
La sociedad del embrutecimiento
La mayor paradoja de la contemporaneidad es esta: cuanto más sofisticados, más embrutecidos. A la sociedad líquida de Bauman, a la del vacío de Lipovetsky, a la de las esferas de Sloterdijk, a la del cansancio de Byung-Chul Han, y a tantas otras que se complementan entre ellas, hay que añadir la sociedad embrutecida. Aquella rendida a la emotividad y a la holgazanería del intelecto. No inventamos nada, tan solo hemos consultado el diccionario. Embrutecer: Entorpecer la capacidad de razonar de alguien hasta casi privarlo del uso de la razón.
No hay debate social que no se libre en estos términos. De lo pequeño a lo grande, de lo banal a lo trascendente, nada escapa al embrutecimiento y a la miseria argumental. El resultado es la imposible conversación entendible sobre casi nada. Las vísceras han tomado el ágora y han ejecutado a las neuronas.
Es imposible la conversación entendible; las vísceras han tomado el ágora y han ejecutado a las neuronas
Hay ejemplos a diario. Al azar nos referimos al último ganador del premio Nadal, David Uclés. Lejos de centrar la conversación en las virtudes o carencias de su escritura –milito entre los fans de su superventas La península de las casas vacías –, se ha abierto un debate sobre si el tipo es un woke de manual, un falso pueblerino construido a base de retales de marketing (boina incluida) o un hombre que se pretende modesto pero que atesora un ego más vistoso que el interior de la mezquita de Córdoba. Que la gente de libros se pasa el día midiéndose el tamaño de sus atributos no es una novedad, que utilicen cualquier utensilio punzante para clavárselo por la espalda, tampoco. Pero que ante la irrupción volcánica de un novelista vengamos obligados a tomar partido no por su arte, sino por su forma de andar y atarse los zapatos nos dice bien a las claras que caminamos por un estercolero.
Claro que este es un ejemplo menor e inofensivo. Solo pretende ejemplificar que no hay rincón que no haya sido colonizado por la estulticia argumental. Entre todos la matamos y ella sola se murió, sería un excelente epitafio para la inteligencia. Pero eso equivaldría a igualar la culpa, a repartírnosla en partes alícuotas, cuando lo cierto es que la responsabilidad no atañe a todos por igual. Son las élites las que vienen practicando una traición mayor a sus obligaciones.

Hace treinta años que Christopher Lasch escribió La rebelión de las élites. Ya no era la masa, como a Ortega y Gasset, la que debía darnos miedo, sino la indolencia y amoralidad de quienes se supone que están llamados a liderar la sociedad desde sus respectivos puestos de influencia y poder, sean estos heredados o conquistados. Bauman, Todd, Dreher, entre otros, desde izquierda y derecha, han profundizado desde entonces sobre la misma cuestión, ya sea desde postulados netamente materialistas o de carácter puramente moralizante. Pero subyace lo fundamental: son las élites las que no están haciendo su trabajo. El embrutecimiento es consecuencia, más que de su dejadez, de su empeño consciente por favorecerlo.
Donde la traición viene siendo mayor es en el terreno de la política, la comunicación y las grandes corporaciones empresariales. Es fácil señalar las guindas del pastel –gente como Trump o Musk–, pues actúan a cara totalmente descubierta. Pero no hay que cruzar frontera alguna para saber que son multitud. La tarta ha adquirido dimensiones gigantescas y engloba a cualquiera que desde su posición de privilegio, lejos de comprometerse con la progresiva sofisticación intelectual de la sociedad, trabaje incansablemente por empobrecerla argumentalmente apostando solo por los intestinos como órgano idóneo con el que razonar. Añadamos, para evitar las acusaciones de corporativismo, que ni los medios, a título empresarial, ni los periodistas quedamos al margen de estas consideraciones.
La sociedad del embrutecimiento no nace de las carencias de quien transita por la vida con menos equipaje intelectual. Sino del hecho de que quienes viven en los pisos superiores echen sus excrementos por la ventana y traten de convencer a los de debajo de que eso es lo más conveniente para el bien común. Ya se ve, si utilizamos este ejemplo, que las consecuencias del embrutecimiento no son las mismas para todos. La mayor traición de las élites, si se nos permite el chascarrillo, es su negativa a utilizar el retrete aun disponiendo de múltiples baños para hacerlo.
