Opinión

Hiperrealismo surrealista

Llamamos surrealismo al movimiento artístico y literario que, André Breton de por medio, se opuso al racionalismo y exploró los sueños, el inconsciente y los automatismos creativos. En español nos costó entender que sus seguidores entraban en una realidad por encima de la realidad: surréalité. El hiperrealismo, en escultura y pintura, pretende un verismo fotográfico. O sea, que son dos caras de la misma moneda y lo de hiperrealismo surrealista no es un oxímoron, como pudiera parecer, sino un método crítico de creación que tengo para mí que es el que ha seguido nuestro Tribunal Supremo (de lo bueno, lo mejor; de lo superior, lo supremo) para condenar al ex fiscal general del Estado. Como no soy jurista ni nada que se le parezca, me permito a mi vez criticar a los magistrados por haber impuesto el principio de la realidad aumentada.

 
 Chema Moya / EFE

Si a un bulo se responde con una nota de prensa aclaratoria en la que se deslizan cosas que deberían ser secretas, parece lógico que se inhabilite a la autoridad responsable. Hasta ahí, hiperrealismo puro. Ahora bien, si se pone la lupa con tales aumentos, tal vez se pierde la perspectiva y no se ve, por ejemplo, que las filtraciones son moneda corriente en nuestros juzgados y que, vaya por Dios, varios periodistas disponían del celebérrimo correo mucho antes de que obrase en poder del fiscal general. Ahí ya entramos en el campo del surrealismo y se sanciona con un automatismo y cierta voluntad onírica.

Yo creía que si el fiscal llegaba al banquillo, debía dimitir por el bien de la institución

Al final, la justicia sufre un escarnio que tal vez era inevitable pasase lo que pasase, pero lo cierto es que la realidad queda retratada en una posición extravagante. Como si padeciese un exceso de realidad y de fantasía al mismo tiempo.

Lego en la materia –insisto–, en su día creía que, si llegaba al banquillo el fiscal general, debía dimitir ipso facto por el bien de la institución y de las instituciones. Y que ese mismo día podía, qué sé yo, denunciar por prevaricación al juez instructor o poner el grito en el cielo. Asumir, en fin, que parte de su actuación era política y que mejor defenderse pública y políticamente.

Nada me hubiera parecido más realista que aceptar que la política es una cosa y la justicia es otra. Aunque se crucen e interpelen en, ahí sí, permanente oxímoron.

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