
La más feminista
Me he vuelto feminista. Casi de repente. Y no por militancia, sino por asfixia. Durante años creí en el esfuerzo sin género, en el talento como salvoconducto y en la épica individual como sistema de mejora y de defensa. Me sentía por encima del resentimiento, de la queja, del discurso, dando la igualdad por hecha y considerando que lo que fallaba era la competencia personal. Pensaba (gracias, sobre todo, a una jefa que tuve, que de tan mala, malísima, me hizo sospechar de la sororidad como de un paraíso relleno de minas rosadas) que cuando una era buena, buenísima, el mundo cedía.

Estaba convencida de que el feminismo era una exageración. Una excusa para las que no querían luchar demasiado.
Spoiler. Me equivocaba.
Es cierto que, cien años después de que Virginia Woolf la pidiera, ya casi todas tenemos una habitación propia. Con la llave, la mesa y el silencio que también exigía. Pero ellos siguen entrando y saliendo a sus anchas. Para decirnos dónde vamos a colocar el sofá, para decidir el clima, el ruido, el valor de lo que escribimos. En nuestro presente enmarcado en una igualdad de diseño escandinavo (de líneas limpias, discurso neutro y conciencia tranquila), es una lástima, pero siguen mandando ellos y solo ellos. Ahora con lenguaje inclusivo, zapatillas informales y sonrisa de aliado. Pero permanecen en el mando. Deciden en política, economía, cultura y belleza y hasta en la alta costura, ese reino donde el cuerpo femenino es altar y materia prima. Ellos crean el relato, nosotros lo habitamos. Perdiendo toda la vieja lucha de Olympe de Gouges y compañía entre discursos, parches y costuras.
Hoy soy feminista con unas ganas locas de retirar tapices y moquetas viejas
Es una auténtica lástima que el talento femenino siga acentuando su fecha de caducidad y el masculino se derrame en grandes biografías. Que ellos manden de verdad y nosotras –salvo en contadas excepciones– orbitemos más en las vicepresidencias. Que la ambición masculina sea muestra de carácter y la nuestra, neurosis o amenaza. O que el error con testosterona se considere aprendizaje y el femenino, sentencia.
El feminismo no nos va a salvar de la historia, pero nos ayuda a explicarla para no reeditarla. A entender que esa habitación que demandaba la pobre Virginia no era una meta, sino un aviso. Un comienzo. Porque tener espacio sin poder (ni poder siquiera para modificarlo) es otra forma de encierro. Hoy soy feminista sin dogma ni pancarta. Con ironía, que la solemnidad también cansa. Con lucidez porque llega una edad en la que mirar jode pero ya no duele tanto. Y con unas ganas locas de retirar tapices y moquetas viejas. Cuadros horribles. Derribar muros y abrir ventanas. No para mandar como ellos. Solo para salir de esta apnea.

