Las Claves
- Lauren Bastide y Carmen Alborch analizan cómo las mujeres conquistan su soledad frente a prejuicios sociales históricos y actuales.
- Tendencias actuales muestran que el divor
¡Por fin sola! (Enfin seule! ) es el título de una obra francesa de reciente aparición, cuya parte posterior indica: “Las mujeres han tardado siglos en conquistar el derecho de estar solas, de liberarse de la vigilancia del padre, del marido, de la sociedad. Hoy, por fin, pueden. Pero su soledad sigue estando mal vista. Incluso por ellas mismas, que a menudo la viven como un sufrimiento o un fracaso”. Al fusionar el examen histórico con la crónica individual, Lauren Bastide nos incita a modificar nuestra visión sobre esas mujeres que no dependen de nadie… o que, al menos, lo pretenden.
¿Nos resulta familiar? Desde luego que sí. Cerca de tres décadas atrás, Carmen Alborch sorprendió con una obra que impactó a toda una época: Solas (1999), la cual transmitía una idea idéntica; y durante ese tiempo, han surgido bastantes más, tal como el éxito de ventas de Kate Bolick Solterona (2015). ¿De qué manera se justifica tal reiteración? ¿Acaso permanecemos bloqueadas, sin avanzar ni retroceder? Movida por el interés, indago ligeramente. E incluso restringiéndome al trimestre más reciente, encuentro muchísimos ejemplos. Por citar uno: un texto de The New York Times, “Razones para poner punto final a un matrimonio largo y, en general, bueno” que ha ganado gran popularidad. Me evoca un relato noruego que descubrí recientemente, Una familia moderna, que narra algo muy similar: después de convivir durante años sin conflictos graves y habiendo criado tres hijos, una pareja de setenta años opta por la ruptura, simplemente para experimentar formas distintas de existencia.
Una pieza viral distinta: “Tener novio ¿se ha vuelto algo embarazoso?”, difundida en Vogue. Aparentemente, si una creadora de contenido soltera (o que no exhibe su relación en plataformas digitales) decide introducir a su pareja, su audiencia disminuye drásticamente. Esto le ocurrió a alguien llamada Z, una mujer de China con once millones de fans: compartió una publicación acompañada de un hombre para comunicar que esperaba un bebé, y de esos once, de forma repentina, se marcharon cuatro.
Asimismo, The Free Press plantea la interrogante: “¿Ha dejado de ser una tragedia el divorcio?”. Previamente, rememora, “era algo grave y triste…”, pero ya no sucede. En la actualidad hay personas que lo festejan: se percibe en algunos largometrajes (Mi fiesta de divorcio, de Hughes W. Thompson, 2019, Volveréis, de Jonás Trueba, 2024…) e incluso existen compañías expertas en preparar amenos y entusiastas “funerales del matrimonio”.
El dilema no se sitúa únicamente entre un alejamiento altivo o los métodos convencionales: existen múltiples alternativas en los márgenes.
En efecto, nada de esto resulta asombroso. Tal como señala Almudena Hernando en una obra esencial, La fantasía de la individualidad (2018), la época moderna implica un proceso de individualización. Una cuestión que, no obstante, es compleja para las mujeres, a quienes se nos exige “ser para los otros”. Para el género femenino, alcanzar la identidad propia representa un gran logro. No es coincidencia que Solas viera la luz poco tiempo después de Cómo ser mujer y no morir en el intento (Carmen Rico-Godoy, 1991), un volumen que criticaba, si bien mediante la ironía, la subordinación que el núcleo familiar o conyugal clásico ejerce sobre las mujeres.
Sin embargo, la cuestión ahora es: desde este punto, ¿hacia dónde nos dirigimos? ¿Qué porvenir, no menciono “nos espera”, pues el mañana no es algo dado que simplemente llegue, sino que está en nuestras manos; qué futuro deseamos? Tal vez (reconozco que me adentro en un terreno incierto) hombres y mujeres, pero principalmente mujeres –ya que para nosotras es una transición más consciente y con un coste superior–, estamos tan centrados en la autonomía y la honestidad propia que descuidamos los beneficios del vínculo humano. El acompañamiento, el apoyo, la lealtad…
Una vivencia propia me ha marcado profundamente, no puedo negarlo. En mi juventud, y desde mi postura feminista, defendía con firmeza la idea de suprimir la institución familiar. No obstante, al madurar, decidí adoptar —junto a quien era mi esposo en aquel tiempo— a un pequeño que vivía en un orfanato. Observando su mirada comprendí lo que implica verdaderamente —lejos de cualquier teoría ideológica— carecer por completo de una familia… Sea como sea, la disyuntiva no consiste en avanzar hacia un aislamiento altivo ni en retroceder a los modelos convencionales, pues existen múltiples alternativas laterales. Estas abarcan desde el acogimiento temporal de menores hasta residencias compartidas para envejecer con amistades, pasando por distintos vínculos familiares o múltiples clases de asociacionismo.
¿Gente que “no necesitan a nadie”?... En una ocasión, le consultaron a la antropóloga Margaret Mead sobre el indicio inicial de civilización que se conociera. ¿Tal vez un utensilio, como el hacha de piedra?… No, respondió ella: un fémur fracturado… y sanado. Un individuo que logró subsistir debido a que el resto se ocupó de él. Como nosotros.
