
Indignación y petróleo
Cuando se produjo la victoria electoral de Hugo Chávez en Venezuela en 1998, tras haber intentado un golpe de Estado años antes, una parte de la izquierda europea vio la oportunidad de seguir manteniendo un relato romántico-revolucionario a través del chavismo. Intelectuales como Ignacio Ramonet o Régis Debray y editoriales como La Découverte o Le Monde Diplomatique contribuyeron con sus libros y opiniones a proyectar la idea de que el programa político de Chávez permitía por fin romper el consenso liberal. Algunos defendieron el proyecto chavista hasta el extremo de justificar la concentración de poder de Chávez –la restricción de libertades y la persecución de sus detractores– como una respuesta defensiva necesaria para salvar al régimen de sus enemigos interiores y exteriores.

Desde la perspectiva de las democracias liberales, estas se opusieron a Chávez, primero criticándolo y posteriormente sancionándolo económicamente de manera cautelosa, para acabar, en los años posteriores a la llegada de Maduro al poder en el 2013, aislando al régimen y convirtiéndolo en un Estado paria. Hoy, tanto una parte de la izquierda como de los liberales, tras años de defender y criticar el chavismo, han llegado a la misma conclusión: que la revolución se había convertido en una parodia.
Gracias al petróleo de Venezuela, era posible mantener viva la revolución, al tiempo que se la corrompía
Tanto los neomarxistas europeos como los neoliberales coincidían ya entonces, tras observar la evolución política del chavismo, en afirmar que la fuerza y el futuro de Venezuela no radicaban en la ideología, sino en el petróleo. Venezuela posee alrededor de 300.000 millones de barriles de petróleo en su subsuelo y, gracias a su existencia, era posible mantener viva la revolución, al tiempo que se la corrompía. Del mismo modo, el petróleo era también el objetivo de quienes deseaban acabar con el régimen para restablecer un orden internacional en el que Venezuela volviera a estar sujeto a los dictados de Estados Unidos. Pasados veintiséis años, Estados Unidos ha decidido acabar con el régimen, alegando que se trata de una operación destinada a poner fin al narcoterrorismo.
Tanto los indignados de la izquierda verdadera, que siguen persiguiendo la manera de acabar con el dominio del capitalismo, como los engreídos neoliberales, que consideran que todo se puede comprar –incluso el derecho internacional–, consideran que la nueva etapa política en Venezuela se asentará en el viejo principio político, según el cual las únicas revoluciones permitidas son aquellas que mantienen intacto el sistema de explotación de los recursos naturales –el petróleo– por parte de Estados Unidos y de sus aliados.
