Ramón Vallés, aviador de 59 años, explica que las carreteras se hundirían si un avión aterrizara en ellas
Aviación
El despegue y el aterrizaje cuentan con rasgos particulares; no obstante, ninguna de dichas maniobras representa un peligro.
Andrés Piles, aviador de aeronaves: “Si notas un golpe en el aterrizaje, no siempre es mala puntería. A veces es la forma más segura de hacerlo”

Ramón Vallés, aviador, de 59 años: “No podemos aterrizar un avión en una carretera porque la hundiríamos”
Por décadas, las producciones cinematográficas han promovido la visión de que, en una crisis, un avión de línea puede posarse en cualquier área plana: una autopista desierta, un trayecto secundario o incluso una vía metropolitana. No obstante, lo cierto es muy diferente.
Lo detalla con precisión Ramón Vallés, aviador profesional con una trayectoria superior a las tres décadas y 28.000 horas de vuelo en la cabina: “¿Un aterrizaje de emergencia en una autopista? No, la hundiríamos. El peso del avión destrozaría el suelo, no lo soportaría”.
No se trata de una capacidad técnica, sino más bien de un aspecto físico.
Ramón Vallés aclara durante su intervención en el podcast de la Roca Project que el inconveniente fundamental no reside en la destreza técnica del aviador, sino en un factor físico. “Las pistas de aterrizaje tienen un espesor de hormigón debajo que no te puedes imaginar”, comenta. No es únicamente la superficie de asfalto lo que importa, sino el conjunto de niveles estructurales inferiores diseñados para resistir el golpe de aviones que exceden con creces las 200 toneladas al tocar pista. Un camino común, independientemente de su amplitud, carece de la resistencia necesaria para aguantar tal peso: “Una carretera no está prevista para eso. Se hundiría, por supuesto”. Así, invalida la creencia popular alimentada por numerosos filmes donde una aeronave de pasajeros aterriza de urgencia sin dificultades en entornos ordinarios que claramente no están acondicionados para dicha maniobra.

El especialista asimismo refuta otra creencia común: que tomar tierra resulte esencialmente más arriesgado que elevarse. “No es que uno sea más peligroso que el otro. Ninguno de los dos lo es”, puntualiza con nitidez. Sin embargo, cada etapa posee sus propias características. Al despegar, la aeronave alcanza su mayor carga a causa del carburante y requiere una supervisión rigurosa de la rapidez y la extensión del asfalto.
Al tomar tierra, por el contrario, el aparato puede llegar a pesar hasta 80.000 kilos menos, aunque surgen otros elementos decisivos como las condiciones climáticas. Las ráfagas o el viento lateral logran dificultar seriamente la fase final del vuelo. “La pista es inmóvil, pero el viento te empuja y te saca de la trayectoria”, comenta Vallés. Con el objetivo de neutralizarlo, los pilotos practican métodos particulares en simuladores que recrean situaciones de gran exigencia.
Existen numerosas restricciones adicionales al momento de llevar a cabo el aterrizaje de una aeronave.
Sin embargo, hay restricciones precisas establecidas por el constructor de la aeronave. “Si hay más de 45 nudos de viento cruzado, que es una animalada porque estamos hablando de 80 por hora, ni se te ocurre intentarlo porque estás fuera de límites”, aclara. Dichos topes no son recomendaciones, sino reglamentos severos. Sobrepasarlos supone aceptar peligros intolerables y obligaciones legales. De igual forma sucede respecto a la visibilidad. En este aspecto Vallés se muestra igualmente categórico: “En un aeropuerto que no tiene equipos para un aterrizaje con baja visibilidad no pretendas hacerlo, te vas a matar”.
El sector aeronáutico actual se fundamenta en protocolos y acreditaciones sumamente rigurosos que excluyen cualquier tipo de espontaneidad. Respaldando tales limitaciones existen años de investigación en ingeniería aeronáutica y seguridad aérea que definen el diseño de los aeródromos y los requisitos operativos de las aeronaves comerciales. Debido a esto, pese a que las películas frecuentemente sugieran lo contrario, resulta imposible descender en cualquier lugar o de forma arbitraria, ya que la aviación es fiable justamente porque evita toda aleatoriedad. Además, la maniobra de toma de tierra no es tan sencilla como localizar una superficie plana y descender.
