Esos fondos de armario

El día que buscas desesperadamente un jersey negro de cuello alto entre aquellas prendas que, será por el cambio climático, llevan años amontonadas en el fondo, muy fondo, del armario y no lo encuentras, acabas comprando otro y, finalmente, das con el primero, te das cuenta de que lo tuyo con la ropa es un peligro.

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Àlex Garcia

Conozco gente, es rara, lo sé, pero muy ordenada, que hace inventario de las prendas y objetos varios que guarda para evitar repeticiones o compras innecesarias y hasta tiene un cuaderno en el que anota todo lo que conserva para encontrar, cuando lo necesite, esos porsiacaso. Una gabardina que solo usas cuando llueve pero no hace mucho frío; un plumón para cuando bajan las temperaturas; un jersey de lana gruesa para una excursión; unas botas de agua de cuando eras joven y esas bufandas y guantes que desde hace años abrigan únicamente las cajas en las que duermen. Guardar y guardar durante años para que, el día que sorpresivamente las busques, porque bajan las temperaturas o por un viaje a un clima diferente, no haya manera de encontrarlas.

Guardar y guardar prendas para que, el día que sorpresivamente las busques, no haya manera de encontrarlas

Un viejo, y trasnochado, aforismo afirma que una mujer es alguien que cree que siempre le sobran kilos y le faltan armarios. Porque esa es otra, quién no guarda vestidos de cuando usaba cuatro tallas menos, pensando inocentemente que en algún momento recuperará la figura. Pero pasa que, en esa improbable recuperación, tanto tú como la moda ya no sois las mismas. Por no hablar de la colección de prendas a las que concedes ese uso, tan de nuestras madres, de “estar por casa”: se han quedado viejas para la vida social, pero aún mantienen su utilidad cuando nadie te ve, y ahí están resistiéndose a ser retiradas de la circulación.

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En definitiva, mis armarios (y tengo unos cuantos) parecen un almacén, y esa ausencia de inventario o de memoria los convierte en cuevas oscuras en las que no hay manera de encontrar nada de lo que puedas llegar a necesitar. Resultado: acabas yendo a una tienda de las baratas para acabar comprando algo que sabes fehacientemente que ya tienes.

La sociedad de consumo nos ha convertido en sujetos presos de nuestras propiedades, de esas prendas de vestir, utensilios de uso doméstico, tipo juegos de cama, toallas, vajillas, adornos y artilugios varios, que llenan todos los huecos de armarios y las estanterías, repletas de cajas en las que es imposible encontrar hasta ese martillo con el que te darías en los nudillos por tu mala cabeza y, aún peor, por esa manía de acabar sumando nuevos objetos que, más que facilitarte la vida, te la acaban complicando.

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