“Que tu gato salga con arnés a la calle no significa que lo disfrute; para muchos, los paseos suponen estrés, ansiedad y problemas de conducta”
Gatos
Entender la territorialidad es fundamental para convivir con un gato, y sin embargo sigue siendo uno de los grandes olvidos

“Que tu gato salga con arnés a la calle no significa que lo disfrute; para muchos, los paseos suponen estrés, ansiedad y problemas de conducta”

La territorialidad es uno de los rasgos más característicos de la especie felina, y paradójicamente, uno de los más incomprendidos en la convivencia diaria. Cuando hablamos de un gato territorial, no nos referimos a un animal dominante ni posesivo, sino a un ser que necesita un espacio estable, predecible y seguro para poder relajarse y desarrollarse emocionalmente. Su territorio no es solo un lugar físico, sino un mapa mental desde el cual se orienta, interpreta el mundo y toma decisiones.
Alterar este mapa, aunque parezca un cambio insignificante, puede afectar profundamente su bienestar. En libertad, los gatos organizan su territorio mediante rutas predecibles, olores, puntos elevados desde los que vigilar, zonas de descanso y refugios donde ocultarse ante cualquier estímulo inesperado. Esta geografía íntima les permite anticipar lo que ocurre a su alrededor y sentirse seguros. Dentro de casa, aunque el entorno sea distinto, esta necesidad permanece intacta. Cada mueble, cada recurso, cada olor y cada rutina forman parte de su cartografía mental y emocional. Por eso, cuando movemos la bandeja de su arenero, introducimos un mueble nuevo o reorganizamos el salón, no estamos haciendo un cambio meramente decorativo: estamos alterando la arquitectura emocional del gato.

Muchas familias se sorprenden al ver cómo su gato se esconde o se muestra irritable tras un cambio aparentemente insignificante. Una clienta me contaba: “Solo cambiamos su árbol rascador, que estaba destrozado, por otro exactamente igual, del mismo modelo. No entiendo por qué no le gustó”. Lo que a nosotros nos parece un objeto nuevo e idéntico, para el gato representa la pérdida de un pilar territorial cargado de feromonas, historia e identidad. Su olor, su marca, su recuerdo de seguridad se han borrado, y con ello, su sensación de control y tranquilidad.
Esta necesidad de control territorial explica también por qué la llegada de otro gato adulto puede ser tan complicada. Los gatos no buscan ampliar su círculo social; priorizan la estabilidad de recursos y de su entorno. La aparición repentina de un desconocido en casa no se interpreta como la llegada de un amigo, sino como la invasión de un intruso que amenaza el acceso a los recursos. Las presentaciones sin adaptación progresiva generan conflictos, que pueden manifestarse de forma agresiva (bufidos, ataques, persecuciones) o silenciosa, con gatos que dejan de comer, se esconden o limitan mucho sus movimientos.
Una tutora me confesó: “Pensaba que ya se había acostumbrado porque no bufaba, pero luego me di cuenta de que vivía recluida en una habitación y no salía al resto de la casa”. La estabilidad territorial es esencial, y apresurar las presentaciones solo provoca estrés y situaciones desagradables.
La territorialidad también se hace evidente en situaciones como las vacaciones o los traslados temporales. Para nosotros puede ser emocionante, pero para un gato significa perder de golpe todos sus referentes: olores, rutas, escondites y estructuras de seguridad. En un entorno desconocido, muchos gatos entran en estado de alerta: se esconden, comen menos, evitan el arenero o muestran irritabilidad. En consulta, una pareja me comentaba tras llevar a su gato a un apartamento turístico: “No salió de debajo del sofá en tres días. Nos miraba con los ojos muy abiertos, respirando rápido. Nos sentimos fatal”. Incluso cuando el animal ya conoce la segunda residencia, su mapa territorial es más frágil que en el hogar principal.
Además, los efectos del estrés pueden aparecer días o semanas después de regresar a casa, a través de marcajes, irritabilidad o cambios de conducta. Para la mayoría, permanecer en su hogar mientras con visitas de confianza es mucho menos estresante que acompañarnos a un territorio que, aunque familiar para nosotros, no lo es para ellos. El territorio no es donde estamos nosotros: el territorio es su hogar.
Otra creencia común es que los gatos disfrutan de los paseos con arnés o de explorar la calle. Es cierto que algunos parecen tolerar e incluso disfrutar estas salidas, mostrando curiosidad y entusiasmo. Sin embargo, la mayoría se asusta ante ruidos desconocidos, olores intensos o la presencia de otros animales, exponiéndose a situaciones peligrosas y viviendo un estrés intenso y evidente. Incluso los gatos que parecen disfrutar del paseo experimentan ansiedad, porque el territorio que perciben como suyo se amplía solo de manera temporal y bajo nuestro control; al no poder acceder libremente a ese espacio cuando lo desean, su sensación de seguridad se ve comprometida, lo que puede derivar en problemas de conducta. Una tutora relataba: “Probamos una vez y en cuanto oyó una moto quiso trepar por mi espalda para escapar. Nunca lo había visto tan asustado”.

Un elemento fundamental de la territorialidad que suele pasarse por alto es la química del hogar. Las feromonas que el gato deposita al frotarse contra muebles, paredes y personas constituyen la base de su territorio. Limpiar con productos fuertes o pintar puede borrar estas señales, haciendo que el gato perciba su entorno como extraño. “Después de pintar el comedor, mi gato no quería entrar. Miraba la puerta como si fuera un sitio nuevo y desconocido” me comentaba otra clienta.
Esto puede derivar en marcajes con orina, frotamientos compulsivos o evitación de zonas de la casa. Entender estas marcas como un lenguaje, más que como suciedad, permite que conservemos su mapa emocional y su sensación de seguridad, facilitando su bienestar.
En la convivencia diaria, incluso con la mejor intención, cometemos errores que vulneran su territorialidad. Cambiar de lugar la bandeja del arenero, obligarles a compartir recursos insuficientes, castigar los bufidos, forzar el contacto físico o ignorar la dimensión vertical del hogar son prácticas que generan estrés y afectan su comportamiento. Un gato sin alturas desde las que vigilar, sin rincones seguros o con recursos limitados no puede sentirse seguro, y eso se traduce en ansiedad, agresividad o apatía. Proporcionar zonas elevadas, rascadores, escondites y suficientes recursos para todos los gatos del hogar no es un lujo: es una necesidad básica que respeta su biología y su bienestar.
Entender la territorialidad felina supone un cambio de paradigma. No se trata solo de decorar la casa o permitir que el gato se mueva libremente, sino de reconocer que comparte con nosotros un espacio que necesita controlar para sentirse seguro. Comprender sus rutas, sus escondites, sus tiempos de adaptación y su lenguaje olfativo nos permite prevenir problemas de conducta y fortalecer la relación con él. Cuando respetamos su territorio, disminuyen los conflictos y aumentan los momentos de afecto espontáneo y confianza.
Como resumió una tutora tras unas semanas de trabajo: “Cuando entendí que mi casa no era solo mi casa, sino también la de ellos, todo cambió. Era como si por fin todo fluyera”. Al comprender que su bienestar depende de la estabilidad y control de su territorio, comprendió la esencia de la territorialidad: permitirles anticipar, habitar y sentirse seguros. No se trata de un capricho ni de un rasgo de carácter, sino de la base de la estabilidad emocional del gato y de una convivencia serena y respetuosa. Respetarla no solo protege al animal, sino que transforma nuestro hogar en un espacio consciente, equilibrado y compartido, donde tanto gatos como personas podemos vivir con seguridad y armonía.


