Opinión

Padres airados reclaman explicaciones por las calificaciones de su “niño”

Tras días intensos de convites, comidas y celebraciones, intentamos volver a la normalidad. La rutina puede ser amable si nos gusta lo que hacemos o si, al menos, nos concede espacios propios. Los estudiantes regresan a las aulas. Enero, en la universidad, es sinónimo­ de exámenes; febrero, de pruebas finales del primer cuatrimestre. El estrés flota en el aire, se respiran nervios y los alumnos intentan darlo todo, casi todo o apenas un poco de sí mismos. El objetivo último es siempre el mismo: conseguir los créditos correspondientes a cada asignatura. “Por seis créditos, mato”, oí afirmar una vez a un alumno especialmente vehemente.

 
 Carlos Luján / Europa Press

Me gustan algunos de mis alumnos. Los que participan en clase –algo cada vez más valioso–, los que preguntan, los que se acercan a defender un argumento con convicción. Los que están vivos intelectualmente y conservan el deseo de aprender. Cuando el azar me regala un grupo inquieto y curioso, me siento afortunada: me obligan a afinar, a repensar, a enseñar mejor.

Sin embargo, en los últimos tiempos, algunos colegas me han alertado de un fenómeno inquietante en el panorama universitario. Los padres han empezado a dirigirse a los profesores para protestar por las notas de sus hijos, que son legalmente adultos. Siempre han existido las tutorías, ese espacio necesario para acompañar a un estudiante que tiene dudas o dificultades. Lo insólito es que sean los progenitores quienes sugieren –o directamente exigen– esas reuniones.

El mundo ha transformado a algunos adultos en mamíferos hipervigilantes, incapaces de soltar a sus crías

La situación invita a una pregunta incómoda: ¿cuándo empieza realmente la vida adulta? Durante décadas, la universidad fue entendida como un umbral hacia la madurez. En las universidades públicas, especialmente, los estudiantes deben adaptarse a unas normas comunes, asumir responsabilidades, aprender qué significan la autonomía y la independencia.

Es preocupante que el espacio universitario se vea invadido por padres airados que reclaman explicaciones por las calificaciones de su “niño”. El mundo ha transformado a algunos adultos en mamíferos hipervigilantes, incapaces de soltar a sus crías.

La universidad debería seguir siendo un campo abierto: un lugar para aprender y, sobre todo, para aprenderse, en un proceso que nadie puede hacer por ti.