
La mano que mece nuestra cuna
Opinión
Tomen nota de la diferencia. En 2025 EE.UU. Invirtió 143.200 millones de dólares en I+D vinculado a seguridad y defensa. En ese mismo periodo, los europeos dedicamos a este capítulo una cifra 8,5 veces menor, alcanzando los 17.000 millones de euros. El dato es de la Agencia Europea de Defensa que agrega los desembolsos individuales de los países miembros y los incentivos comunitarios del Fondo Europeo de Defensa (EDF).
Más datos. Cuando Mario Draghi presentó su famoso informe ( El futuro de la competitividad europea ) en septiembre de 2024, casi 8 de cada 10 euros gastados en defensa por los países de la UE acababan en el bolsillo de terceros países. La parte más grande del pastel para EE.UU. (63% del total), seguido de Israel y Corea del Sur (15%). La Estrategia Industrial de Defensa Europea (EDIS) pretende reducir este dislate, fijando un objetivo de compras intracomunitarias del 50% en 2030 y del 60% en 2035. Pero no hay un solo analista que trabaje en este campo que no tache de utópicos estos porcentajes puramente aspiracionales.
Somos el niño en la cuna. Y quien la mece a su antojo es Donald Trump
Añadamos un tercer elemento tomado de la rabiosa actualidad. El programa conjunto entre Alemania, Francia y España para el desarrollo del FCAS (Futuro Sistema de Combate en el Aire) está en el limbo por serias desavenencias entre los socios. De resultas, el prototipo de caza europeo de última generación que debería volar en fase de pruebas en 2028-2029 permanece en el limbo. ¿La solución? Quizás España y Alemania intenten construir el suyo propio mientras los franceses siguen su camino en solitario.
Los párrafos anteriores tienen un único objetivo: explicar la difícil situación en la que se encuentra Europa en el momento en el que las grandes potencias han retomado desacomplejadamente la fuerza como vector principal de las relaciones internacionales. Nada totalmente nuevo, cierto. Sólo que ahora ha desaparecido de la ecuación, y eso es de la máxima importancia pues las palabras crean límites y también realidades, la necesidad de embellecer el uso de la fuerza con referencias a grandes valores.

La primera cifra nos remite a un elemento de difícil reversión. El gap europeo en investigación y desarrollo en defensa respecto a EE.UU. Continuará creciendo. Y dado que la disuasión sólo es efectiva si cuentas con los últimos y más avanzados desarrollos, la realidad nos dice claramente que vamos a seguir dependiendo –¡y de qué manera!– de los estadounidenses.
Respecto a la creación de una industria armamentística europea lo suficientemente grande y competitiva que nos acerque al concepto de “autonomía estratégica” en defensa y armamento, la cosa también queda indefectiblemente lejos. Haciendo bien y rápido las cosas estamos hablando de muchos años.
Por último, la trifulca francoalemana en referencia al proyecto de caza europeo de sexta generación, con España de actor-testigo privilegiado, muestra hasta qué punto los intereses de los países europeos siguen siendo tan dispares como para entorpecer proyectos considerados de primer orden. ¿Más Europa? En el discurso oficial sin duda, pero enseguida aparece el tío Paco con las rebajas.
Son sólo tres ejemplos, de los muchos que podrían listarse, que ayudan a entender por qué el abrigo que Europa va a seguir utilizando para guarecerse del frío y hacer frente a la amenaza del este, es el que le presta EEUU en el marco de una OTAN plegada a los intereses de la administración trumpista. En este marco, España destaca por el atrevimiento del gobierno de Pedro Sánchez a la hora de afearle alguna de sus actuaciones. Pero el margen país por país es testimonial. Como lo fue el embargo de armas de España a Israel aprobado hace unos meses y ya excepcionado porqué algunos programas de defensa son sencillamente inviables sin su tecnología.
Eres lo suficientemente fuerte o no lo eres. Y Europa no lo será ni en el corto ni en el medio plazo. De ahí que venga obligada a soportar con paciencia y rechistando poco o nada la gestualidad y los hechos de intención humillante del extraño amigo estadounidense, con la esperanza de que las cosas no vayan a peor. Turno ahora para Groenlandia. Somos el niño en la cuna. Y quien la mece a su antojo es Donald Trump. No nos humillamos. Son más bien cosas del realismo, que tiene por costumbre adoptar un gusto amargo y más bien desagradable.