Opinión

La España bipartidista

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, no quiere dejar de gobernar España para poder desplegar su gran plan progresista: ampliar derechos sociales y salvar el Estado de bienestar. Alberto Núñez Feijóo, presidente del PP, quiere llegar a gobernar España para impulsar su agenda liberal-conservadora, orientada a recuperar la familia, el orden, y los valores de derechas con los que diluir la agenda woke. Ambos dirigentes políticos tienen grandes planes para España, basados en la idea de que, de forma alterna, unas veces gobernará el PSOE y otras el PP.

 
 Dani Duch / Propias

Tras los resultados de las elecciones autonómicas en Extremadura ha vuelto a deslizarse la idea de que PP y PSOE deberían empezar a colaborar para frenar el avance de Vox. Se sugiere de nuevo la necesidad de explorar el modelo de la gran coalición entre PSOE y PP, al estilo de Alemania, para gobernar en un momento de grandes retos –entre ellos, la inmigración- que generan división y favorecen los intereses electorales de Vox. La propuesta, desde el punto de vista teórico, tiene muchas virtudes y podría considerarse imprescindible para evitar que España cayera en una guerra perpetua entre el PSOE y el PP.

Sánchez y Feijóo tienen grandes planes para gobernar España de forma alterna

Sin embargo, no debe olvidarse que el modelo político español se articula en torno al objetivo de mantener la ilusión de la alternancia de poder entre el PSOE y el PP como base de nuestra democracia. Para sostener esta ilusión es preciso fomentar y mantener la crispación, la batalla sin cuartel, la corrupción, el escándalo y la descalificación mutua entre ambos partidos. Se necesita potenciar el artificio del antagonismo replicante para que los ciudadanos sientan que votar es aún un acto revolucionario; un acto revolucionario que conduce a la caída de uno de los dos partidos para aupar al que está en la oposición.

Quienes postulan un gran acuerdo entre el PSOE y el PP para crear estabilidad política deberían asumir que, una vez se establezca de manera estructural, la mayoría del resto de los partidos políticos –especialmente aquellos cuya razón de ser es la reivindicación catalana, vasca, gallega, canaria o navarra– dejarían de tener un espacio decisivo para influir en la gobernabilidad de España. Se produciría una implosión del actual modelo de alternancia bipartidista que abriría de par en par las puertas a la consolidación de una fuerza política capaz de combatirlo.

La única forma de frenar a Vox no es la gran coalición, sino mantener viva la ilusión de la alternancia de poder entre el PP y el PSOE y, así, evitar promover pactos que lleven a los ciudadanos a pensar que ambos partidos son, en el fondo, una misma cosa.

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