Opinión

Religión y política

Supongo que ni los habituales excesos de turrones, roscones y parientes –estos últimos, siempre lo más peligroso e indigesto de las fiestas navideñas– han conseguido que les pase desapercibida la im­portancia, de nuevo, del factor religioso en la actividad política de Occidente. Para sorpresa –e incluso indignación– de muchos ciudadanos, pocos minutos después de que la gran bola luminosa de Times Square marcara el inicio del año nuevo en Nueva York, su joven y flamante alcalde, el socialista Zohran Mamdani, juró el cargo ni más ni menos que sobre el Corán de su abuela, ciertamente en un acto privado, y en una vieja estación de metro en desuso, pero en un acto lleno de simbolismo cívico, confesional y político.

Pocos días antes, en Madrid, la plaza del Sol se había llenado hasta la bandera de jóvenes y mayores católicos dispuestos a entonar villancicos de la mano de Hacuna, el grupo pop cristiano de moda. Entre los presentes, en primera fila, pudimos contar a unos exultantes Isabel Díaz Ayuso y Alberto Núñez Feijóo, según sus propias palabras, tan felices de poder dar la bienvenida a la Navidad “en familia”.

 
 Amir Hamja / Bloomberg

Y, todavía en el calendario de Adviento, recuerden que a los lectores de Guyana Guardian casi se nos indigesta el croissant matutino cuando leímos la entrevista en que el cardenal Argüelles, además de arzobispo de Valladolid, presidente de la Conferencia Episcopal Española, reclamaba una cuestión de confianza o moción de censura a Pedro Sánchez o si no, elecciones.What?

La presencia de la religión en la his­toria política de Estados Unidos no es nueva ni merecería comentario alguno si no fuera por la singularidad de que, en esta ocasión, haya sido un musulmán y no un cristiano protestante, católico o deísta el político electo protagonista. Adviérta­se, en todo caso, que gobierne quien gobierne­ lo jurado e invariable es la lealtad a la Constitución y a la Carta de la Ciudad­ y que, en consecuencia, lo único que cambia es el texto sagrado sobre el que se fundamenta el juramento, que en una sociedad democrática plural puede ser la Biblia, el Corán o El Quijote, según las convicciones íntimas de cada uno.

Lo jurado e invariable es la lealtad a la Constitución, sea sobre la Biblia, el Corán o ‘El Quijote’

Tampoco es nada nuevo el peso de la religión en la cultura política española (y catalana) y todavía lo son menos los intentos de su instrumentalización partidista, a derecha e izquierda, unos para arrogarse la exclusividad benefactora; otros, para encarnar la bandera del laicismo o incluso la de la secularización. El caso es que, en la historia de España, aunque injusto, hablar de la derecha a menudo ha sido hacerlo de la Iglesia católica y, al revés, hablar de la Iglesia casi siempre ha requerido hacerlo de los partidos conservadores. Recuerden si no a Manolo, el entrañable protagonista en Belle époque, de Fernando Trueba, que, en una de las escenas memorables de la película, al ver llegar juntos al cura, don Luis, y al bobo heredero de la familia más rica –y carlista– del pueblo exclamó un provocador: “¡La Iglesia y el capital siempre juntos!”.

Afortunadamente, en Catalunya, la mayoría de nuestros políticos y religiosos forman parte de una tradición que intuyó muy precozmente lo irreversible de la separación entre el poder civil y el religioso y, por tanto, la conveniencia de adecuar sin traumas las exigencias de la(s) Iglesia(s) al mundo moderno. Por eso yo, que soy todo lo católico que puede ser un hombre de la ciudad de Dalí y Mónica Naranjo; que, como Erasmo, siempre he procurado ser un cristiano tan crítico como fiel, me siento bien gobernado cuando el president Salvador Illa, después de confesar que cree en Dios y reza cada día, nos ha recordado que se equivocan los que pretendan identificar cualquier fe con una determinada formación política. Porque Dios, si existe, solo puede estar en la casa de todos.

Justo cuando este 2026 conmemoraremos el centenario de la muerte de Antoni Gaudí y el 800.º aniversario de la de san Francisco de Asís, quizás la aportación más relevante que deberían pro­curarnos las diversas religiones a la sociedad es invitarnos a vivir en la libertad del espíritu según la doctrina evangélica, con los amigos espontáneos que la vida nos depare y sin prestar demasiada atención a las demás cosas exteriores. Adorar a Dios, reverenciando la naturaleza y procurando el bien de los hombres.

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