Pensamientos suicidas, estrés y ansiedad entre los alumnos de veterinaria: “Aman a los animales, y se encuentran con eutanasias, dilemas éticos y precariedad”
Veterinaria

Durante años, el malestar emocional de los estudiantes de Veterinaria ha sido un tema del que apenas se hablaba.

Durante años, el malestar emocional de los estudiantes de Veterinaria ha sido un tema del que apenas se hablaba. Se intuía en los pasillos, en el cansancio acumulado, en la presión por no fallar y en una vocación que, poco a poco, empezaba a pesar. Hoy, ese malestar tiene cifras. La mitad del alumnado de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) ha sufrido depresión, ansiedad y/o estrés; un 32%, burnout; y un 10,6% ha tenido pensamientos suicidas. Cifras que rompen con la imagen idealizada de una profesión asociada al amor por los animales y obligada a mirar de frente a una realidad mucho más difícil.
Los datos salen de una encuesta pionera en España realizada durante el curso 2023-2024 a más de 300 estudiantes de los grados de Veterinaria y Ciencia y Tecnología de los Alimentos. El estudio es la primera fase de un plan piloto de bienestar emocional impulsado por la Facultad de Veterinaria de la UAB, el Consell de Col·legis Veterinaris de Catalunya (CCVC) y la Fundación Galatea, con un objetivo claro: “garantizar el desarrollo saludable y de calidad de los futuros profesionales de veterinaria”.
Lidias con clientes, no solo con pacientes, y eso genera dilemas éticos y emocionales constantes que no siempre se explican durante la formación
En las aulas de Bellaterra, donde el acceso a la carrera exige algunas de las notas más altas del sistema universitario, el estudio reveló un patrón común: un desgaste emocional progresivo. A medida que avanzan los cursos, la ilusión inicial convive con la presión académica, la autoexigencia y una creciente frustración entre la idea idealizada de la profesión y la realidad del día a día. Aunque, ese malestar no es exclusivo del ámbito universitario. Diversos estudios internacionales alertan de que la problemática se agrava una vez los veterinarios se incorporan al mercado laboral. Investigaciones recientes señalan que hasta un 78% de profesionales que trabajan en clínicas de pequeños animales presentan síntomas de burnout. Además, un estudio del Center for Disease Control and Prevention (CDC) de Estados Unidos concluye que los veterinarios tienen hasta 3,5 veces más riesgo de morir por suicidio que la población general.
Las causas son múltiples. A la exigencia técnica se le suma una gran carga emocional: exposición frecuente a la muerte y a la eutanasia de los animales, la presión de tomar decisiones médicas en contextos de urgencia o con limitaciones económicas, y el impacto psicológico de tratar a diario con tutores angustiados, dolidos o enfadados. Un escenario que, según los expertos, empieza a construirse ya en las aulas.
“Aunque desde fuera puede parecer una profesión bucólica, la realidad del día a día es muy distinta”, señala Verónica Araunabeña, presidenta del Consell de Col·legis Veterinaris de Catalunya. “Lidias con clientes, no solo con pacientes, y eso genera dilemas éticos y emocionales constantes que no siempre se explican durante la formación”. Desde la Facultad de Veterinaria de la UAB, el decano Manel López Béjar coincide en que era necesario poner cifras a un problema que llevaba años detectándose de forma informal. “Sabíamos que algo no funcionaba, pero no se pedía ayuda”, explica.
Una presión que empieza antes de ejercer
Seis años de carrera, una exigencia académica elevada y un perfil de estudiante altamente autoexigente configuran un ambiente complicado. “Son alumnos brillantes y con gran capacidad de sacrificio, pero se enfrentan a realidades difíciles de gestionar emocionalmente. Dedican todo al estudio, descuidando en ocasiones otras áreas de su vida”, señala Toni Calvo, director de la Fundación Galatea, entidad con más de 27 años de experiencia en la atención a profesionales de la salud.
A ello se le suma una expectativa emocional que no siempre se ajusta a la realidad. “La mayoría estudia Veterinaria porque ama a los animales. No es tanto para curarlos, que es la segunda razón, sino porque los quieren. Esto es algo diferencial con otras profesiones en el ámbito de la salud. Sin embargo, cuando salen se encuentran con dilemas éticos constantes, precariedad laboral o salidas profesionales que chocan con esa vocación”, apunta Calvo. Trabajar en un matadero, gestionar eutanasias o tomar decisiones bajo presión económica son situaciones que, según explica, generan un impacto emocional, profundo. “Imagínate cómo puede afectar a un estudiante que se ha metido en esta carrera porque ama a los animales trabajar en un matadero…”.

Este choque entre vocación y realidad, advierte Calvo, no siempre se verbaliza en el tiempo. “Es un sufrimiento que se vive en silencio, porque a veces les cuesta reconocer que no pueden con algo que, en teoría, han elegido por pasión”, señala. A su juicio, esa dificultad para pedir ayuda, unida a la normalización del sacrificio extremo durante la carrera, hace que el malestar se cronifique y acompañe a muchos jóvenes incluso antes de incorporarse al mercado laboral.
Imagínate cómo puede afectar a un estudiante que se ha metido en esta carrera porque ama a los animales trabajar en un matadero…
Aunque, para Calvo, el problema no solo está en la salida al mercado laboral, sino en cómo se construye antes su relación con la profesión. “Se interioriza muy pronto que aguantar es parte del oficio”, explica. Una idea que, lejos de prepararles para el ejercicio profesional, acaba dificultando que identifiquen sus propios límites y pidan ayuda cuando la presión se vuelve insostenible.
Para el directo de la Fundación Galatea, el verdadero riesgo está en que ese malestar se asuma como parte inevitable del camino. “Cuando el sufrimiento se normaliza, deja de pedirse ayuda, y creo que es esencial que estos profesionales tengan conocimientos y estrategias de autocuidado. Esto debería ya darse en la formación de grado. Deben ser conscientes de sus límites y equilibrar su capacidad para asumir conocimientos y su capacidad para protegerse”, resume.
Un malestar que continúa en el ejercicio profesional
Los datos del estudio universitario conectan con una realidad que los colegios profesionales llevan años observando. “Hace más de una década que detectamos burnout, adicciones y problemas de salud mental en veterinarios en activo”, explica Verónica Araunabeña, presidenta del Consell de Col·legis Veterinaris de Catalunya. “Muchos llegan muy tocados a los primeros años de ejercicio y otros abandonan la profesión tras toda una vida ‘aguantando’. El problema no es que disociemos, es que desconocemos hasta donde llega todo esto”.
La relación con los tutores de los animales es uno de los principales focos de presión. “No solo tratamos con pacientes, tratamos con clientes. Clientes con limitaciones económicas, muy informados y emocionalmente complicados. Esto genera dilemas constantes”, señala Araunabeña. Dar malas noticias, acompañar procesos de final de vida o afrontar denuncias por decisiones clínicas son situaciones habituales. “Hay tutores que piensan que eutasianamos alegremente. Vemos muchas denuncias por esa razón. Y no es así. Nos importa el animal y su bienestar, y eso pesa. Es duro preocuparse por un animal y saber que, a veces, lo mejor que puedes hacer es acompañarle a que se vaya”.
Hay propietarios que piensan que eutasianamos alegremente. No es así. Es duro preocuparse por un animal y saber que, a veces, lo mejor que puedes hacer es acompañarle a que se vaya
A esta situación se suma, además, una realidad poco visible desde fuera: la soledad profesional. “Hay veterinarios que trabajan solos o con un único compañero. Estás solo antes el peligro, y eso genera ansiedad y síndrome del impostor”, apunta la presidenta del Consell. “Muchas veces ocurren situaciones que no esperas y hay profesionales con un sentido tan grande que los acaba consumiendo”.
En ese contexto, desde el Consell de Col·legis trabajan para acompañar y proteger a los profesionales. “Nuestro papel es cuidar de los colegiados y facilitarles herramientas”, explica Araunabeña. Formación en comunicación, apoyo emocional, espacios de reflexión y protocolos de acompañamiento forman parte de un esfuerzo que, como subraya, “no soluciona todo, pero suma”.
Del diagnóstico a la acción
A partir de los resultados del estudio y los datos recogidos por la Fundación Galatea y el Consell de Col·legis Veterinaris de Catalunya, la UAB ha puesto en marcha un plan integral de bienestar emocional, pionero en el ámbito universitario español. Entre las medidas adoptadas destacan la reorganización de horarios, la calendarización estricta de entregas y evaluaciones para evitar picos de estrés, la liberación de los viernes por la tarde y la creación de espacios de acompañamiento emocional.
Uno de los pilares del plan es el programa de “café-tutorías”, encuentros informales entre estudiantes y docentes para hablar de orientación profesional, dudas académicas y malestar emocional. “En dos años hemos hecho más de 200 gracias a más de 60 profesores. No son solo tutorías académicas, son espacios de escucha, de orientación profesional y de empatía”, explica López Béjar. Además, la UAB quiere poner en marcha un 'rincón del bienestar emocional' dentro de la biblioteca, donde se quiere implantar programas de mindfulness y gafas de realidad virtual que ayuden tanto a alumnos como a profesores. Comunicación, gestión del duelo y relación con clientes, así como simulaciones de casos reales. “No podemos seguir formando veterinarios como si no tuvieran que tratar con personas. Siempre hay alguien al otro lado”, subraya el decano.

Y más allá de los cambios organizativos, la facultad ha empezado a intervenir directamente en uno de los grandes vacíos históricos de la formación veterinaria: la gestión emocional de los casos difíciles. “En el currículum no existe una asignatura de gestión del duelo, y, sin embargo, es algo con lo que se van a encontrar desde el primer día”, explica el decano. Dar malas noticias, acompañar a tutores en decisiones de final de vida o afrontar clientes conflictivos son situaciones habituales que, hasta ahora, muchos aprendían a gestionar en soledad. “Durante años se pensó que era mejor no hablar de estos temas para no agobiar antes de empezar. Nosotros creemos lo contrario: hay que hablarlos, tratarlos y dotar de herramientas”.
En dos años hemos hecho más de 200 cafés-tutoría gracias a más de 60 profesores. No son solo tutorías académicas, son espacios de escucha, de orientación profesional y de empatía
En ese sentido, la UAB ha reforzado la formación práctica de habilidades emocionales y de comunicación, especialmente en los últimos cursos. Role play, simulación de casos reales y salas de simulación permiten a los estudiantes enfrentarse a situaciones complejas antes de salir al mercado laboral. “Los alumnos pueden incluso grabarse y analizar cómo han gestionado un cliente difícil o un caso complicado”, explica Béjar. El objetivo no es solo mejorar la técnica clínica, sino evitar que la carga emocional acabe desbordando a los profesionales.
López Bejar, además, insiste en que gran parte del malestar nace de una autoexigencia extrema. “Hay estudiantes brillantes que nunca han suspendido nada y que, cuando eso ocurre, sienten que han fracasado. Alumnos que sacan un siete y lo viven como un problema enorme, que acumulan presión y piedras en la mochila”. Para el decano, aprender a identificar los síntomas del agotamiento y pedir ayuda forman parte de la formación.
La intención, subraya, es que ese cambio no se quede solo en Bellaterra. “La veterinaria es una profesión con una carga emocional muy alta y necesitamos abordarla desde la universidad, pero también de forma coordinada a nivel estatal”, señala. Para López Béjar, el trabajo realizado en la Universidad junto a la Fundación Galatea y el Consejo de Colegios Veterinarios de Catalunya, se puede convertir en un referente “de cómo abordar el bienestar emocional en las ciencias de la salud”. Para Araunabeña, el objetivo es claro: “Tenemos que cuidar a quienes cuidan. Darles herramientas, formación y apoyo emocional. La vocación no lo puede sostener todo”.

