El deslumbrante centro de Barcelona

Doy una vuelta por esa carrera de obstáculos que es el centro de Barcelona poco después de que se encienda la iluminación navideña. Las obras en la Rambla la deslucen paradójicamente. Y es cansino que, convertida en marca y en marco, el nombre de la ciudad tenga que aparecer en luces de neón –o de led– rojo Vinçon para identificarse en las selfies. Unas selfies que la gente se hace temerariamente en medio de la calzada, no siempre cuando los coches están parados en los semáforos de paseo de Gràcia. La plaza Catalu­nya queda mejor en las fotos que en directo, básicamente porque es fea y solo el encuadre puede disimularlo.

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Àlex Garcia / Propias

Me gusta el proyecto Flor, de las diseñadoras Marta Cerdà y Ester Pujol en Via Laietana. Aunque es un homenaje a los panots, recuerda a los móviles de nácar, con colores delicados y elegantes, nada histriónicos. De hecho, la propuesta tiene un impacto ambiental mínimo. Es raro que se lea “Ho ho ho” de camino al mar y “Oh oh oh” en dirección contraria. Pero dejando eso al margen, agradezco su reducción del 93% de contaminación lumínica. Sobre todo porque, al bajar la vista y devolverla a pie de calle, me deslumbran los interiores de las tiendas del centro histórico. Sale de los escaparates una luz blanca y agresiva que desentona con las paredes centenarias y aturulla al paseante. De repente tengo mil preguntas que podrían resumirse en una sola: ¿por qué?

Para ir por Jaume I y las calles colindantes vale más ponerse gafas de sol cuando el sol se pone

¿Quién querría entrar en esas tiendas cegadoras? ¿Cuánto tiempo puedes aguantar dentro sin tener dolor de cabeza? ¿Se confunde llamar la atención con atraer? ¿Qué sentido tiene iluminar cuidadosamente una cafetería de corte clásico si al lado te abren un local de souvenirs que lanza rayos estroboscópicos?

Para ir por Jaume I y las calles colindantes vale más ponerse gafas de sol cuando el sol se pone. Ni los faros de las largas deslumbran tanto. Del mismo modo que el reglamento supuestamente establece un nivel máximo de decibelios, ¿no tendría que haber un límite de intensidad lumínica?

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Entonces veo que cada vez más establecimientos optan por esa luz que eclipsa incluso la iluminación navideña. Supongo que estimula algún tipo de neurona que funciona como interruptor para comprar o emula la obnubilación de estar frente a una pantalla. No sé, en todo caso para mí resplandecer es otra cosa.

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