Las Claves
- Una lámpara de bronce cayó sobre la mesa durante una comida navideña en el Turó de la Peira cuando la autora era bebé.
- El padre de la
La historia que sigue no es un relato navideño, aunque dé esa impresión. Yo era apenas un bebé cuando, aquel 25 de diciembre, se festejaba el almuerzo familiar en un modesto piso del Turó de la Peira donde mis padres se mudaron tras contraer matrimonio. Aquellas casas eran sumamente endebles, levantadas por constructores que hicieron fortuna abaratando la calidad de los materiales, pero que, al menos, daban la opción de contar con una vivienda propia.
30 - 07 - 2025 / Barcelona / producción Odio el verano - David Uclés - #4 la ciudad - cierres descendidos ante el calor sofocante - descanso - / Imagen: Llibert Teixidó Vistas de barcelona - 3 chimeneas - turo de la peira - nou barris - zona forum
Una luminaria de bronce destacaba en el salón, con sus brazos orientados al techo y focos protegidos por tulipas de cristal opaco con diseños de flores y piezas de las que colgaban caireles transparentes. Se situaba justo sobre el mueble donde los adultos almorzaban, al tiempo que, cerca de allí, en un moisés, la pequeña (es decir, yo) descansaba arropada por una manta ligera y ropa de cama que mi progenitora había decorado a mano. De pronto, la superficie superior empezó a sacudirse por el bullicio y el taconeo con el que los inquilinos del piso de arriba festejaban su reunión. Fue tal la agitación que el candelabro terminó soltándose y se precipitó, partiendo la superficie de madera y arruinando todo lo que allí se encontraba: alimentos, vajilla y cristalería.
Mi progenitor se lanzó de bruces encima de mi camita y los vidrios se desplomaron sobre él, permitiendo que yo resultara ileso del percance. Fue una conmoción tremenda que se integró en la crónica de la familia, relatándose en todas las Navidades siguientes hasta que yo, que lógicamente no poseía el recuerdo, la sumé a mis vivencias como el momento inicial de riesgo en mi vida. Al poco tiempo, mis padres se mudaron de vivienda, aunque conservaron la luminaria, la cual, con nuevas esferas de estilo tulipa, adornó diversas salas y apartamentos hasta terminar guardada en un depósito, sustituida por un estilo ornamental más sobrio.
Bastante tiempo después, esa lámpara debidamente rehabilitada y embellecida con pantallas de tejido se instaló en la habitación de mis padres. Ignoro si era el sitio más apropiado, pero constituía el único rincón que no había sido invadido por los focos de led.
Tras el fallecimiento de mis progenitores, conservé su habitación, donde la luminaria permaneció colgada por puro afecto. Sucedió que, en una noche de la pasada Navidad, entré al cuarto y pulsé el interruptor, pero la estancia quedó a oscuras; al encender el flexo, vi que la vieja lámpara se había desplomado sobre la cama. El colchón suavizó el estruendo, y una producción televisiva de esas que te atrapan hizo que me acostara pasadas las dos de la madrugada. Si me hubiera ido a la cama a mi hora de costumbre, aquel objeto de cinco kilos, caído desde más de tres metros, me habría roto, como mínimo, una pierna. Fue mi ángel de la guarda o mi padre, llamado Ángel, quien, desde donde se encuentre, me salvó la vida nuevamente.
