Las hojas muertas

Las Claves

  • Las calles de Barcelona amanecen cubiertas por un manto de hojas de plátano de sombra tras las lluvias otoñales recientes.
  • El follaje marchito evoca obras de Van Gogh y Monet mientras refleja tonalidades siena presentes en la pintura de Rembrandt.
  • Las hojas secas cubren temporalmente el panot de flor diseñado por Puig i Cadafalch en el distrito del Eixample.
  • Este fenómeno botánico anticipa un invierno gélido y transforma el paisaje urbano habitual en un entorno artístico y nostálgico.

Las vías de la urbe despertaban cubiertas por un manto de follaje reluciente por la lluvia. Un exceso propio del otoño. Un brillo intenso en cada matiz marrón, donde las gotas actúan como laca que intensifica las tonalidades. Un contraste entre tonos ocre y café. Entre matices rojos y de tierra. Sustancia lírica. Bajo el paso de los transeúntes, un indicio del invierno sin precedentes cercanos. Un hito botánico compuesto de restos caducos. ¿Acaso el cambio climático? Una siembra de vegetación citadina. Láminas vegetales con forma de palmas y dedos. Afiladas, lisas y de trazos geométricos, antaño verdosas y similares al diseño del arce en la bandera canadiense. La urbe marcada por frondas marchitas que caen con delicadeza desde un firmamento incierto. Unas tapando pozas, otras creando figuras cromáticas asimétricas que evocan el test de Rorschach. Todavía en las ramas, durante el estío, fueron retratadas por Van Gogh y Monet. E Ives Montand lo interpretó magistralmente con sus Feuilles mortes. Y Bocelli. Restos vegetales impregnados de esencia cultural.

foto ANDREU ESTEBAN  17/12/2025 Hojas caídas en el Paseo de Lluís Companys

 

Andreu Esteban

Dentro de los tonos siena se halla una variedad primordial para la pintura clásica, abarcando desde Rembrandt hasta Caravaggio. Siena amarillento, siena rojizo, siena natural, siena quemado… Reflejando diez siglos de trayectoria artística. Por un breve tiempo, un entorno modificado y singular para quien camina (con Robert Walser presente) al notar que el suelo de siempre cambia su aspecto. Un manto botánico rodea el Eixample. Un pedazo de la Fageda nos visita por escasos días. Son las hojas del plátano de sombra y de las reacciones alérgicas, rasgo distintivo de Barcelona. Restos secos de plátano, de aquellos árboles que actualmente se muestran desvestidos, apenados y recordando un estío que terminó.

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Incertidumbre frente al ropero. Llevar o no el paraguas. Comentan que el clima está desquiciado. El follaje marchito es un anticipo de la pena y la nostalgia. De aquel afecto extraviado. Del aroma a una estación gélida que llega antes. De ambiente húmedo y frío. Del perfume que emanan estos cúmulos vegetales cuando crujen bajo el andar de quien transita, en medio de un intervalo entre estaciones.

La capa de tonos marrones y ocres que cubre brevemente otro emblema de Barcelona, el panot de flor, la loseta que ideó Puig i Cadafalch. Aquella representación magistral de la flor del almendro. En su época, supuso una innovación constructiva concebida para la casa Ametller. El auge del modernismo. Gaudí, Domènech i Montaner, Jujol… una joya al nivel del suelo, sencillamente. Un elemento integrado en nuestro flujo vital, vibrante y asimilado, a la vez que ancestral; remoto y físico. No obstante, casi olvidado: observar para comprender. Caminar y hallar. Y encontrarnos a nosotros mismos. Asimismo, este follaje seco constituye nuestra herencia irrenunciable.

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