Hace ya muchos años que, por un motivo o por otro, acabo pasando algunos días en el País Vasco. Ya sea en algún hotelito remoto o bien en Vitoria, donde hay familia, o en la tan amada por Ernest Lluch San Sebastián. O, por supuesto, en Bilbao, la ciudad que probablemente ha experimentado la mayor transformación a mejor de todas las urbes peninsulares. Aún recuerdo el Bilbao de mis primeras visitas en mi infancia, con aquella ría pestilente y aquel cielo permanentemente negro y sucio. Sí, Bilbao se ha transmutado en una capital sorprendentemente moderna y tradicional a un tiempo. Y vale la pena aprovechar cualquier motivo para llegarse hasta ese Bilbao renovado y limpio.
Hace un par de semanas estuve, en plena ola de frío y lluvia, pero disfruté, como siempre, de mi paso por Bilbao. Quedé para almorzar con el presidente del Gremio de Editores de Euskadi, José Manuel Díaz Osés, que es un buen amigo con una cabeza privilegiada y un paladar de división de honor. Nos citó a un trío de catalanes en el restaurante Zárate, o Zarate Jatetxea (por cierto, el mejor arroz socarrat que creo haber comido nunca, y que me perdonen los amigos valencianos). El restaurante está en Poza Lizentziatuaren Kalea, es decir, en la calle del Licenciado Poza. Y por si tuviesen ustedes curiosidad por quién fue el tal Licenciado Poza, se lo resumo. Andrés de Poza Yarza, conocido como el licenciado Poza, fue un cosmógrafo, jurista, militar, geógrafo, lingüista y escritor español del siglo XVI. Pasó sus primeros años en Amberes y estudió en Lovaina. En Flandes inicio una carrera militar y política en la que actuó más como interventor que como soldado. Luego se pasó una década estudiando en Salamanca. Y de allí salió políglota y sabio. Hablaba español y vasco, más latín, flamenco, francés, inglés y alemán, al menos. En 1585 dio a la imprenta un completo tratado de náutica, Hydrografía , para más tarde describir puertos e inventariar costas. Uno de esos gigantes olvidados de nuestra historia.
Pero lo de que tenga calle en Bilbao más bien es por dos razones añadidas a sus variados talentos: una, que se apuntó a la causa del vascoiberismo, una teoría que tuvo bastante predicamento a lo largo del siglo XVI y que emparenta filogenéticamente la lengua vasca (deberíamos hablar de un protoeuskera; el actual es otra cosa) con la lengua íbera, de tal forma que ambas podrían hasta ser la misma lengua o derivar de algún tronco común. No les aburro con esto, pero si me permiten un reduccionismo salvaje y un poco esperpéntico, les diré que desde Estrabón hasta el inefable Wilhelm von Humboldt, son varios los autores que han venido a defender que los vascos son los primeros habitantes de la Península, algo así como los españoles primigenios. Vamos, que disputas lingüísticas al margen, los vascos serían el epítome de lo español.
Con todo, les he dicho que había una segunda razón vasca para alabar a Poza. Y ella es que defendió por escrito el privilegio de nobleza para todos los vascos cuando tal privilegio empezaba a ser discutido por Castilla. Ya me dirán si no se merece una calle en Bilbao. También se echa de ver qué poco han cambiado algunas cuestiones por más siglos que hayan pasado. Porque la nobleza que defendía Poza conllevaba título de propiedad y, por ello, hablábamos de tierras y dineros.
Esto de que los vascos puedan llegar a ser nuestros ancestros más remotos va más allá de la ironía
Aun podríamos añadir una tercera razón, que es que el licenciado fue el padre del jesuita y escritor Juan Bautista de Poza, quien redactó una Práctica de ayudar a bien morir que se tradujo a todas las principales lenguas europeas. Aunque este jesuita acabó sus días en Ecuador, probablemente desterrado por un asuntillo con la Santa Inquisición a cuenta de un librito sobre la Virgen. Dan ganas de escribir que no seguimos igual pero que somos lo mismo…
Esto de que los vascos puedan llegar a ser nuestros ancestros más remotos va más allá de la ironía retrospectiva. Entre otras cosas, porque hace ya unos años que los gobiernos españoles dependen de lo que decidan los jeltzales. Y porque, en la tradición de los pintxos bilbaínos, tanto las gildas como los bilbainitos lucen unidos y atravesados. Habría que preguntarse quién empala a quién.
