Las Claves
- Cada diciembre surge la tendencia de atenuar la Navidad y sus iconos tradicionales para evitar incomodar a la sociedad plural.
- La festividad navideña representa una herencia cultural y
Cada diciembre reaparece la misma inclinación: aplicar recortes a la Navidad. Atenuarla, descafeinarla, neutralizarla. Alterar vocablos, iconos... Revestirla de un tono aséptico para evitar incomodar a nadie. “Buenas fiestas” resulta preferible a “Feliz Navidad”. Árbol sí, pero prescindiendo del belén. Reyes sí, aunque sin su trasfondo. Y si es factible, omitamos al niño, a los pastores e incluso al camello, no vaya a ser que algún individuo se sienta agraviado.
Residimos en un país laico, ciertamente. En una colectividad plural y múltiple, compuesta por personas de fe, agnósticos, ateos y variadas religiones (algunas que ni siquiera admitirían diálogos). Sin embargo, una cuestión es la tolerancia y otra muy diferente ese empeño casi fanático por suprimir las costumbres como si fuesen una infección de la que resguardarse. Como si la Navidad constituyera un intento de adoctrinamiento y no, meramente, una historia compartida a lo largo de las décadas.
La festividad navideña no constituye una obligación, sino una herencia que permite conmemorar la niñez de épocas pasadas y la venidera.
¿Realmente pensamos que los niños de progenitores no creyentes no instalan el árbol? ¿Que no aguardan a los Reyes durante la víspera del 5 de enero? ¿Que no redactan misivas, no sirven agua a los camellos, no amanecen con la mirada llena de asombro? La Navidad, para incontables hogares, representa recuerdo, niñez y sentimiento. Constituye una manera de medir el transcurso de los días y de volver a vernos.
Es posible carecer de fe en Dios y conmoverse ante una canción navideña. Uno puede definirse como ateo y evocar el nacimiento del hogar familiar. Resulta factible pronunciar “Feliz Navidad” sin que ello suponga un testimonio religioso. Debido a que no todo se reduce a lo literal o dogmático: también prevalece el peso cultural, simbólico o afectivo.
Parece que ahora es necesario reemplazarlo todo con el solsticio de invierno cual si se tratara de un hallazgo novedoso. Habría que ver cuántos integrantes del grupo del solsticio no festejan, de un modo u otro, la Navidad.
Efectivamente: llega el niño Jesús, y Melchor, Gaspar y Baltasar entregan oro, incienso y mirra. No hay inconveniente en afirmarlo. Se trata de la narración. De igual manera que integra nuestra memoria común el hecho de que cada 24 de diciembre alguien mencione “esta noche es Nochebuena” y que cada 25, ocurra lo que ocurra, resulte “fum, fum, fum”.
Permitamos que las costumbres sigan vivas. La Navidad no constituye una obligación, sino un legado; se trata de honrar la niñez de ayer y la de mañana. Olvidemos los prejuicios, ya que al despojar los ritos de su esencia no obtenemos imparcialidad: lo que surge es una realidad más carente, gélida y, fundamentalmente, melancólica.
