Las Claves
- El pacto de financiación entre ERC y PSOE genera críticas previsibles de Junts y el PP dentro de una coreografía política conocida.
- La ciudadanía española muestra un profundo agotamiento ante el tacticismo político y prefiere alejarse de discusiones que percibe como espectáculos ajenos.
- El proceso legislativo en el Congreso determinará qué partes del acuerdo sobreviven realmente tras meses de diálogos, correcciones y propuestas variables.
- El desinterés social por estos pactos herméticos resulta preocupante para la salud democrática al desconectar la política de la realidad ciudadana.
Existen discusiones que nacen sin vitalidad. No porque carezcan de trascendencia, la financiación autonómica es primordial, sino porque llegan a la población envueltas en un estruendo que ya no apela a nadie. La ciudadanía no está desinformada: está hastiada. Agotada por un tacticismo que se repite como una coreografía conocida y previsible. Que ERC pacte hoy con el PSOE una financiación que ayer habría sido rechazada entra dentro de la lógica variable de la política. Que Junts critique el acuerdo incluso antes de leer la letra pequeña, también. Como lo es que el PP arremeta contra Pedro Sánchez por norma, y que la prensa alineada, la de derechas, desempeñe su papel sin salirse del libreto.
La tendencia se consolida con las regiones autónomas en periodo de elecciones, todas bastante molestas y advirtiendo sobre la desigualdad de trato ya que Catalunya, como es habitual, siempre “caca”. Posteriormente llegará el proceso legislativo, el diálogo en el Congreso, las correcciones, las propuestas y los cambios. Y, si hay fortuna, en medio año conoceremos qué sobrevive de verdad del acuerdo.
La dificultad no reside en que las personas no comprendan los protocolos, sino en que han cesado de aplicarlos.
Nada de esto es inédito. Y ahí radica la dificultad. No es que la ciudadanía desconozca los métodos, sino que ha dejado de prestarles atención. Se ha alejado al notar que este escenario no le pertenece. Que es una política para políticos, periodistas y tuiteros. Una disputa interna donde los involucrados conversan entre sí, se aluden, se niegan, se rebaten y vuelven a comenzar, sin que el día a día de la gente se transforme lo más mínimo.
Entretanto, el ciudadano observa con recelo. Presiente que los fondos son vitales y precisos, es cierto, pero también que la versión actual puede ser refutada próximamente, por lo que prefiere no desgastarse. Tal desinterés no supone falta de conocimiento: constituye un mecanismo de protección. Un repliegue discreto frente a una estructura que asimila el acuerdo con el espectáculo y la instrucción con la manipulación.
Es probable que el desafío auténtico no radique en justificar con mayor claridad los pactos, sino en otorgarles nuevamente un significado. Se requiere extraerlos del entorno hermético de la táctica política para unirlos a un concepto tan fundamental como la credibilidad. Hasta que eso ocurra, seguiremos viendo proclamas de gran calado que apenas suscitan un gesto de desinterés. Y este hecho, para la salud democrática, resulta considerablemente más inquietante que cualquier controversia sobre datos numéricos.
