Opinión

Hartos de la tos en el teatro

El otro sábado la periodista acudió al teatro con la sana intención de escuchar el verso de Sagarra. Para La corona d’espines, el director había ocupado la inmensidad de la Sala Gran del Teatre Nacional de Catalunya con bien poco: una puesta en escena mínima, trajes de época, una dirección clásica –como en la producción de hace treinta años– y una estupenda interpretación de Àngels Gonyalons. Todo estaba donde debía estar. Hasta que se fue al garete.

Tanto arte del bueno resultó vilmente pisoteado por un recital de toses del público. Qué despliegue broncopulmonar. Carraspeos timbrados, gargajos con vocación solista, ataques de tisis ejecutados con entusiasmo orquestal. El patio de butacas convertido en un pulmón colectivo, pero enfermo.

 
 REDACCIÓN / Otras Fuentes

“¡Un caramelo de limón, agua, un chupito de Iniston, por Dios!”, quiso gritar la periodista en el entreacto.

En los momentos clave de la obra, cuando el verso exigía silencio reverencial, surgía siempre algún espontáneo dispuesto a expulsar los demonios de su tráquea. Hay personas con la habilidad de guardarse la tos veinte largos minutos para liberarla justo cuando la actriz pronuncia la frase que da sentido a la escena. Un talento incomprendido.

El patio de butacas convertido en un pulmón colectivo, pero enfermo

Desfilaron todas las variedades: la tos nerviosa, la irritante, la griposa –con esta última nadie debería pisar una sala de teatro–. Curiosamente, antes de levantarse el telón nadie tosía; bastó empezar la función para que aquello derivara en una orgía de gérmenes.

Tampoco faltó el santoral tecnológico. Móviles que sonaban o vibraban; teléfonos que caían al suelo con estrépito; pantallas encendidas en plena función; what­saps consultados con ansiedad. Individuos incapaces de permanecer dos horas sin verificar que el mundo sigue girando alrededor de su ombligo digital. Pagan entrada, sí, pero exigen derechos adquiridos: interrumpir, molestar y convertir el teatro en una prolongación del sofá de casa.

El problema es la tos. Y el teléfono. Y la mala educación. Pero, sobre todo, el hecho de que el teatro ya no se entiende como lo que es: un ritual colectivo excelso. Qué pena que la futbolización de la vida haya llegado hasta el escenario, y el esfuerzo de los artistas se diluya entre mucosidades y notificaciones del móvil.

Actrices y actores deberían plantarse de una vez. La legión de lanzadores amateurs de flemas se ha preparado a conciencia para arruinar el próximo espectáculo, y en enero vuelve la función a la Sala Gran del TNC: Maria Magdalena. Seguro que la víspera dormirán con el culo al aire y la ventana abierta.

Susana Quadrado Mercadal

Susana Quadrado Mercadal

Ver más artículos

Periodista. Redactora jefa en Sociedad. Antes, en Política, Cultura y Vivir. Premio Comunicació i Benestar Social del Ayuntamiento de Barcelona (1998). Colaboradora en RAC1