La bomba ambiental que supone tener miles de buques llenos de fueloil hundidos en los océanos
Contaminación
A medida que pasa el tiempo, los cascos abandonados sufren una degradación constante. El acero se corroe, las juntas pierden hermeticidad y los carburantes residuales y los aceites de máquinas se filtran al agua

Un buque de guerra japonés hundido en 1942 en el océano Pacífico

En diciembre de 1918, el buque HMS Cassandra, un crucero ligero británico construido durante la Primera Guerra Mundial, se hundió tras chocar con una mina naval en el mar Báltico, cerca de la isla de Saaremaa (Estonia). En el naufragio murieron 11 tripulantes. El pecio, como se denomina a los restos de una embarcación hundida, se encontró 92 años más tarde, en 2010, a 100 metros de profundidad.
Fue hallado por una expedición marina del Programa de Gestión de Pecios del Ministerio de Defensa británico. Los científicos detectaron pequeñas fugas de combustible, una contaminación que producto del cambio climático -aumento de la temperatura de los océanos y el cambio de la acidez del agua- podría acelerarse en las próximas décadas.
Más de 8.500 naves “potencialmente contaminantes”

A medida que pasa el tiempo, los cascos abandonados sufren una degradación constante. El acero se corroe, las juntas pierden hermeticidad y los carburantes residuales y los aceites de máquinas se filtran al agua, explica el investigador de naufragios, Matt Skelhorn, director de este programa del Reino Unido. Para la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), la red ambiental más grande del mundo, se trata de una “bomba medioambiental” oculta en más de 8.500 buques que permanecen abandonados en el océano.
En total, esta organización cifra en 3 millones las naves hundidas en todos los mares del planeta, de las cuales 8.500 han sido catalogadas como “potencialmente contaminantes”. Se estima que todos estos barcos guardan aproximadamente 25 millones de toneladas de fueloil pesado. Para dimensionar la cantidad, UICN pone de ejemplo dos grandes episodios de derrame de petróleo, el del buque Exxon Valdez en Alaska (1989) y el de la plataforma petrolera Deepwater Horizon, en el sureste del delta del río Mississippi (2010). El combustible enterrado en los barcos hundidos representa 545 veces más que la primera catástrofe y 30 veces superior a la segunda.
Es probable -advierte esta organización- que el cambio climático “acelere el proceso de desintegración de los naufragios”. Tras muchas décadas de corrosión, se proyecta que las fugas de buques hundidos alcancen sus niveles máximos entre 2030 y 2040. “Pero los científicos aún no disponen de datos suficientes para pronosticar cuándo o dónde se producirán fugas individuales. Por tal motivo, los países deben desarrollar una nueva norma internacional para orientar las acciones y priorizar los recursos”, piden los directivos de UICN.
Un problema global con muchas lagunas
La contaminación marina provocada por buques hundidos -aclara esta entidad- es un problema global y transfronterizo que afecta a las personas, el medio ambiente y las economías de todo el mundo.
Los impactos regionales de la contaminación causada por naufragios pueden ser “devastadores”. Entre ellos se incluyen la pérdida de poblaciones de fauna silvestre (incluidas especies de peces de importancia comercial) y daños a ecosistemas costeros y marinos como manglares y arrecifes de coral. “Esto, a su vez, amenaza la seguridad alimentaria, los medios de vida y los demás beneficios que estos ecosistemas brindan a las comunidades”, detalla UICN.
La contaminación también puede representar una “amenaza directa para la salud humana”. Las investigaciones científicas recopiladas para esta organización sugieren que comer pescado expuesto a sustancias químicas presentes en algunos naufragios puede ser tóxico y cancerígeno.
El informe de UICN reconoce que el coste financiero de responder a la contaminación causada por naufragios es “prohibitivamente alto” para muchos países, más aún cuando no está claro quién es responsable de esta inversión. Pero las actuaciones preventivas son siempre más económicas respecto a los impactos de esta contaminación, se aclara.
El buque USS Mississinewa se hundió en 1944 en aguas de los Estados Federados de Micronesia. Tras una tormenta en 2001, la Armada de los Estados Unidos extrajo miles de toneladas de petróleo del buque. El operativo costó 6 millones de dólares, “una fracción de lo que habría costado reparar la fuga de petróleo”.
El Mar del Norte, un impacto documentado
En 2022, científicos belgas descubrieron que los barcos hundidos durante la Segunda Guerra Mundial influyen en la microbiología y la geoquímica del fondo del Mar Norte, donde descansan. La investigación demostró que los restos de estas naves siguen 80 años después filtrando contaminantes peligrosos, como explosivos y metales pesados, en el sedimento del fondo oceánico
“El público en general a menudo está bastante interesado en los naufragios debido a su valor histórico, pero el impacto ambiental potencial de estos naufragios a menudo se pasa por alto”, explica Josefien Van Landuyt, de la Universidad de Gante, una de las autoras de este trabajo.
Para analizar la bioquímica y la geoquímica alrededor del naufragio, los investigadores tomaron muestras del casco de acero y del sedimento y sus alrededores, a una distancia cada vez mayor y en diferentes direcciones.
Encontraron diversos grados de concentración de contaminantes tóxicos dependiendo de la distancia desde el naufragio. En particular, encontraron metales pesados (como el níquel y el cobre), hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAH, químicos que se encuentran naturalmente en el carbón, el petróleo crudo y la gasolina), arsénico y compuestos explosivos. “Aunque no vemos estos viejos naufragios, y muchos de nosotros no sabemos dónde están, aún pueden estar contaminando nuestro ecosistema marino”, resumen los autores de la investigación.
Qué se puede hacer
Dada la gran cantidad de naufragios en todo el mundo y la aceleración de las fugas por el cambio climático, las acciones para prevenir la contaminación deben formar parte de la agenda internacional, pide UICN.
Como primer paso, se necesita un reglamento para determinar las mejores prácticas y clasificar los buques hundidos según sus posibles impactos ambientales, sociales y económicos. “La aplicación de esta norma internacional ayudará a los gobiernos a saber cómo, dónde y cuándo actuar, y a asignar los recursos globales de forma más eficaz”, explica la organización.
Los expertos también piden reforzar los programas de investigación “para combinar datos históricos, evaluaciones económicas y de biodiversidad local, así como análisis de patrones climáticos, corrientes, salinidad y temperatura del agua, actividad sísmica y cartografía detallada del fondo marino. “Los equipos de investigación deben priorizar la recopilación de esta información, y los gobiernos, fundaciones, actores marítimos y otros financiadores deben apoyar esta labor”.
Otra clave pasa por la colaboración de los Estados, principalmente entre gobiernos vecinos para poder gestionar los impactos transfronterizos. La cooperación también es muy importante entre los Estados de abanderamiento -que mantienen la soberanía sobre los buques hundidos- y los Estados ribereños, en cuyas aguas territoriales se encuentran los naufragios.
Para UICN, la Organización Marítima Internacional (OMI), como organismo de las Naciones Unidas que regula el transporte marítimo mundial, puede facilitar la colaboración a través de los marcos existentes, y podrían introducirse disposiciones para la gestión de la contaminación causada por naufragios en aguas internacionales a través del Tratado de Alta Mar de las Naciones Unidas (TBA).
En este esquema de trabajo, los gobiernos nacionales deberían incorporar a los naufragios en su planificación espacial marina y de contingencias. Estos protocolos, por ejemplo, podrían detener la propagación de la contaminación eliminándola de los restos del naufragio.



