Con la venia de Cerdán, Ábalos, el expresidente de la Diputación almeriense y demás, la familia Pujol ha dominado esta semana la crónica de tribunales, tras la apertura en la Audiencia Nacional de su juicio por presuntos delitos de asociación ilícita, blanqueo de capitales...
Jordi Pujol junto a su hijo Oriol
Si algo abunda en España, es la corrupción política, gentileza de partidos que dicen ser diferentes pero pisan el mismo charco y luego se echan por la cabeza las respectivas fechorías –como cojos que se reprocharan su cojera–, en lugar de acordar su erradicación.
No habrá para Pujol condena peor que la pérdida del halo que quiso para la posteridad
Dicho esto, el caso de los Pujol es singular. Porque, en sus 23 años en la Generalitat, el expresident encarnó el rol de padre de la patria. Porque la causa ha prosperado con la ayuda de una policía patriótica que desacreditó al Estado al querer desacreditar a independentistas. Y porque no afecta solo, como tantas otras, a políticos, partidos y sus constructoras favoritas, sino a una familia de la que se esperó una transmisión de valores ejemplar.
Antes de fallarse, este juicio ya es catastrófico para los Pujol, investigados del primero al último y con peticiones fiscales de entre 8 y 29 años de cárcel. Pujol será reivindicado por sus afines como artífice de la Catalunya actual. Pero tan patético final manchará su memoria y nada bueno dice del país.
De este inicio del juicio resaltaría dos decisiones de calibre dispar: la del tribunal de no exonerar al expresident, pese a sus 95 años y sus síntomas de deterioro cognitivo, y la de sus hijos al evitar llegar juntos a la Audiencia, no vaya a ser que su foto evoque una viñeta de los hermanos Dalton e ilustre en algunos medios desafectos su presunta asociación ilícita.
Las lecciones del caso son ya varias. Primera: 23 años en el poder facilitan el desarrollo de un entorno corrupto y protegido. Segunda: la instrucción judicial debería ser mucho más diligente y, también, excluir los elementos prefabricados que acaso vicien el proceso. Tercera: si se probaran los delitos, la justicia no podría sino obrar en consecuencia. Aun sabiendo que el patriarca Pujol, por más años que viva, no sufriría en la cárcel peor condena que la ya impuesta por la pérdida del halo de gran benefactor que quiso para su posteridad.
