
Un hombre decide por todas
La religión ha formado parte siempre del ADN de Mónaco. Su propio nombre lo señala, una derivación del griego Monoikos, como se denominaba el templo que antiguamente dominaba La Roca dedicado a Heracles (el romano Hércules), ese héroe de los trabajos imposibles. Y les fue propicio, aunque ahora a sus habitantes les suene mucho más otro dios con el acento afrancesado, Hermès. En su escudo aparecen unos monjes armados. Y no por las cruzadas. Hace referencia a cómo el primer Grimaldi tomó el poder de estas tierras a finales del siglo XIII: disfrazándose de monje para no levantar sospechas y aprovechando el hábito para ocultar la espada. Muy ingenioso. Quizá Hércules inspiró su hazaña. Y el tercer elemento: el lema, que reza en latín “Deo Juvante” (con la ayuda de Dios). Una ayuda inestimable que ha convertido a los Grimaldi en la casa reinante más antigua de Europa.

El actual príncipe, Alberto II, sigue teniendo en cuenta esta ayuda y ha sorprendido tomando una decisión poco habitual en tiempos, todavía, de democracia. Como no ocurre en otras monarquías europeas, conserva poderes ejecutivos y valiéndose de ellos ha impedido que el pequeño país permita el aborto. Poco le ha importado que el Parlamento aprobara con una amplia mayoría una ley que incluso llegaba tarde y que permitía interrumpir el embarazo hasta la semana 12 de gestación, ampliable a 16 en caso de violación.
Alberto II de Mónaco ha sorprendido negándose a firmar la ley del aborto
Pero no, en Mónaco el aborto todavía es ilegal. Solo se permite bajo tres circunstancias: violación, riesgo grave para la vida de la madre o una malformación fetal severa. Por ello, es más que habitual que las mujeres que deciden ponerlo en práctica acudan principalmente a clínicas francesas de Niza y Marsella. Hecha la ley, hecha la trampa. Aunque en este caso la ley brille por su ausencia.
Los Grimaldi, esa familia tan ejemplar a ojos de Dios, practican con su ejemplo. Divorcios, escándalos, ostentación de lujo, hijos fuera del matrimonio, infidelidades… Legitimado con su buen hacer, Alberto, un solo hombre, impone su voluntad en contra de la de su pueblo. Y toma una decisión que solo debe pertenecer a las mujeres, por muy príncipe que sea. Esperemos que en su involución e hipocresía no se le ocurra pedir el derecho de pernada. Aunque parece que ya lo ha practicado bastante.

