Las Claves
- El relato bíblico describe a Herodes como un monarca cruel que ordenó asesinar inocentes para mantener su poder político.
- La expulsión del instituto B9 de
Dentro de la narración del alumbramiento de Jesús de Nazaret, María y José carecieron de hospedaje en Belén, ciudad a la que acudieron para el censo, por lo que ella terminó pariendo en un establo. De acuerdo con el Nuevo Testamento, al desconocer la identidad del Mesías entre los infantes, el monarca Herodes decretó el asesinato de cada niño que no superara los dos años. Tales santos inocentes se convertirían en los mártires iniciales del cristianismo. Las escrituras sagradas deben interpretarse de forma simbólica. No hay registros históricos de esa masacre infantil, aunque los indicios sugieren que Herodes I el Grande actuó de manera tiránica y autoritaria, suprimiendo a sus rivales y mostrando tal recelo enfermizo por su poder que ordenó la ejecución de su esposa y un par de sus vástagos al sospechar que conspiraban para derrocarlo y ocupar su lugar.
Herodes destacaba por su crueldad, y la Biblia lo describe dispuesto a asesinar a inocentes para conservar su mando, al tiempo que, a través de la fragilidad que rodea a Jesucristo desde su nacimiento en un pesebre, se otorga humanidad al vástago de Dios. En efecto, fallecerá en el madero para redimir a la especie humana, después de consagrar su existencia a difundir que es preciso socorrer a los humildes y a los desfavorecidos. El afecto hacia los demás constituye el fundamento esencial del cristianismo. Debido a esto, lo presenciado recientemente tras la expulsión del instituto B9 de Badalona, durante el periodo de Navidad, bajo las bajas temperaturas y las precipitaciones, resulta prácticamente un indicio del Apocalipsis, en sentido figurado.
Existe una inclinación a experimentar compasión hacia el fuerte en lugar de hacia el desamparado.
Resulta real la pérdida de humanidad provocada por las narrativas de odio que se alimentan de la carencia de medidas sociales efectivas y que son impulsadas por quienes prometen remedios que solo empeorarán la situación. Se incrementa la aporofobia, ese temor y rechazo hacia las personas pobres. Aunque la criminalidad baja, durante el ejercicio previo han subido un 30% las agresiones hacia los individuos sin hogar, a quienes se señala penalmente simplemente por carecer de recursos.
Existe una inclinación a empatizar con quien ostenta el poder en lugar de con el desvalido, a pesar de encontrarse uno más próximo a este último. Tal visión resulta fundamental para la preservación de los dominios establecidos. Y esa benevolencia del “siente un pobre a su mesa” que solía caracterizar estos días, el apoyo mutuo indispensable en todo esquema social y la empatía humana, están siendo sustituidos por un desdén frontal propio de Herodes, el cual considera un peligro a los individuos que requieren mayor auxilio.
