano no entiende su comunicación o interpreta el síntoma como desafío, la emoción se queda bloqueada y se cronifica. Acompañar esta etapa no significa permitirlo todo, sino comprender lo que está pasando y actuar desde la empatía, la coherencia y la guía.
Has hecho varias comparaciones entre la adolescencia humana y la canina. ¿Cuál es más complicada?
A nivel biológico y neurológico, la adolescencia del perro y la del humano son sorprendentemente parecidas. En ambas especies, el cerebro vive el mismo proceso: el sistema emocional madura antes que el racional. Esa diferencia en el ritmo de maduración crea un desajuste temporal entre emoción y razón. En humanos lo vemos cuando un adolescente se lanza a una idea sin pensar en las consecuencias; en perros, cuando reaccionan de forma explosiva o parecen olvidar lo aprendido. En ambos casos, no es falta de educación ni de inteligencia, sino un cerebro que siente intensamente, pero aún no sabe autorregularse. La gran diferencia es que el perro no dispone del lenguaje ni de la conciencia reflexiva que tenemos los humanos. No puede poner en palabras lo que siente, ni decir que está estresado, frustrado o confundido. Solo puede expresarlo a través de su cuerpo y su conducta. Por eso, su adolescencia no solo es intensa, sino también más vulnerable: depende completamente de que el humano a su lado sepa interpretar su comunicación.

No debe de ser fácil. Imagino que esto puede causar bastantes problemas.
Sí. El adolescente canino no puede expresar verbalmente cómo se siente, lo que provoca que muchas familias se desesperen. No es que el perro esté fuera de control, sino que le estamos pidiendo algo que fisiológicamente aún no puede darnos. No es casualidad que la franja de edad en la que hay más abandonos, entre los seis y los 18 meses, coincida exactamente con esta etapa.
¿Cuáles son las claves para educarlo o acompañarlo en esta etapa?
Acompañarlo no tiene tanto que ver con educar desde el control, sino con guiar desde la coherencia. En esta etapa, lo importante no es pedirle obediencia, sino ayudarle a regularse. Si tu perro vive sobrecargado, emocionalmente desbordado o con una exigencia constante de autocontrol, su cerebro no tiene espacio para aprender. Así que lo primero es entender que educar no es reprimir, sino crear las condiciones para que el aprendizaje ocurra. La adolescencia es el momento de acompañar sin sobreproteger, y hacerlo con constancia, es decir, aportándole estabilidad emocional, rutinas predecibles, límites claros y una comunicación que no cambie según nuestro humor. Cuando el entorno es predecible, el cerebro del perro se relaja, y este aprende. Si cada día las normas cambian o si nuestras respuestas son contradictorias, generamos confusión y frustración.
El mayor error es pensar en machos y hembras como dos categorías cerradas. Cada perro tiene su propio mapa hormonal, emocional y social. Lo que determina su equilibrio es la coherencia del entorno
¿Es aconsejable marcarles límites en esta etapa?
Sí, son necesarios. No desde la autoridad, sino desde la responsabilidad. Un límite no tiene que asustar ni castigar, sino orientar y contener. Los perros adolescentes, como los humanos, buscan saber hasta dónde pueden llegar. Si no encuentran referencias claras, la incertidumbre los desregula. Pero si los límites se aplican con calma y coherencia, se transforman en estructura.
Explícame cuáles son los errores más comunes que cometemos los humanos al intentar corregir las conductas de los adolescentes caninos.
Uno de los más comunes que veo en terapia es confundir emoción con desobediencia. Muchas familias llegan preocupadas porque su perro ya no les hace caso o va por libre. Y lo que suelo explicarles es que su perro no está desobedeciendo: está emocionalmente desbordado. Cuando la persona interpreta que su perro le está desafiando, entra en lucha, no en acompañamiento. Lo primero que trabajo con las familias es cambiar la mirada: leer la emoción antes que la conducta. Otro error común es no dejarles ser perros.
Desarróllame esta idea.
Sé que suena extraño, pero pocas veces les proporcionamos contextos y momentos en los que puedan expresarse como lo que son: una especie diferente a la nuestra, con necesidades intrínsecas distintas y con un lenguaje que nada tiene que ver con el nuestro. No dejarles ser, es decir, oler, excavar, correr o revolcarse, es uno de los mayores estresores en todas las etapas, y en la adolescencia, mucho más. Otros dos errores habituales son corregir desde el castigo, con gritos o tirones de correa, lo que acaba rompiendo la confianza con el perro. En las terapias, enseño a las familias a sustituir la reacción por la lectura, a parar un segundo y preguntarse: “¿Qué necesita mi perro ahora?”, en lugar de “¿Cómo lo hago callar?”. Este cambio de enfoque transforma la convivencia.
No siempre es fácil mantener la calma. Por eso, ¿cómo podemos seguir siendo constantes en la educación sin caer en la frustración o el castigo?
Lo primero es entender que la frustración forma parte del proceso. No hay convivencia ni aprendizaje sin tropiezos. Acompañar en esta etapa también implica cuidar al humano, no solo al perro. Cuando trabajo con familias, siempre les digo que no se puede acompañar bien si una misma está desbordada. La calma no se finge, se transmite. Por eso, en algunas de mis sesiones no hablamos de ejercicios ni de conducta, sino de cómo sostener la energía, cómo respirar, cómo parar antes de reaccionar. La constancia no es rigidez, sino presencia. No se trata de hacerlo perfecto cada día, sino de estar ahí, incluso cuando las cosas no salen.
Relacionado con la perfección están las expectativas, que muchas veces no son las que deberían.
Correcto. Muchos humanos se frustran porque esperan de su perro adolescente la estabilidad de un adulto. Pero esa madurez todavía no existe, porque su cerebro sigue desarrollándose, su cuerpo cambia y sus emociones fluctúan. Cuando las familias me dicen: “No sé si lo estoy haciendo bien”, siempre les respondo: “Si te estás esforzando en comprender, ya lo estás haciendo bien”.
Imagino que la socialización es fundamental durante la adolescencia. Háblame de ella.
Totalmente. Pero antes hay que entender qué significa socializar. No es saludar a todos los perros por la calle, sino aprender a relacionarse desde la calma y la confianza. Es poder tener conversaciones largas con otros perros, no saludos rápidos y tensos de acera a acera. Socializar tampoco es llevarlos cada tarde al pipicán, ya que suele ser un espacio saturado de olores, hormonas, excitación y, muchas veces, estrés acumulado. Para que haya verdadera socialización, hace falta tiempo, vínculo y seguridad.
La adolescencia no dura para siempre. Aunque pueda parecer interminable, esta etapa pasa, y lo que se construye en medio del caos es increíble
¿Hay diferencias notables entre machos y hembras en esta etapa?
Sí, pero no en la forma en la que solemos imaginar. Se habla mucho de machos más dominantes o agresivos, y hembras más dulces o sumisas, pero son clichés heredados de una mirada antropocéntrica y, en muchos casos, machista. En la práctica, las diferencias individuales pesan muchísimo más que el sexo biológico. Durante la adolescencia, tanto machos como hembras viven una auténtica tormenta hormonal. Aun así, el problema no es la hormona, sino el contexto. Si un perro, ya sea macho o hembra, crece en un ambiente sobreestimulado, sin descanso y con relaciones inestables, lo más probable es que muestre más frustración o impulsividad. El mayor error es pensar en machos y hembras como dos categorías cerradas. En realidad, cada perro tiene su propio mapa hormonal, emocional y social. Lo que determina su equilibrio no es tanto el sexo, sino la coherencia del entorno que lo acompaña.
¿Es mejor adoptar un cachorro o un perro adolescente?
No hay una respuesta universal: depende de quién adopta, del estilo de vida y de la disponibilidad emocional y de tiempo de la persona. Cada etapa tiene sus desafíos, sus aprendizajes y su belleza, pero también exige cosas distintas. El cachorro es, sin duda, una de las etapas más demandantes. Aunque muchas veces se idealiza, la realidad es que es una de las más estresantes y cargantes emocionalmente. Si se quiere hacer bien, hay que tener tiempo, paciencia y formación. El cachorro no viene en blanco, sino con un sistema nervioso inmaduro y una sensibilidad enorme al entorno. Lo que viva esos primeros meses marcará su manera de relacionarse con el mundo. Adoptar un perro adolescente es distinto, ya que suele llegar con una base ya formada y con un carácter que empieza a definirse. Es una etapa intensa, de cambios, de prueba y error, pero también muy rica en comunicación y vínculo. La gran ventaja de adoptar un adolescente es que ya muestra más claramente quién es, lo que permite que la persona vea desde el inicio si ambos encajan realmente. Con un cachorro, es imposible saberlo.

Para acabar, ¿qué consejos darías a alguien desesperado con su perro adolescente?
El primero, que no está solo o sola. Todas las personas que conviven con un perro adolescente pasan, en algún momento, por esa sensación de agotamiento y de frustración. Eso no significa que lo estés haciendo mal, sino que estás acompañando un proceso que es realmente intenso, para el perro y para ti. Otro consejo sería entender lo que pasa cuando tu perro te desobedece. No es que te haya perdido el respeto, simplemente, su cerebro está en obras y tu perro está intentando entender el mundo con herramientas que aún se están construyendo. Cuando lo miras desde ahí, todo cambia.
Otra de las cosas que recomiendo es relajar el control, ya que este solo genera más tensión, en ti y en tu perro. A veces, el cambio más grande viene cuando respiras hondo y sueltas la exigencia. Cuando dejas de querer que se porte bien y empiezas a preguntarte: “¿Cómo puedo ayudarle a calmarse?”. También es importante tener en cuenta que la adolescencia no dura para siempre. Aunque pueda parecer interminable, esta etapa pasa, y lo que se construye en medio del caos es increíble. La relación se fortalece, la comunicación mejora, y tú también aprendes a leer, sostener y acompañar desde otro lugar. No hay perros perfectos, pero sí vínculos profundos y verdaderos.


