Opinión
Olga Merino

Olga Merino

Periodista

Rufián, la ‘cobra’ y la cuerda

Manual de resistencia. ¿Hasta dónde dará de sí el pellejo coriáceo del presidente Sánchez? Si bien es cierto que hasta la fecha no se ha demostrado financiación ilegal alguna del PSOE, la navegación hasta el final de la legislatura, aun aspirando al mero cabotaje, se antoja difícil con dos torpedos en la línea de flotación: la supuesta red de comisiones ilegales, indignante para el ciudadano que paga sus impuestos como un bendito, y el acoso sexual, el hecho de que un partido de izquierdas silbe mirando hacia otro lado (Paco Salazar y su bragueta). Hace falta un revulsivo. Sumar también ha tenido que mover ficha. Ya sabemos dónde hace más pupa la abstención.

 
 Javier Lizón / EFE

Listeza. Gabriel Rufián ha encadenado gags de alto voltaje político empleando objetos diversos: mostró en el Congreso una impresora republicana Samsung; las 155 monedas de plata (simbólicas) para Judas Puigdemont; un juego de esposas, y ahora, en la comisión de investigación por la dana, el trozo de cuerda a la que se había agarrado una niña china antes de morir arrastrada por las aguas. Rufián no solo le dedicó una cobra a Salomé Pradas, negándole el saludo con un par de besos –estaba en su derecho–, sino que la hizo llorar a lágrima viva. ¿Se pasó de frenada? Puede. Pero no es menos cierto que el portavoz de ERC ha protagonizado alguna intervención parlamentaria estelar, sobre todo cuando eleva la visceralidad discursiva hacia la ironía. Rufián tiene esa chispa de la calle, del barrio de Fondo, en Santa Coloma, la intuición de dar en el clavo. “¿De qué sirve un país que va como un tiro si a la gente no le llega?”. Bum.

Sobremesas familiares. Según el Atlas de la polarización en España, alrededor del 14% de los españoles habría roto en el último año con amigos o familiares por discusiones políticas. Aquí, en Catalunya, estamos cauterizados después de una década de Pascuas procesistas en que saltaron por los aires grupos de WhatsApp, se partió el turrón de Alicante al estilo yudoca y se encadenaron portazos y ausencias repentinas. ¡Qué van a contarnos! Ahora permanecemos en una especie de nube vaporosa, viendo pasar el río caudaloso de la vida con la sonrisa beatífica de un buda. ¿Gresca doméstica? ¡Bah! Galets, Frenadol y laissez-passer.

Quizá se pase de frenada, pero el portavoz de ERC tiene el don de la intuición, conecta con la calle

Luminarias. Cada vez que paso por la calle Aragó, entre el paseo Sant Joan y la calle Muntaner, se me rebela el Grinch gruñón, el mister Scrooge que casi todos llevamos dentro. Me refiero a las guirnaldas que, como un funesto coro griego, van repitiendo en bucle frases hechas del acervo navideño: quién trae el cava, más escudella, mañana canelones… Lo siento, no conecto. Prefiero la sutileza lumínica al costumbrismo del inevitable atracón. Dicen, además, que estas serán las Navidades más caras de la historia, un 20% más que el año pasado. No cuadran los números ni con las cuentas de Rufián: tres filetes de ternera y tres rodajas de salmón, 30 euros. No sé.

Noche en vela. De nuevo en urgencias, esta vez con mi madre. La sientan en una silla, le ponen una vía con suero. La sala del triaje está hoy atestada de gente joven por los virus respiratorios, supongo. Charlo con una chica a la que le ha dado “un chungo” en el metro. Aunque llevamos vidas hiperaceleradas, la naturaleza engañosa del tiempo se revela en las horas muertas de los hospitales. No corre el minutero. Salgo a fumar, entro de nuevo en el box, vuelvo a salir para dar una vuelta a la manzana, intento leer, voy al váter, leo las inscripciones tras la puerta: “Puto jefe de turno”, “qué guapo el morito del SEM” (sistema de emergencias médicas). La chica del metro se larga harta de esperar, acompañada de su novio. ¿Dónde están los refuerzos para las guardias?

Suicidios. Pasan los días y no se me quitan de la cabeza las dos adolescentes que se quitaron la vida juntas en Jaén. ¿Cómo sobreviven las familias a ese mazazo? Pienso en dos mujeres concretas, en dos escritoras radiactivas, de estocada luminosa: la colombiana Piedad Bonnett y la malagueña Chantal Maillard. Sus dos hijos se llamaban igual, Daniel, y ambos se quitaron la vida de la misma forma en un mes de abril. La editorial Vaso Roto publicó Daniel. Voces en duelo, un libro poético y funerario con textos de las dos. Una lección de vida: sacar coraje a pulso de un pozo seco.

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