Opinión

El sexo como motor político

la comedia humana

Vamos a hablar de sexo hoy. ¿Tengo vuestra atención? Bien. Pero consejos, no. Eso, para otro día. Nuestro foco de atención será hombres célebres, vivos y muertos, cuyo motor o talón de Aquiles fue o sigue siendo algún tipo de complicación sexual. Empecemos por Hitler.

Durante la Segunda Guerra Mundial los soldados británicos se entretenían cantando una canción titulada Hitler has only got one ball. La traducción literal sería “Hitler solo tiene una pelota”, aunque mi sensibilidad poética me inclinaría a cambiar pelota por huevo. La canción se basaba en un rumor, pero resulta que podría haber tenido un punto de veracidad.

Investigadores de la Universidad de Bath, en Inglaterra, dicen haber establecido que el líder nazi sufrió un desorden genético llamado síndrome de Kallmann, que impide la progresión normal de la pubertad y el desarrollo de los órganos sexuales. Se basaron en una muestra de sangre obtenida por un coronel­  norteamericano de la tela del sofá en el que Hitler se suicidó en su búnker berlinés el 30 de abril de 1945.

  
  Oriol Malet

Según cuenta The Times de Londres, tras entrevistar a la profesora al mando de la investigación sobre el ADN hitleriano, sus niveles de testosterona habrían sido muy bajos y existe un 10% de posibilidades de que hubiera tenido un micropene. Conclusión de los académicos: la dificultad que habría tenido para desarrollar relaciones sexuales explica su fanática devoción al poder. Ausente el apetito sexual, Hitler concentró toda su voracidad en su misión de exterminio y conquista mundial.

¿Demasiado fácil? Quizá, pero no sería la primera vez que se detecta una conexión determinante entre el sexo y el poder, aunque los casos mejor conocidos se basan más en el exceso que en la escasez del imperativo biológico sexual. Tenemos la obsesión con Dalila que acabó destruyendo a Sansón; la de Marco Antonio con Cleopatra, que precipitó su derrota ante Octavio Augusto en la guerra civil romana; la de Enrique VIII de Inglaterra con Ana Bolena, que lo llevó a romper con la Iglesia católica; la de Bill Clinton con Monica Lewinsky, que manchó no solo el vestido de la becaria sino su reputación presidencial, y la de Donald Trump con no se sabe muy bien quién, o si algo hubo o no... Pero a ver qué pasa.

Hablamos, claro, del caso Epstein, obsesión de buena parte de la tribu MAGA (Make America Great Again), en cuyo fervor casi religioso se sostiene todo el edificio de poder del presidente de Estados Unidos. Lo único que podría menguar la fe de los devotos sería el descubrimiento de que Trump participó de alguna manera en el abuso sexual de menores orquestado por el pederasta fallecido Jeffrey Epstein. Eso no lo perdonarían y conduciría inevitablemente a una enorme pérdida de votos para su Partido Republicano, cuyos congresistas no tendrían más remedio que dejar de cederle el poder prácticamente absoluto que le ha permitido dar rienda suelta a sus instintos antidemocráticos dentro y fuera de su país.

Lo que no perdonarían los devotos MAGA sería que Trump hubiera participado en abuso sexual de menores

Una noticia esta semana amenaza con abrir las primeras fisuras en la torre trumpiana. Los demócratas de la Cámara de Representantes publicaron tres correos electrónicos en los que Epstein involucró a Trump personalmente en su trama de tráfico y abuso de chicas menores de edad. En uno de los e-mails, Epstein escribe que Trump “pasó horas en mi casa” con una de sus víctimas; en otro, que “sabía sobre las chicas”.

Inevitablemente, la portavoz de la Casa Blanca dice que se trata de fake news, fenómeno del que tiene mucho conocimiento. Todo indica que los e-mails no son fake, pero, aunque lo fueran, ya existen un cúmulo de pruebas circunstanciales que apuntan a que algo huele mal, a que algo podrido hay en la relación Epstein-Trump. Trump pregunta: “Todavía estamos hablando de Epstein?”. El tema está “muerto”, dice. Pues no. Epstein sigue alborotando desde la tumba.

De momento, los únicos que han sufrido las consecuencias de su amistad con él han sido tres extranjeros, todos de Inglaterra. Ghislaine Maxwell, encarcelada por ser su principal procuradora de presas sexuales; el expríncipe Andrés, despojado de todos sus títulos por su hermano el rey, y lord Peter Mandelson, despedido como embajador británico en Washington hace dos meses. Pero es bien sabido que docenas de estadounidenses de alto perfil viajaron alguna vez en el Lolita Express, el avión privado en el que Epstein llevaba a senadores, presidentes de empresas y millonarios varios a la isla caribeña donde tenía su harén. No olvi­demos a Bill Gates, cuya exesposa, Melinda, dijo que le pidió el divorcio en parte por su amistad con el pederasta.

Trump: “No sé nada sobre los correos de Epstein" Video

Trump: “No sé nada sobre los correos de Epstein"

AFP

La presunción general es que el Congreso ordenará que se hagan públicos todos los “archivos Epstein”

Hay más cosas. Maxwell está recibiendo un trato inusualmente amable para alguien declarada culpable de ser una abusadora sexual en serie. Fue trasladada hace poco de una prisión severa a algo más parecido a un hotel. ¿Será pura casualidad que Maxwell haya declarado que nunca vio a Trump “en un contexto inapropiado”? ¿O que el FBI, el Departamento de Justicia, la mayoría de los congresistas republicanos y demás perritos falderos de Trump hayan hecho todo lo posible para evitar que la abundante documentación policial sobre Epstein salga a la luz?

Lo relevante no es que estas preguntas las hagamos los periodistas sino que las están haciendo un creciente número de fieles MAGA en las redes sociales. La presión está teniendo resultados. Ahora, señal de que el poder de Trump empieza a diluirse, la presunción general es que el Congreso ordenará que se hagan públicos todos los “archivos Epstein”. Muchos hombres ricos y poderosos estarán temblando. ¿Trump es uno de ellos? ¿Y aunque­ lo sea, se acabará saliendo con la suya el que dijo una vez, con cierta razón, que podría cometer un asesinato en la Quinta Avenida de Nueva York y no le pasaría nada?

Puede ser, pero el consenso en el mundo político de Washington es que Epstein es su flanco más débil y aunque sus predilecciones sexuales, sean las que sean, no pongan fin a su estadía en la Casa Blanca, es posible que la historia diga que marcaron el principio del fin del apoyo incon­dicional de los suyos en el que se basa su todopoderosa presidencia imperial.

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